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Orgulloso hasta en la derrota

No te pierdas la columna de Gustavo Farías sobre la Generación Dorada y su legado.

13 de agosto de 2012 a las 08:27 a. m.
Orgulloso hasta en la derrota
Ginóbili podría haber jugado ayer su último partido en la selección (Foto: AP).

“Hacer las dos primeras notas después de un partido debería estar prohibido. Uno es capaz de decir cualquier cosa”. Emanuel Ginóbili tenía todavía las pulsaciones a mil, la amargura por la medalla que se escapó y la bronca por un fallo que bien pudo cambiar la suerte del equipo en Londres 2012.

Pero encaró al enviado de ESPN, se tragó como un señorito el “dejame de joder en este momento” que le brotaba dentro suyo, y dictó cátedra de deportividad, urbanismo y hasta de vida.

“Cuando pierdo también me siento orgulloso”, dijo interpretando como pocos el verdadero sentido olímpico que debería imperar siempre en cualquier competencia, aun después de soportar “una de las derrotas más dolorosas”.

“Manu” es distinto con la pelota y también sin ella. La elegancia de sus movimientos en la cancha no la pierde fuera de ella ni siquiera en situaciones límites como las de ayer, con un “combo” ideal para “mostrar la hilacha”. Jugadorazo adentro y afuera. Cara y ceca.

El básquetbol argentino, qué duda cabe, tiene una bisagra con la Generación Dorada. Nunca fue tan exitoso, en una década en la que se metió en la elite mundial y nunca bajó del quinto puesto.

Pero al margen del enorme listado de logros por presumir, en el espíritu saludablemente inconformista de esta selección también flota esa sensación propia del experto cazador al que “se le escapó la liebre”.

Porque el lamento del cierre de ayer ante Rusia, reavivó el recuerdo de aquel tiro fallido del “Chapu” Nocioni en la semifinal del Mundial de Japón 2006, ante España, y la recordada final de Indianápolis 2002 ante Yugoslavia que, como ayer, se perdió por fallos propios y polémicas arbitrales. Triunfos más, triunfos menos, lo que no cambia es la cosecha del final de cada torneo: a puro aplauso.