La terrible eficacia de una bomba
José Antonio Gurriarán sufrió hace 30 años un atentado de terroristas armenios.
Salió de la redacción del diario Pueblo y se metió en una cabina telefónica para hablar con su mujer. Quería ir a ver una película de Woody Allen. Cuando José Antonio Gurriarán descolgó el auricular, todo se apagó a su alrededor. Dos bombas del Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia (Asala) explotaron en la Gran Vía madrileña, a pocos metros de donde se encontraba. Era el 29 de diciembre de 1980, el día que marcó para siempre la vida de este periodista gallego.
"En 1982 publiqué La Bomba . Cuento mi experiencia de sufrir un atentado de un grupo del que ignoraba todo, porque de Armenia sabía muy poco. En 1980 no había más de 200 armenios en España. Hoy hay entre 50 y 80 mil", relata Gurriarán a La Voz del Interior desde su casa en las afueras de Madrid, poco antes de venir a Córdoba.
"Tuve una curiosidad como periodista y como ser humano que resulta herido, y también por eso que llaman el síndrome de Estocolmo, que es una especie de dependencia de la víctima del victimario, aunque haya sido un atentado que no iba dirigido hacia mí. Se hicieron muchas ediciones, porque no era normal que una persona que sufre un atentado se empeñe en localizar a quienes lo han herido", cuenta a casi 30 años de la explosión que lo tuvo varias semanas en el hospital y le dejó marcas físicas para siempre.
Después de estudiar la causa armenia y recorrer medio mundo, encontró a quienes habían puesto las bombas. "Los entrevisté en Líbano. Eran dos jefes del Asala. Estaban encapuchados y armados. Quise convencerlos de que ningún país consiguió nada a través de atentados. Cuando les dije que el terrorismo no es eficaz, me dijeron algo terrible: La prueba de que es eficaz es que usted, que es un periodista conocido, está aquí y va a hacer un libro. No me pareció argumento suficiente, pero era un argumento".
Gurriarán explica que uno de los libros que le ayudó a escribir el suyo fue Historia del Pueblo Armenio , de Ashot Artzruní (seudónimo de Artzruní Tulian). Precisamente, ése es el libro que Gurriarán viene a presentar el próximo viernes a Córdoba, una obra que ha sido revisada y actualizada por el hijo de Ashot, Rubén Artzruní (Rubén Sirouyan), y editado por los nietos del autor.
En el extranjero. Después de la catarsis que significó La Bomba , Gurriarán se dedicó a vivir. Estuvo 20 años afuera de España, en Bélgica, Portugal e Inglaterra, como corresponsal de distintos medios. Tenía presente el tema armenio, aunque había perdido esa vinculación obsesiva.
Pero hace tres años, uno grupo de armenios lo invitó a dar una conferencia en el Ateneo de Barcelona con motivo del genocidio armenio y le pidieron un nuevo libro. "No pensaba hacerlo, porque tenía el tema superado. Pero encontré elementos que me parecieron que sí podía haber un libro", recuerda.
Lo invitaron a visitar Armenia, viaje que había rechazado dos décadas antes porque no quería ver un país convertido en satélite de la Unión Soviética. Esta vez aceptó, y junto a su esposa y nueve armenios, casi todos argentinos, recorrió el país durante dos semanas en un pequeño ómnibus. Así se gestó Armenios: El genocidio olvidado , que vio la luz en 2008.
"Este libro tiene nuevos elementos, internacionaliza el tema, habla de los armenios de Armenia y los de la diáspora, y concluye que no existe armenio que no descienda, directa o indirectamente, del genocidio", resume.
En ese viaje se enteró de que uno de los jefes del Asala que había puesto la bomba en Madrid había muerto. El otro estaba en Armenia. "Me reuní una vez más con él. Ahora se dedicaba a ayudar a niños con problemas. Me pareció maravilloso. Ojalá nuestra ETA terminara así, reconociendo que el terrorismo no ayuda y ayudando a niños con problemas".
Cuestión de reconocimiento
-¿Cómo se vive en la actualidad la cuestión del reconocimiento del genocidio?
-Creo que se vive una gran oportunidad. Es importante que la Cámara de Representantes de Estados Unidos haya reconocido el genocidio. Pero veo muy difícil que lo reconozca el pleno, porque los intereses de Wa-shington con Turquía son enormes. Es el gran portaaviones de la Otan. Obama prometió el reconocimiento, pero prometió cosas que no son fáciles.
-¿Cómo es la relación entre Turquía y Armenia?
-Se comenzó con la llamada diplomacia del fútbol. Unos partidos entre ambos países en los que se vieron los dos presidentes. Incluso firmaron un protocolo de acuerdos, pero Turquía no reconoce el genocidio, por lo que los armenios no están dispuestos a acordar nada. Los que viven en Armenia tal vez se oponen menos porque tienen problemas económicos grandes y la apertura de fronteras con Turquía traería mejoras. Pero en el exterior, no conozco a ninguno partidario de que se restauren las relaciones en tanto no se reconozca el genocidio.
-¿Y por qué Turquía no lo reconoce?
-Al genocidio lo reconocen 20 naciones. Turquía se opone y tiene mucho poder. Tiene 80 millones de habitantes. Armenia tiene tres, más los 8 ó 10 millones que viven en la diáspora. Es increíble que no quieran reconocerlo, y lo increíble no tiene por qué. Pienso que la única explicación es que Turquía es una democracia vigilada por militares reaccionarios. El presidente (Recep Tayyip) Erdogan puede tener buenas intensiones, pero dudo que pueda hacer algo. Son 95 años de negación. Se han acostumbrado a negarlo.

