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"Puedo curar, cautivar o hacer daño"

Diálogo exprés con Cristina Loza, escritora.

27 de marzo de 2010 a las 12:00 a. m.
Redacción La Voz
"Puedo curar, cautivar o hacer daño"

-¿A qué edad comenzó a escribir?

-A los seis años, en el colegio. Si te refieres a escribir un texto con sentido, y con posibilidad de emocionar al lector, o al que escucha, a los nueve años. Tuve una maestra de tercer grado, que me incentivó con una frase: "Esta chica escribe bonito".

-¿Desde cuándo la escritura puede ser considerada una profesión en su vida?

-Cuando mi situación financiera me permitió elegir, como dice mi amigo Quito Mariani, entre la pluma o el tenedor.

-¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?

- El oficio de vivir , de Cesare Pavese... y si se me permitiera, una de mis novelas, para recordarme que tengo un buen motivo para tratar de salvarme. Ah, y la Victorinox y un lápiz labial.

-¿Cuál cree que es la herencia más valiosa que ha recibido?

-El talento para sobrevivir bajo cualquier circunstancia. Viene con mis genes eslovenos, por parte de mi madre, y la posibilidad de hacer de la palabra un arma, o una caricia, por la rama paterna.

-Usted ha confesado ser "bruja". ¿A qué se refiere con esa expresión?

-A la cualidad de hechicera, en la exacta acepción de la palabra; es quien posee la capacidad de curar, cautivar o hacer daño. Me fascina la posibilidad de elegir constantemente entre esas posibilidades.

-¿Qué frase -de cualquier autor- le hubiera gustado escribir?

-"Hay momentos, en la vida, en los que callar se convierte en una culpa. Hablar, en una obligación. Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del cual no te puedes evadir".... "Lo que tenía que decir lo he dicho. La rabia y el orgullo me lo han ordenado, la conciencia limpia y la edad me lo han permitido. Ahora basta. Punto y basta", de Oriana Fallaci.

-¿Sobre qué personaje de la actualidad cordobesa resultaría interesante escribir una novela?

-Sobre la hermana Teresa Varela, el alma mater de la Fundación Esperanza. Nació en Cabo Verde, pero hace más por los cordobeses que muchos de los que vieron aquí la luz por primera vez. Es un personaje riquísimo, creativo y resiliente.

-¿Le gustaría vivir en otra ciudad?

-No, amo Córdoba, es mi lugar, a pesar de la rabia que me da la inutilidad o la falta de pasión de algunos para ordenarla y hacerla amable para nosotros y para el visitante. Puesta en situación de hacerlo, elegiría alguna ciudad de Eslovenia. Seguramente por mis raíces, pero siento que allí puedo vivir, escribir, empezar de nuevo.

-¿Cuál fue su momento de mayor alegría?

-Cuando descubrí mi lugar en el mundo, y lo que quería hacer. Escribir novelas, y ayudar a que las personas se encuentren a sí mismas a través de la escritura.

-¿Le interesaría participar en política? ¿Alguna vez se lo propusieron?

-No a las dos preguntas. De todas maneras, la política como me la enseñaron en casa, la ejerzo en todas mis actividades. Quienes como yo tuvimos acceso a los libros y a la universidad pública, tenemos el deber de devolver a otros lo recibido. Cada vez que le damos voz a los que no la tienen, estamos haciendo política.

-¿Aplica alguna técnica para escribir?

-Escribo al amanecer, cuando todavía mis fantasmas son reales, y el subconsciente deja que se filtre la sutil espuma de la que están hechos los sueños. Algo que hago, y que dicen que hacía Hemingway, es dejar siempre una frase inconclusa, una pista, para seguir al día siguiente. Los puntos finales de un capítulo son lapidarios, y obligan a replantearse todo el relato nuevamente.

-¿Hay reglas para convertirse en una buena novelista?

-Esta pregunta me obliga a tomar posición, porque parte del supuesto de creer que soy buena novelista. Creo que hay que tener algo para contar, una buena historia, saber contarla, respetar al lector, hacerlo tu cómplice, que se zambulla en el libro y emerja distinto cuando lo termine.

-¿Lee a sus contemporáneos? ¿A quiénes?

-Me gustan los europeos: John Berger, Saramago, Antonio dal Masetto, Oriana Fallaci, Arturo Pérez Reverte, la norteamericana Susan Sontag. De los argentinos: Tomás Eloy Martínez, Abelardo Castillo. A los cordobeses que leo, me he encargado de decírselo personalmente.

-¿Qué comentario de un lector le ha parecido particularmente halagador?

-Cuando me dicen: "Usted ha puesto lo que yo sentí," o "Yo viví esa situación", o "Mi abuelo era así, mi casa era igual". Esa identificación es un signo de que mis palabras encontraron el eco en el corazón ajeno. Es la verdadera comunión entre dos personas. Una vez alguien con veleidades de crítico, me dijo "!Usted escribe como un hombre!", y yo le contesté: "Espero que sea uno de próstata activa". A veces, uno escucha ciertos comentarios que no resisten el menor análisis.

-¿Qué emoción la inspira más para escribir, la tristeza o la alegría?

-No puedo hacerlo si estoy triste. El mero hecho de ponerme a escribir, y cuando estoy particularmente inspirada, me produce un estado de euforia, una sensación pasional, casi mejor que el sexo.

-¿Qué personajes de la literatura universal son sus predilectos?

-Nuto, de La luna y las fogatas , de Cesare Pavese, Adriano de Marguerite Yourcenar, El Sandokan de Salgari, el guardabosque de El amante de Lady Chatterley , de D. H. Lawrence, Florentino Ariza, de El amor en los tiempos de cólera , de García Márquez.

-¿Usted reza? ¿Se considera una persona religiosa?

-He rogado cuando mis fuerzas llegaron al límite, aunque nunca sabemos a quién van dirigidos los ruegos. La palabra "Dios" está incorporada a mi vocabulario por la formación en mi hogar, pero constituye uno de los más grandes de mis interrogantes. Aún lo busco. De todas maneras, si está, y si es cierto todo lo que cuentan de él, seguramente tendrá la gentileza de esperarme.

-¿A qué hora del día es más sencillo ser feliz?

-Al amanecer, con la primera luz. Siempre lo vivo como un milagro.