Atenas había preparado la fiesta, pero se mudó al mar
La gente del Griego colmó el Orfeo, preparó el festejo, pero no lo pudo redondear. Peñarol lo puso entre la espada y la pared y reinó la amargura.
Caras largas y rostros enmudecidos en las casi nueve mil personas que soñaban con poder emparejar la serie para seguir alimentando la esperanza que había brotado con fuerza en la noche del martes, cuando Atenas achicó la final de la Liga Nacional 1-2. Pero no pudo ser, la fiesta serrana se convirtió en un apenas un puñado de minutos en un merecido festejo con olor a mar.
Esta vez fue Peñarol el que hizo mejor las cosas en los momentos decisivos y ubicó a los Griegos entre la espada o la pared.
La respuesta del público fue contundente y la esperanza de emparejar recién se vio eclipsada a falta de un minuto, cuando la diferencia no se limaba y dentro del parqué era todo control de Peñarol.
Ahora los cordobeses, acostumbrados a establecer récords, están ante la complicada misión de alcanzar uno nuevo: convertirse en el primer equipo en la historia, desde que se disputan las finales al mejor de siete juegos, en intentar revertir un 1-3.
La incógnita comenzará a develarse el martes en Mar del Plata, donde “el Milrayitas” seguramente reventará el polideportivo para tratar de vengarse de la vuelta olímpico que hizo Atenas ante sus propias narices.
La noche pintaba
La noche era propicia y pintaba para fiesta. Los que fueron temprano se asombraron al ver tanto trofeo acumulado en el flamante "Museo Itinerante" que ayer inauguró la gente de Atenas. Fotos de históricos como "el Palo" Cerutti, el "Fabri" Oberto, "el Pichi" o Marcelo se entremezclan con grandes titulares del diario donde se publicaban proezas como el Mc Donald's, Panamericano o Ligas nacionales.
Y dentro del coqueto Orfeo, los hinchas, muchos de ellos con sus familias completas, comenzaron a ocupar cada una de las butacas.
Banderas, cornetas y música de chacarera con el Raly Barrionuevo amenizaban la espera, mientras el calentamiento de los jugadores y los rituales de los técnicos rodeaban la ansiedad. Las cosas en el parqué fueron materia aparte. Se jugó por la madre y nadie quiso ser vulnerado. Por eso la fricción se impuso una vez más. Sólo que esta vez, el premio viajó para el mar.