Temas del día:

Londres: un ejército de voluntarios

Unas ocho mil personas trabajan “ad honorem” para que los Juegos puedan funcionar como una máquina aceitada. Llegaron de 70 países luego de que se postularan unas 250 mil personas. También hay muchos soldados de la Royal Army.

08 de agosto de 2012 a las 08:51 a. m.
Londres: un ejército de voluntarios
Siempre atentos. Bien predispuestos, sonrientes y muy simpáticos a toda hora, los voluntarios están en cada rincón de la Londres olímpica. // Foto: AP

Linda Illingworth me pregunta si disfruté de mi día. Es la cuarta persona que me lo pregunta. Todos eran voluntarios que trabajan en cada rincón de Londres, una ciudad en manos de los Juegos Olímpicos y el Ejército.

Están en todos lados, algunos con mucha tarea y otros parados ahí, como mojones de una organización fantástica. Le digo que sí, que es imposible no disfrutar de un lugar como esta ciudad, llena de contrastes, tan desprejuiciada y tan funcional.

“Me alegro”, dice sonriente y mira mi credencial. “Soy argentino”, le digo para ver su reacción (llevo haciendo esto varios días, como si fueran a darme un premio por la nacionalidad).

“Sí, qué gran tierra de vinos”, me sorprende Linda. “Pero la mejor la tenemos nosotros”, agrega para dejarme sin palabras. Estuve a punto de chicanearla diciéndole que acá ya no hay “té a las 5”, sino café a toda hora, pero mi chiste iba a sonar arcaico. Linda es jubilada. Está vestida con el típico uniforme de los que ayudan: remera bordó con vivos rojos, pantalón camel y zapatillas Adidas.

Me contaría luego que vive en la medieval ciudad de York, al norte de Inglaterra. Es una mujer grande, que ha cruzado las seis décadas y que se sumó a la aventura de trabajar como voluntaria en los Juegos. Vino por tres semanas, le dieron hospedaje, comida, uniforme e instrucciones de cómo tratar a los miles de extraños que caminamos por las calles de Londres.

En total, unas ocho mil personas trabajan ad honorem para que los Juegos puedan funcionar como una máquina aceitada. Los encontramos siempre en sus puestos, sonrientes, prestos a responder cualquier preguntas. Hemos hablado con chicos de Argentina, de Brasil, de Venezuela y también de Bangladesh. Cualquier motivo les despierta el diálogo, la curiosidad.

Han llegado, según las cifras oficiales, de 70 países, luego de una postulación de casi 250 mil personas.

La contracara es el ejército. Miles de soldados de la Royal Army han hecho de la Villa Olímpica un gueto de la posmodernidad. Algunos han tenido experiencias en Afganistán o en Irak y hoy su misión es revisar mochilas y bolsillos.

También sonríen, por qué no, pero no andan preguntando nada a nadie. Sus caras delatan su juventud y sus tatuajes, la idiosincrasia de los militares británicos. Lo coqueto no quita lo valiente. Algunos dicen que además de cuidarnos de posibles atentados (hay que pasar por scanners a la entrada de cada sede), los uniformados están siendo ubicados en las butacas vacías de los estadios que no terminan nunca de llenarse.

Los he visto en algunas ocasiones, pero creo que es más la tentación de ver en acción a los deportistas que una orden de “arriba”. “¿Y qué tal el tema de Malvinas”, le dije a Linda antes de despedirme, como otro intento más de poner a la Argentina en el tapete.

“No hablemos de cosas tristes del pasado que no tienen que ver con los pueblos. Aquí estamos para disfrutar del espíritu olímpico”, fue su respuesta. La saludé, subí al colectivo y me puse a reflexionar si en la carne también son mejores que nosotros.