Que la historia no se repita
Sería retrógrado rechazar las nuevas relaciones sexuales y familiares que hoy existen.
Todo el debate actual -aunque frustrado ayer en la Cámara de Diputados de la Nación- en torno del casamiento entre homosexuales no es otra cosa que un retorno al pasado milenario.
En cierto modo, no hace sino aportar a uno de los principios fundamentales de la ancestral cultura hindú, que enunció el principio del eterno retorno como destino de la aventura humana. El genio de Friedrich Nietzsche (1844/1900) lo instaló con firmeza en la cultura europea, y reactualizó así el legado de otro coterráneo genial, Giambattista Vico (1668/1744), quien forjó la teoría de los corsi e recorsi , si bien con un matiz diferente: para él, la historia no se repite sino que se construye en trayectoria elíptica. Lo que parece un retorno al pasado no es otra cosa que el pasaje por un estadio del ayer similar, pero en una marcha creciente.
Los hechos actuales, impregnados de apologías y rechazos, reactualizan esos planteos, que en lo esencial tributan al pasado. Hace 2.300 años, en Europa se celebraban bodas entre homosexuales, sin escándalos ni eruditos dictámenes contradictorios. De hecho, Platón exaltaba la homosexualidad en "Fedón" y " El Simposio", al afirmar que el amor entre hombres es mucho más noble y espiritual que el amor heterosexual. Es que la historia del período más glorioso de Grecia fue protagonizada por una constelación de homosexuales que brillaron en la guerra (por caso, Jenofonte, uno de los mejores caudillos militares de todos los tiempos), las artes y las ciencias. Había también, es cierto, leyes que castigaban su práctica.
Lo que transformó al matrimonio entre homosexuales en una especie de alarde o escándalo mediático es la globalización de la información. Es seguro que, de no mediar esta circunstancia, y si las uniones se realizaran con discreción y respeto por quienes sostienen posiciones antagónicas -cuyos debates se planteasen con rigor intelectual, sin dogmatismos ni esnobismos- este fenómeno social terminaría por incorporarse a la cultura contemporánea.
Sería retrógrado rechazar hoy las nuevas relaciones sexuales y familiares que existen en el mundo moderno. Las uniones o matrimonios entre homosexuales necesitan, empero, de la legalidad de ese vínculo para el reconocimiento, que permite desde la educación de sus hijos o niños adoptados hasta prestaciones de obras sociales. También para regular los bienes gananciales que adquieran las parejas durante su estado matrimonial. Lo que es criticable es que el oficialismo pretenda adueñarse de esta bandera para congraciarse con un sector de electorado, con vistas a la campaña de 2011. Cualquier uso subalterno de los derechos humanos merece la justificada sospecha de una sociedad que, en su mayoría, desconfía del aliento de ciertas iniciativas del kirchnerismo, arropadas en este caso como un intento serio por revalorizar las nuevas uniones.

