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Ningún ladrillo en la pared

¿Qué culpa tiene el vecino ruidoso de que las paredes del edificio tengan la consistencia del papel de arroz de las habitaciones japonesas? Edgardo Litvinoff

18 de marzo de 2010 a las 12:00 a. m.
Edgardo Litvinoff
Ningún ladrillo  en la pared

Lo primero que le vino en mente a Gabriel fue el título de la obra del filósofo estadounidense Marshall Berman: Todos los sólidos se desvanecen en el aire.

“El acontecimiento más nimio puede inspirar reflexiones amenas para ejercitar el pensamiento”, pensó Gabriel cuando el clavo que hundió la pared en donde intentaba colgar un tapiz –un ordinario clavo de hierro que debía quedar incrustado con medio cuerpo adentro y medio afuera– produjo en el muro un hueco de la misma proporción que el ancho de la cabeza del martillo, e incluso mayor.

Tras la milimétrica pared, se veía un entramado enclenque de aluminio, con pedazos de yeso resbalando entre los bordes del flamante socavón lleno de oscuridad.

“Todos los sólidos se desvanecen en el aire”, se repitió Gabriel, adaptando un concepto clave de la modernidad –todo lo sagrado es profanado– a su endeble infraestructura habitacional de Nueva Córdoba, piso sexto.

Ahora entendía por qué escuchaba a su compañero de departamento respirar mientras dormía, a pesar de los divisorios que se interponen entre sus dormitorios.

Ni qué hablar de la parejita del sexto B, que casi todas las noches reproduce un traqueteo de resortes de catre a intervalos regulares durante períodos de 20 a 40 minutos, acompañado de ingentes aullidos directamente proporcionales al golpe seco que produce la oscilación.

¿Con qué cara le podríamos pedir a ellos que cesen la bulla para que podamos dormir? ¿Qué culpa tienen de que las paredes del edificio tengan la misma consistencia feng shui que el papel de arroz de las habitaciones japonesas? Podríamos pedirles silencio, pero sólo sería por envidia.

Cuando las paredes no se construyen con 15 centímetros a cada lado, sino con tabiques huecos de 8 ó 12 centímetros y sin aislamiento de telgopor, como ocurre en flamantes edificios de Nueva Córdoba, la ingeniería puede tener claras consecuencias en las relaciones comunitarias. Convendría recordarlo cada vez que nos enojamos con la mujer de arriba que, al pasar el trapo de piso por sus ambientes, choca la punta del estropajo contra el zócalo, de manera que, ante cada topetazo, produce un estruendo en nuestro techo capaz de despertarnos bien tempranito.

Al fin y al cabo, los vecinos no son tan malos. Al menos no tienen toda la culpa.