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Viajar para contarlo

De Marco Polo en adelante, los relatos de viajeros alimentaron la literatura mundial.

21 de marzo de 2010 a las 12:00 a. m.
Rogelio Demarchi (especial)
Viajar para contarlo

Ayer terminó el verano, la época del año que asociamos con las vacaciones y por lo tanto con los viajes. Se ha dicho muchas veces que si el hombre no viajara, no habría literatura. Una vez satisfecho el deseo de conocer territorios ignorados, sobreviene el deseo de contar lo que se ha vivido. Y esos relatos, por lo general, influyen sobre quienes los reciben, sea en forma oral, sea en forma escrita. En una celda genovesa, allá por 1298, Marco Polo le contó a Rustichello de Pisa sus viajes por Ceilán, India, Persia y China junto a su padre y su tío. Rustichello escribió lo que escuchaba (¿por propia voluntad o a pedido de Marco Polo?) y su libro -que tuvo varios títulos: Descripción del mundo o Los viajes de Marco Polo , entre otros- marcó a fuego, unos 200 años más tarde, a otro hombre de mar. Cristóbal Colón, sobre todo en el primer viaje a América, demuestra que pisa territorio americano tomando como parámetro lo que Marco Polo describió en aquellas crónicas: la fastuosa corte del Gran Can, por ejemplo, no debe estar cerca porque los indios que observa el día de su llegada "era gente muy pobre de todo" ya que "andan desnudos como su madre los parió"; y aunque entiende que hay oro cerca, el 13 de octubre escribe que "por no perder tiempo quiero ver si puedo topar a la isla de Cipango", que es el nombre que europeos y chinos daban a Japón ( Los cuatro viajes del almirante y su testamento ). Poco después, la conquista del continente americano generó una serie de crónicas donde la realidad está casi por completo ausente. Los conquistadores, dirá Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel, son los verdaderos iniciadores del realismo mágico con sus historias de ciudades de oro, fuentes de la eterna juventud y la descripción de seres monstruosos. Tal vez a esas falsas crónicas de viaje satirizaban, a principios de 1700, Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver y Montesquieu con Cartas persas , en los que el humor es la clave para advertir cómo un sujeto cualquiera mira y prejuzga a quien no pertenece a su cultura. Hay un ejemplo de influencia de los viajeros que nos incumbe: en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina, 1820-1850 , Adolfo Prieto demuestra cómo la forma de describir y valorar paisajes y sujetos de nuestro medio por parte de nuestros primeros escritores está fuertemente determinada por lo que escribieron los viajeros ingleses. En esas circunstancias, no se ve al otro (el prójimo) tal cual es sino de acuerdo a cómo lo ha visto un tercero (extranjero). He allí un problema cultural que deberíamos sondear en profundidad si estamos dispuestos a hacer de la celebración del Bicentenario un viaje por el túnel del tiempo.