Violencia en el fútbol: somos todos, no es nadie
La barbarie vivida en la Bombonera volvió a mostrar la falta de voluntad de los responsables. Acusaciones vacías hacia la sociedad, pero nada de nombres concretos. ¿Hasta cuándo?
Las generalidades no sirven para nada. Decir que la violencia en el fútbol es culpa de la sociedad en la que vivimos es no decir nada. ¿A quién se refiere la acusación? A nadie. Son todos culpables, lo que equivale a decir que nadie lo es. Punto.Lo sucedido en Boca el pasado jueves volvió a revitalizar ese discurso. El de las frases altisonantes pero vacías. El de las palabras compungidas pero hipócritas. La referencia a la sociedad y a la cultura como responsables de lo que ocurre en el fútbol es un eufemismo. Es hablar sin especificar nada. Y lo que existe son las personas, con nombre, apellido y responsabilidad. Allí, en la identidad y la lógica de la violencia en el fútbol, está la clave de lo sucedido.
No hace falta bucear demasiado. Las pruebas son claras: los barras manejan negocios millonarios y pelean por ellos. Hace rato que en Argentina las muertes no se producen por el color de la camiseta. No hay violentos espontáneos en las canchas (los puede haber, pero no con la capacidad y logística para llegar a quemar a jugadores rivales). Es más: los enfrentamientos se dan entre internas de barras.
Rara vez los delincuentes que manejan los estadios, sus alrededores y hasta los pases de jugadores se pelean con "colegas". Allí hay códigos...
Basta un ejemplo. En el Mundial de Sudáfrica 2010, la aberración llamada "Hinchadas Unidas Argentinas" (una especie de ONG formada por el kirchnerismo) bancó a los barras en su periplo por la Copa del Mundo. Allá fueron cientos de personajes relacionados con lo más turbio del fútbol. Y vivieron todos juntos en el Christian Progressive School, de Pretoria. Hasta los de Belgrano, Talleres, Instituto... Todos compartieron la experiencia, que luego terminaría mal, con expulsados de madrugada, un juicio contra el gobierno de aquel país y un recuerdo que avergüenza.
Lo sucedido en Boca es otra muestra de este sistema. En los estadios, como la Bombonera, nadie siquiera puede colgar una bandera sin la venia de La Doce. Menos que menos llegar a lanzarle ácido con pimienta a los jugadores de River en la manga de salida a la cancha. Allí existen estructuras jerárquicas que se respetan a sangre. Lo que vimos el jueves tuvo que ver con eso (quizá una venganza, un golpe político, o un pase de facturas, pero nada de hinchas comunes).
Parece increíble, pero Argentina no logra terminar con este flagelo. Y parece mentira porque no se trata de una compleja red de terrorismo mundial.
Desde los gobiernos (nacional, provincial) se disponen monstruosos operativos de seguridad, nuevas leyes (desde hace unas semanas, se debate un nuevo proyecto en el Congreso de la Nación), y equipamiento especial para luchar contra la violencia. Y el detalle es que no deben llegar a 500 las personas que manejan a las barras del fútbol argentino. Todos conocidos, por supuesto.
¿Cuál es la clave? La voluntad. Los barras son el brazo armado de la política.
Siempre disponibles para manejar zonas, aportar votos en las elecciones, romper actos opositores y distribuir favores, los violentos son parte fundamental del sistema de los partidos y tienen una íntima relación con ellos (cómo olvidar que la Legislatura de Córdoba homenajeó a La Fiel).
En el medio de este vínculo están los dirigentes que, en muchos casos, son rehenes y en otros, parte del negocio. Sin dejar de mencionar que los jugadores suelen aportar (quizá, porque no tienen otro remedio) a la causa de los que, diariamente, comparten clubes, predios y hasta vestuarios.
El problema es que los responsables de terminar con este problema están atrapados en la ciénaga que ellos mismos crearon. Asfixiados por los tentáculos de un poder que ya no dominan, quienes deberían cortar la cadena de violencia tienen los brazos atados por sus mismas ambiciones. Así, será difícil que esto se acabe.
