Sólo una visita
No es mucho lo que puede esperarse de la visita del papa Benedicto XVI a Cuba. Ni la Iglesia Católica ni el castrismo están en su mejor momento, aquejados por crisis y reclamos internos.
Es difícil que la visita que realiza el papa Benedicto XVI a Cuba logre mayores avances que los obtenidos por Juan Pablo II en su histórica incursión por la isla (1998). Si algo ha demostrado poseer el actual pontífice es un espíritu aún más conservador que el que evidenciaba Karol Wojtyla.
Llega en un momento en que los hermanos Castro parecen haber concedido lo máximo en distensión, que es lo mínimo para quienes sueñan con construir una genuina sociedad abierta. Construirla y no recuperarla, porque prácticamente nunca la hubo en la nación caribeña, a menos que se considere democracia el acto mecánico de emitir un voto en elecciones condicionadas por proscripciones, encarcelamientos y represión de la libre expresión de las ideas.
Ni la Iglesia Católica ni la dictadura castrista están en su mejor momento. Desquiciada moralmente por la proliferación de religiosos, desde seminaristas y párrocos a obispos y cardenales incursos en graves delitos y corrupción de menores, la jerarquía católica ha dilapidado gran parte del patrimonio moral católico.
Las reticencias de Benedicto XVI para castigar a quienes violaron su juramento de celibato sacerdotal son un equívoco testimonio al respecto. No fueron compensadas ni con su orden de investigar a la Legión de Cristo, esa organización fundada por el sacerdote mejicano Marcial Maciel, que llegó a contar con tres obispos, 889 sacerdotes y 2.373 seminaristas, 15 universidades, 43 institutos de estudios superiores y 175 colegios, constantemente denunciado por corrupción de menores. El morbo a su respecto llegó a su asfixiante intensidad cuando se probó que Maciel tenía varios hijos, concebidos con distintas mujeres, y perpetraba excesos que llegaron al extremo de violar a sus propios hijos.
Es cierto que una congregación tan antigua como la católica tiene procedimientos y tiempos que no siempre sincronizan con los de la sociedad civil, pero sin dudas tardó demasiado en castigar esa extendida perversión. Recién en 2010, tras una visita canónica, se estableció que “los comportamientos gravísimos y objetivamente inmorales del padre Maciel, confirmados por testimonios incontestables, representan a veces auténticos delitos y revelan una vida carente de escrúpulos y de verdadero sentimiento religioso”.
En cuanto al castrismo, esa pieza de arqueología política, sólo conserva su aparato represivo que transformó a la isla en un campo de concentración: la libertad de viajes al exterior es inexistente, sus sistemas de espionaje son una telaraña que cubre todo el país y su censura abarca desde los correos electrónicos hasta toda expresión escrita de oposición o disenso. En términos de libertad, no es mucho lo que podrá lograr Benedicto XVI en sus encuentros con los hermanos, que a modo de bienvenida rastrillaron la isla y enviaron a prisión a casi un centenar de disidentes.

