Temas del día:

Belgrano y el cambio necesario

04 de octubre de 2011 a las 10:17 a. m.
Belgrano y el cambio necesario

Allá por febrero, cuando andaba buscando su identidad, Belgrano movía las piezas. El rompecabezas de Ricardo Zielinski acomodaba sus costados para que el engranaje funcionara.

En esa época, y un poco antes, todo lo que ofrecía sabía a poco. Hasta que entre tantas fichas, el tranquilo y pausado entrenador encontró la que le permitió apostar por la austeridad y volverse paradójicamente rico. Era Franco Vázquez un chico talentoso, al que le costaba acompañar el ritmo de los partidos y el que por eso caía en pronunciados desniveles de producción futbolística.

“El Mudo” hacía una bien pero otra mal y por eso el despunte de su calidad no terminaba de conformar a una tribuna paciente pero a la vez exigente.

Hasta que Zielinski lo puso de media punta y lo tiró al “Picante” solo, un poco más arriba, y a todo un ejército atrás de ellos para formar una frontera por la que sólo empezaron a pasar triunfos e igualdades.

El laboratorio del “Ruso” había generado un equipo, si no distinto, moldeado a imagen y semejanza de aquellos preparados para valientes desafíos.

La verdadera fortaleza de su alquimia se vio contra River Plate. Aquella vez el número telefónico marcó el 4-4-1-1, distribución geográfica de jugadores que encontraron el mejor lugar para desplegar su propio fútbol y ayudar para que el juego colectivo alcanzara niveles de hazaña.

La buena energía de Belgrano se ha prolongado hasta ahora. Con alguna excepción, siempre la línea de cuatro soldados ha estado cerca de Juan Carlos Olave; y otro cuarteto ha sumado dosis repartidas de esfuerzo y ambición para armar un doble bloque difícilmente franqueable.

Esta estructura, más la suma de Vázquez y Pereyra, casi siempre ha mostrado sentirse más cómoda jugando de visitante que en su propia casa.

Hágase la aclaración de que este modo de presentar un equipo se interpreta como una manera menos abierta de plantear un partido, que responde a una necesidad de guardar las formas defensivas y de especular, con pocos hombres de área, con el error del adversario.

Con un esquema que respondía a ese sentimiento apareció Belgrano en el Mario Kempes para jugar contra un Argentinos Juniors pícaro, vivo, que le quitó segundos y más segundos al trámite con engaños prehistóricos, y que fueron comprados casi todos por el imberbe Silvio Trucco para regocijo de sus poquitos hinchas.La picardía de Argentinos se profundizó aún más luego de su primera conquista. Como abeja al panal iba uno y otro mediocampista a la búsqueda de Vázquez o de quien agarrara la pelota en el medio. Al parecer, sin entender lo que le proponía su rival, Belgrano siguió aplicando de local, y con el marcador adverso, la misma receta con la que tantas veces, en otras tierras, hipnotizó a sus derrotados.

El cambio recién se produjo con los ingresos de Juan Carlos Maldonado (el hombre que, después de Vázquez, tiene más argumentos técnicos para producir desequilibrio) y de Federico Almenares, pero ya fue tarde.

Belgrano tal vez aprendió en ese encuentro que a veces debe salir del confortable cascarón que tantas veces le dio alegrías, y que ya tiene elementos para distinguir la imagen de quien utiliza sus propios trajes para alcanzar sus mismos objetivos. Porque el gran error de Belgrano el viernes a la noche fue no haber podido distinguir sus propios rasgos en la imagen de su asesino.