Boca y la crisis de la oposición
No, no se trata de una lectura de la política nacional. Si analizamos con mirada crítica la marcha del Torneo Apertura, en instancias de definición, queda clarísimo que a Boca Juniors le faltaron adversarios que estuvieran a su altura.
Y no es que el de Falcioni sea un equipo arrollador, de esos que dejaron una huella indeleble en la historia del club y del fútbol argentino. Tampoco es un representante fiel del pragmatismo que inauguró Carlos Bianchi hace más de una década. Entonces, la primera conclusión es que termina un torneo chato, de bajo vuelo, en el que el más regular hizo la diferencia.
Para que quede claro. El mérito de Boca no se discute. Fue el mejor de todos, aun por encima de la diferencia que marcarán los números finales, dentro de tres fechas. Será un campeón con todas las letras, pero que dejó al desnudo, como pocas veces antes, el nivel general de nuestro fútbol “de elite”.
La inédita mayoría de triunfos visitantes habla más del triunfo de la especulación que del éxito de la estrategia, ya que para todos –incluso para Boca– ha sido más fácil esperar que asumir la iniciativa.
Tan pobre es el espectáculo que se ofrece en la mayoría de las canchas argentinas que se puede caer en un error común: pensar que Boca se impuso por peso específico, por ser Boca y nada más. Decir que todavía está fresco el recuerdo del descenso de River, como para contrarrestar a los que todavía sostienen que se gana con la camiseta.
Falcioni ganó predicamento, impuso sus convicciones y dotó al equipo de un orden colectivo ponderable, que se visualiza mejor en la fortaleza defensiva que en la vocación de atacar. No es poca cosa. La era post Palermo (¿y post Riquelme?) tuvo un inicio exitoso, aunque la crisis de la oposición le allanó el camino.

