Si nos vamos a sincerar, sincerémonos todos
Susana Giménez blanqueó su operación de cadera y Jorge Rial abrió un libro de pases al “otro bando”. Rosa Bertino.
Ricky Martin me decidió. Lo confieso: soy gorda. Tiene razón el cantante boricua: se siente un alivio inmenso al salir del placard. Sobre todo de un placard vacío por falta de ropa apropiada y por comprar talles más chicos, que se termina por regalar. Ahora lo voy a poder llenar. Total, con cuatro o cinco prendas me alcanza.
También tiene razón al decir que los niños obligan a asumirse. Cuando mis nietos armaban una carpa en el jardín, escuché claramente que uno decía: “Parece una bombacha de mi abuela”. Ese comentario fue decisivo.
Es verdad, Ricky: admitir algo que todos ven con sus propios ojos, pero que uno insiste en negar, es un sentimiento liberador. A vos, por ejemplo, medio mundo te llamaba “la Paca” o “Paquita”. A mis espaldas me dicen “la Gorda”... en el mejor de los casos. A los dos nos van a seguir diciendo así, pero ahora no nos importa.
Ridículo. ¿Qué tiene de arrojado, hoy en día, sincerar una condición sexual? Es como reconocerse panzón, tartamudo o tener pie plano.
Factores antisociales son el acné, la halitosis o la flatulencia, y pueden representar severos impedimentos para compartir cualquier cama.
En general, la gente valora más el éxito y la belleza. Al propio Ricky le disculparán lo que sea, mientras se mantenga triunfante y en forma. Vaya a saber cuáles fueron sus intenciones al decir que es gay y dar gracias al cielo por ello.
Lo cierto es que generó un reguero de admisiones y comentarios que bordean el ridículo. Ahí nomás, Susana Giménez blanqueó su operación de cadera; Andrés Calamaro recuperó el habla, para recordar que fue quien proclamó que un “porrito” no le hace mal a nadie, y Jorge Rial abrió un libro de pases al otro bando.
Pecadillos. Así están las cosas. Alguna inteligencia central, de esas que manejan el mundo desde una máquina tipo Alphaville, aquella fantástica película de Godard, decidió que es el momento de ser sinceros por fuera.
¿Por qué hay que “confesarse” homosexual, alcohólico u obeso? ¿Supone algún pecado? En la misma línea, es altamente improbable que alguien diga “soy hetero (u homo) y evado todos mis impuestos”. O reconozca el hábito de merodear por el anfiteatro del Parque Sarmiento, donde la “transa” entre pares dispone de un mercado libre. O que señores monogámicos, de saco y corbata y padres de familia, blanqueen la inveterada costumbre de remarcar precios. Pero para eso falta mucho. Habrá que esperar hasta el Juicio Final.

