La gravedad del silencio
Así se titula el nuevo libro de Claudio Fantini, que será presentado este martes. En esta nota, el prólogo del trabajo que hace foco en el kirchnerismo.
En la capilla ardiente de Kirchner, su viuda quedó en el centro de la escena porque el cajón estaba cerrado. De haber estado abierto, el protagonista que centrara la mirada convergente habría sido el cadáver del ex presidente. Pero con el féretro cerrado, la protagonista exclusiva fue la mujer que se situó en el centro de la escena y que, desde entonces, supo mantener y monopolizar esa centralidad, mientras sus contrincantes se despeñaban torpemente hacia los márgenes.
El “relato” no va delante de ella. La sigue desde atrás, narrando cada decisión como un acierto histórico, genialmente lucubrado por una mente iluminada. El relato está para eso. También para poner la palabra “militancia” donde debería decir “alineamiento” y para justificar que todo ámbito donde fluye el dinero del Estado es oficialista.
El relato justifica que todos los espacios que expresan oficialismo no expresen ninguna otra cosa; que los difusores de la visión totalizante asciendan en todas las estructuras y ocupen los mejores cargos y que cada vez haya menos oxígeno para los que se resisten a convertirse en eco de los relatores.
“Roban pero transforman”, parece decir implícitamente el relato. Parafrasear el triste “roban pero hacen”, implica un pragmatismo cínico con el cual se afirma que, siendo la transformación un evento excepcional y siendo la corrupción una regla, la lógica progresista es priorizar la excepción. Ergo, quien señala la regla, o sea, quien denuncia la corrupción en lugar de relegarla para resaltar la voluntad transformadora, está siendo funcional a poderes que conspiran para conjurar la transformación en marcha.
Pues bien, no parece descabellado considerar que tal razonamiento no constituye una lógica progresista, sino un ardid para justificar o encubrir. Esto significa que hay otra lógica progresista, que ve en ese implícito “roban pero transforman” una justificación del robo y no una defensa de la transformación.
Esa otra lógica explica por qué, habiendo producido tantos cambios positivos, el principal contendiente que tuvo el kirchnerismo en el 2011 fue una coalición de centro-izquierda encabezada por el respetable Partido Socialista. También explica que una legión de periodistas e intelectuales que jamás expresaron conservadurismo sean duramente críticos.
Personalmente, he apoyado desde mis columnas en diarios, revistas, radios y televisión todas las iniciativas transformadoras de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. En algunos casos con reparos y en otros con entusiasmo.
Y a diferencia de muchos en la vereda crítica, jamás ataqué la política económica, aunque desde la expulsión de Lavagna no la defiendo.
En otras circunstancias, eso alcanzaría para ser oficialista. Sin embargo, obviamente, no es así. ¿Por qué? Por aversión a los liderazgos personalistas y por el retroceso que implica la imposición de la dialéctica schmittiana amigo-enemigo, para justificar la exclusión y estigmatización de todo posicionamiento que no sea de sumisión y veneración al liderazgo.
No se trata de un defecto insular en un océano de virtudes. Se trata de la sombra oscura que hace visible el relato.
Toda fuerza política tiene una versión de pasado y presente. El nivel de maniqueísmo depende del grado de ideologización de los relatores y del grado de autoritarismo de la matriz cultural que representan: son directamente proporcionales.
Las alarmas deben encenderse cuando el relato se aleja de la filosofía de Martin Buber para acercarse a la de Karl Schmitt. En su libro Ich und du (Yo y tú), el filósofo austríaco planteó la complementariedad del “yo y el tú”; mientras que Schmitt plantea el “nosotros y ellos”, estableciendo en “ellos” al “enemigo”. Lo que en Buber es un vínculo necesario, en el pensador prusiano es una confrontación inevitable.
No se trata de señalar un pensamiento bueno y otro malo. La bondad y la maldad están dadas por la circunstancia histórica. La pregunta es si en la Argentina de este tiempo se justifica dividir la realidad en dos bandos y si hacerlo es progresista.
Que Schmitt haya sido una de las inspiraciones del nazismo dice bastante, pero la Historia está plagada de ejemplos en que el relato binario con perfil alto ha sido utilizado por izquierdas y derechas de matriz autoritaria.
Fraga Iribarne puso su inteligencia y sus conocimientos de Derecho Político al servicio del dictador Francisco Franco. Además de ocupar ministerios del régimen, fue un intelectual orgánico de la derecha española. Como tal, contribuyó a la actualización del falangismo, la versión española y ultracatólica del corporativismo fascista. Fraga Iribarne fue el autor del relato franquista, al escribir que “sólo hay una España verdadera y la otra es la hiedra, parásito que crece sobre la encina”.
Ese esquema binario justificó la dictadura personalista del “caudillo de la nación”, como instrumento necesario para salvar la “España verdadera” del despreciable “parásito”.
Según el relato kirchnerista, todas las políticas del Gobierno son “progresistas”. Dejando de lado todo juicio sobre las bondades o maldades de tales políticas, la Historia las muestra también en otros terrenos ideológicos. Un ejemplo reciente está en Hungría, cuyo liderazgo ha sido acusado de autoritarismo por la Unión Europea.
El primer ministro Viktor Orbán tiene una historia de lucha liberal demócrata. Fue uno de los fundadores de la Federación de Jóvenes Demócratas y dejó su marca en la resistencia al totalitarismo impuesto por Moscú cuando en 1989, durante un homenaje a Imre Nagy –ejecutado por liderar la rebelión democrática aplastada por la URSS en 1956– el por entonces joven Orbán pronunció un valiente discurso reclamando la retirada del ejército soviético y elecciones libres. Sin embargo, en la última década, llegó al gobierno tras un abrupto giro a la derecha nacionalista y tradicionalista.
En el 2010 logró un abrumador triunfo frente a una oposición dispersa y débil. Obtuvo la reelección y una mayoría de dos tercios del Parlamento. Con semejante poder, inició el proceso de reformas que la UE considera giro hacia la derecha autoritaria.
¿Cuáles son esas reformas? Incorporar en la Constitución, que reformó sin la participación de los opositores, que sus adversarios del Partido Socialista son la prolongación actual del régimen comunista que oprimió a los húngaros durante la Guerra Fría (para Orbán la sociedad se divide en dos: los buenos húngaros y los que entregaron el país al Kremlin). Las otras medidas que la UE consideró populismo autoritario son: intento de control del gobierno sobre el Banco Central; intento de silenciar la prensa crítica y hacer oficialismo desde los medios públicos; nacionalización del sistema privado de jubilaciones y pensiones y obstrucción de monitoreos del FMI sobre la economía húngara.
De nuevo, el ejemplo no es para juzgar tales medidas, sino para señalar que han sido instrumentadas por un gobierno que se define como conservador tradicionalista, definición situada en las antípodas de lo que significa progresismo.
Del mismo modo, en estas páginas no se pretende juzgar la acción gubernamental, sino el relato que la acompaña. La acción gubernamental puede tener un saldo positivo, salvo en lo referido al intento de convertir ese relato en mirada totalizante del pasado y el presente, o sea, en pensamiento único.
Como todos los relatos políticos, el kirchnerista tiene luces y sombras. Lo sombrío está en el altísimo perfil que ha cobrado. Y eso no es responsabilidad de colectivos como Carta Abierta, integrado por gente con derecho y razones para defender al Gobierno.
En términos generales, ha realizado un aporte válido al debate político. Pero ese debate se ve neutralizado por un dispositivo de propaganda que, en los hechos, actúa como instrumento de censura.
Sucede que el protagonismo del relato es inversamente proporcional al pluralismo vigente. Mientras más hacen los gobiernos por imponer sus relatos, más se parecen a regímenes. Y en Argentina, a la imposición del relato no la hace Carta Abierta sino el vasto aparato estatal y paraestatal de medios de comunicación.
Es en esa dimensión donde crece el lado más oscuro del liderazgo, además porque allí actúan los censuradores cuya misión es difamar y desacreditar a los formadores de opinión que no son kirchneristas, con el objetivo de acallarlos. Forman parte de una estrategia basada en el miedo y una prueba de que el miedo funciona está en que los artistas oficialistas lo proclaman; los otros callan.
Muchos de los linchadores expresan juvenil desenfado y transgresora informalidad, pero lo mismo integran un aparato de censura controlado por comisarios políticos. Se autojustifican con las supuestas luchas de un liderazgo heroico contra intereses poderosos. Pero parte de la realidad evidente es que, en estos años, los que siempre tuvieron mucho dinero han ganado muchísimo más.
También parecen evidentes los oscuros vínculos societarios con las economías de enclave que dejó el menemismo, así como la corrupción que mantuvo en pie la trágica herencia en el sistema ferroviario.
Este libro reúne un puñado de reflexiones acerca del relato y de su articulación desde el aparato propagandístico, como bisturí para diseccionar la sociedad en dos partes, separadas por el odio político.
Parten de la convicción de que la circunstancia histórica no justificó ni justifica semejante estratagema. Y lo que no justifica la circunstancia histórica se explica en una voluntad de concentración de poder que excluye todo lo que no adhiera y se subordine al relato.
El libro se hizo a pesar de que, por señalar lo que señala, será blanco de los ataques del aparato de censura. Atacará porque esa es su razón de ser. Además, porque en estas páginas en las que no hay medios buenos y malos sino visiones críticas sobre los medios y sobre una oposición baldía de ideas y carcomida por veleidades, lo que se señala como lado oscuro de un Gobierno con luces es, precisamente, ese dispositivo de linchamiento. En él radica el tic totalitario.
Sin descartar que el liderazgo finalmente decida desactivar su aparato de censura, publicar estas reflexiones implica defender el derecho a opinar críticamente sin ser descalificado o estigmatizado.

