El sindicalismo en Argentina
Desde la recuperación de la Democracia, nuestro sistema político fue configurando desde su etapa de transición hasta la consolidación del sistema, las distintas variables que lo hacen distintivo del resto de los sistemas políticos latinoamericanos. Una de ellas es justamente el conocido Sistema Sindical.
Muchos sostienen que el sindicalismo no debe ser sólo una organización que tienda a representar a los trabajadores como fuerza colectiva, sino que debe ser además un “actor social y político” fundamental para el progreso de una Nación, haciendo escuchar y sentir el peso de sus posiciones sobre políticas económicas y sociales que afecten a la totalidad de la población.
Nadie puede dudar de lo acertado de dicha posición. Pero tampoco se puede dudar de que aquella importancia en el rol de los sindicatos en el crecimiento de un país se anula si estos no entienden la relación que debe existir entre sus organizaciones y sistema democrático.
Es entonces cuando nos preguntamos si las actuales conducciones sindicales entienden el valor de aquella relación. Creo que existe una bisagra, un punto de inflexión entre el histórico y respetado sindicalismo que lucho contra la dictadura, orgullo de todo militante progresista de la República Argentina y el sindicalismo pos- dictadura.
La diferencia fundamental es la interpretación de sus roles en los distintos contextos sociales, políticos y económicos, así como también la formación y la práctica de la mayoría de sus secretarios generales.
Basta comparar los nombres célebres que identificaron una época para entender que el sindicalismo pos- dictadura no supo entender el verdadero sentido de su existencia. De aquel sindicalismo que buscaba derrocar a la dictadura para devolverles a los trabajadores sus derechos, sus libertades y su futuro, de aquellos secretarios generales austeros y honestos nada quedó.
Hoy es común ver como desde la década del 80, sus secretarios generales deciden a gusto y placer que gobierno finaliza su mandato y cual no, como aumentan sus patrimonios, como los tesoreros de los gremios se enriquecen o mueren misteriosamente en asaltos o accidentes de tránsito, como juegan con la salud de sus afiliados sin inmutarse siquiera al entregar remedios vencidos o truchos.
En el camino, si la justicia los cita a declarar son capaces de movilizar a sus aparatos y paralizar la República solo porque sienten que si los investigan por lavado de dinero, enriquecimiento ilícito, por ser parte de una mafia de los remedios están siendo atacados por operaciones mediáticas o políticas.
Mientras tanto, el replanteo que esperamos de sus dirigentes sigue sin aparecer. Siguen bastardeando a la Justicia, siguen bastardeando a los trabajadores y siguen bastardeando la democracia. Gobierne quien gobierne la Argentina en el 2011, debe hacerlo con la decisión política de que este Sistema llegó a su fin.
Debe gobernar con la convicción de que “sin democracia no hay acción sindical” y “sin libre actuación del sindicalismo no hay democracia política” (Antonio Baylos), pero también se debe hacerlo con el valor suficiente como para ya no tolerar que por defender la corrupción de sus hombres, los negociados y la impunidad de sus organizaciones, se niegue el cumplimiento de la ley y el fortalecimiento del sistema democrático.

