La historia de Oscar Wilde, acusado de “indecencia” en los tribunales hace más de 100 años
El libro “Los procesos de Oscar Wilde” recupera la transcripción de las audiencias en los juicios que llevaron a la cárcel al escritor irlandés, acusado de mantener una relación con un joven.
Sebastián Melmoth es el nombre que el escritor irlandés Oscar Wilde usaba al momento de su muerte, a los 46 años, en París, el 30 de noviembre de 1900. Más que un seudónimo, era un disfraz para pasar inadvertido y sobrevivir, pobre y enfermo, a su fama de pervertido y seductor de jóvenes.
Entre abril y mayo de 1895, en el Tribunal Criminal de Londres, el dramaturgo, poeta y novelista había enfrentado una serie de procesos judiciales que terminaron en una condena a dos años de prisión y trabajos forzados, acusado de “sodomía y de grave indecencia”.
La cacería había sido iniciada por el noveno marqués de Queensbury, padre de Alfred Douglas, un muchacho 16 años menor que el escritor. Wilde y “Bossie”, el apodo con que se conocía al joven, mantenían una relación que desató el escándalo en la homofóbica sociedad de la época.
Wilde escribió en cautiverio De profundis (una extensa carta de reproche dirigida a su amante), y luego el poema La balada de la cárcel de Reading, pero al salir de prisión su vida estaba completamente arruinada.
Tras retomar la relación con Alfred, convivieron lejos de la puritana Inglaterra, aunque las amenazas sociales y familiares (Wilde estaba casado y tuvo dos hijos con Constance Lloyd) volvieron a alcanzarlos y los obligaron a separarse. Pasó los últimos años en París, escondido bajo el nombre de Melmoth y supuestamente recibido en la fe católica.
Los procesos de Oscar Wilde (Lumen) es la transcripción con pelos y señales de las audiencias que terminaron en la condena al autor de La importancia de llamarse Ernesto y Un marido ideal, en la traducción realizada por Ulises Petit de Murat para la Editorial Jorge Álvarez en 1967.

Lejos de los fárragos leguleyos, incluso más allá del dramatismo de las escenas y sus resultados nefastos en la vida de Wilde, estos procesos son extensos y deliciosos teatros de lectura.
Durante las horas de audiencia se producen colisiones retóricas y choques conceptuales. En el primer proceso, el abogado acusador intenta acreditar como prueba de las “inclinaciones” desviadas de Wilde pasajes enteros de la novela El retrato de Dorian Gray, cometiendo lo que el escritor denunciaba como un crimen: confundir al artista con el tema.
“Cada uno ve su propio pecado en Dorian Gray. Cuál es el pecado de Dorian Gray nadie lo sabe. El que lo descubra lo lleva en sí”, había escrito Wilde en una carta que cerraba con esa versión para salón inglés del ubicuo “Puto el que lee”.
La mayoría de las veces Wilde, un vanidoso inefable, dueño de un ingenio ultrafiloso, se escapa haciendo alarde de argumentos tan resbaladizos como geniales, tan reveladores como opacos. “No tengo nada que declarar, sino mi genio”, supo decirle a un agente de aduana durante un viaje.
En el prólogo, la escritora Claudia Aboaf, nieta de Petit de Murat, señala la importancia de poner a circular otra vez estos documentos en un tiempo de cancelaciones salvajes y cuando la discusión sobre los vínculos entre autor y obra, entre conductas personales y acciones de los personajes, está lejos de encontrar alguna nitidez.

