Aleida, más acá de Cuba
La mayor de los cuatro hijos de Ernesto Che Guevara y Aleida March dice que su país es una sociedad en desarrollo que aprende de sus errores.
Sonríe cuando, por enésima vez, le preguntan qué siente de especial al estar en la ciudad donde su padre vivió, creció y estudió durante algunos años, y luego responde: "Me siento latinoamericana. A nosotros nos enseñan en Cuba que desde el río Bravo hasta la Patagonia somos un mismo pueblo, una misma nación y yo soy parte de esa nación y me siento orgullosa de ello". Aleida Guevara, médica pediatra, defensora de la revolución por convicción e hija del mítico guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara, elude posar en la foto con el fondo de La Cañada, típico paisaje de la Docta. "Prefiero un consultorio o un centro de salud, que es mi típico paisaje cotidiano", dice con sencillez antes de prestarse al diálogo con La Voz del Interior un viernes de otoño. –¿Cómo ve esa Latinoamérica a la que la enorgullece pertenecer? –Siempre es muy positivo cuando los pueblos comienzan a despertar y a darse cuenta de que sí pueden cambiar su realidad. La única manera de hacer cambios profundos es ser dueño de lo que produces; que no se lo lleven las transnacionales, sino que te quede lo suficiente para empezar a resolver problemas de tu pueblo. Frente al neoliberalismo, Venezuela comenzó a utilizar fondos de su petróleo para universidades totalmente gratuitas, hospitales gratuitos, viviendas para los más humildes, trabajo, dignidad, cosas que cambiaron las perspectivas del pueblo. La salud es un servicio, un derecho del ser humano. ¿Cuánto pagas por la vida de un hijo? Pues, si no tiene precio no puedes tener un mercado de la salud. Hoy, la prensa habla de libertad, pero ¿cuándo un pueblo es realmente libre? Cuando es culto; cuando nadie lo manipula ni utiliza. Tenemos que alfabetizar a nuestros pueblos, permitirles que estudien desde que nacen hasta que envejecen, no por el dinero que se tiene en un banco, sino por una capacidad intelectual para hacerlo. –Cuba tuvo mucho que ver en las misiones, elogiadas ahora por la oposición que criticaba a Hugo Chávez por importar médicos o educadores de la isla... –Los profesionales de la salud de Venezuela no quieren ir a trabajar con los más humildes y no puedes obligarlos. Entonces buscas ayuda en otra parte, como lo hicieron con Cuba. Entendimos que era necesario ayudar al proceso revolucionario venezolano para que se pudieran palpar los cambios. Por primera vez en su vida, personas de los cerros de Caracas podían tener un médico a su disposición. ¿Te imaginas a un hombre que nunca podía ir al hospital, que pudiera tener un médico en su casa? –¿Cuántos médicos tiene Cuba trabajando fuera? –Nosotros teníamos antes un médico cada 190 familias cubanas. Ahora no es posible porque de esos médicos de familia hay muchos fuera. Tenemos 11 mil médicos en Venezuela y el pueblo cubano tuvo también que ajustar el cinturón y empezar a usar los policlínicos, que ya casi ni se utilizaban. También con Brasil se discuten acuerdos para que reciba a unos seis mil profesionales. Además, tenemos nuestros médicos en Haití, en Bolivia, Ecuador, Qatar, Sudáfrica, Nicaragua y contamos con brigadas de miles de profesionales de la salud preparados para cuando haya una emergencia en el mundo. Es una brigada de 10 mil profesionales que incluye a médicos, enfermeras y técnicos. Cuando ocurrió el huracán Katrina, Cuba ofreció a Estados Unidos ayuda solidaria y los médicos estaban listos para ir a asistir. Pero Estados Unidos lo rechazó. –Opositores reprochan que esa internacionalización deje al pueblo con menos atención... –Mira, opiniones hay muchas, pero hay que vivir una realidad para comprenderla. Es verdad que al tener miles de médicos fuera debemos suplir su trabajo, pero lo hacemos. Nadie queda sin atención en Cuba, aunque pueda padecer más demoras. Sí, habrá algunos cubanos que puedan protestar, pero en 11 millones y medio de personas no puedes pretender que van a pensar todos igual. Así surge la Escuela Latinoamericana de Medicina en Cuba, donde muchos estudiantes de la región fueron a hacerse médicos gratuitamente. Para ello hasta tuvimos que remodelar el sistema y hemos sacrificado muchas veces a nuestra misma gente, pero hay que entender que la solidaridad no es dar lo que te sobre; solidaridad es dar lo que otro necesita aun a costa tuya. –¿Cómo está Cuba con los cambios y reformas que lleva adelante Raúl Castro? –Tú me dices "cambios" o "reformas" y son algunas palabras que me caen mal. Somos una sociedad en desarrollo. ¿Qué quieren? ¿Que estemos estáticos? Uno va aprendiendo de sus errores y los va rectificando. La crisis económica golpea a todo el mundo; Cuba no vive fuera del planeta, y también le tocó. De pronto, el Estado diagnostica que hay casi 500 mil personas que están sin producir y a las que pagamos un salario. Cuba no puede sostener eso, así que buscamos posibilidades para esas personas, a las que el Estado ya no puede sostener, para que trabajen por cuenta propia. ¿Si me gusta esa idea? Te diría que no; a mí me gusta más la idea de cooperativas. –¿Nunca pensó en un cargo? –¿Yo? Si no mando ni en mi casa... No nací para esas cosas. Si realmente hace falta, estoy dispuesta. Soy miembro del Partido Comunista Cubano y conozco mis obligaciones; pero si no… por favor, quiero seguir siendo médica. –¿Hace cuánto que lo es? –Me gradué en 1984. –Henrique Capriles dijo que lo primero que haría si ganaba en abril era cortar el petróleo venezolano a la isla. ¿Temía Cuba ese escenario? –Después de pasar el período especial (tras la desintegración de la URSS), ¿tú crees que algo nos provoca miedo? Nosotros enfrentamos un bloqueo criminal, de muchos años, que se hace sentir. Yo tuve una niña de ocho meses en el hospital. El padre me vino a ver llorando y me dijo: "Mi hija se está muriendo". El hospital tiene obligación de buscar el medicamento que se necesita donde sea, aunque haya que tocar la puerta de la Casa Blanca. La niña tenía una patología cuyo medicamento era de una patente de Estados Unidos. Cuba tenía el dinero para pagarlo, pero nadie nos lo ofrecía porque al ser de patente estadounidense, la empresa que nos lo vendiera podría ser sancionada con entre cinco y 10 millones de dólares de multa o que Estados Unidos le impidiera vender sus productos en su país. ¿Qué daño podía hacer una bebé de ocho meses? Por suerte, compañeros de Islas Canarias acercaron el medicamento. –¿Qué significa y cómo influyó en su historia ser la hija del Che? –Siempre digo que soy un accidente genético. A mí me tocó el honor de ser la hija de ese hombre, no me lo busqué, no me lo gané. Disfruto el honor de tener un padre como mi papá, pero eso no me hace ni mejor ni peor ser humano. Mi madre nos enseñó a pararnos firmemente sobre la tierra. "Van a recibir muchas cosas que ustedes no se han ganado, déjenlas pasar", decía. Eso fue sabio. Yo trato por todos los medios de ser digna hija del pueblo donde nací. Sé muy bien lo que tengo que hacer, cómo hacerlo y dejar pasar lo que no me he ganado por mis propios medios. Pero cuando alguien que quiere a mi papá se emociona al verme, me da mucho placer. Creo en lo que decía José Martí: cuando un hombre es capaz de ver las virtudes de otro hombre, es porque las lleva en sí mismo. ¿Te imaginas cuántos Ches Guevara podremos tener por ahí? –Si no viviera en Cuba, ¿dónde viviría? –En Cuba.

