La máqina de picar mejicanos
La gobernadora del estado de Arizona presentó una ley para criminalizar a los inmigrantes ilegales.
El reverendo Miguel Rivera no puede abandonar la silla. Los teléfonos suenan sin pausa en su despacho de la Coalición Nacional Latina de Ministros y Líderes Cristianos (Conlamic), ubicada en la ciudad de Washington. A las 8 de la mañana atiende el llamado de La Voz del Interior , que interrumpe varias veces para responder otros pedidos de entrevista, de reuniones, de viajes. Es el personaje del día, una de las principales cabezas contra la ley que se dispone a aplicar el estado de Arizona para encarcelar inmigrantes ilegales y que esta semana fue el principal tema de debate en los Estados Unidos.
En apenas 10 minutos el religioso repite su catarata contra el presidente Barack Obama, contra los congresistas republicanos y demócratas, contra la gobernadora de Arizona, Janice Brewer, contra el sheriff Joe Arpaio, y sólo al final se permite detener su discurso de casete y lanzar una carcajada.
-Reverendo, ¿qué va a hacer si al final Arizona aplica la ley contra los latinos?
-Pues mira, me voy a sacar el traje y la corbata, voy a tirar el cuello clerical, conseguiré una gorra de béisbol, buscaré ropa de jornalero; me ensuciaré un poco, invitaré a nuestros más de 30 mil pastores a que hagan lo mismo, y nos iremos a caminar por Arizona, así la policía nos detiene a todos, ¿qué le parece?
La caza del mejicano. Hace nueve días la gobernadora de Arizona firmó la ley SB1070 que criminaliza a los inmigrantes, mejicanos en su gran mayoría, y permite enviar seis meses a prisión a quienes no puedan demostrar que son residentes legales en Estados Unidos cuando cualquier policía les requiera documentación en la calle. La ley, que se aplicará a partir de agosto, apunta a estigmatizar a los latinos. La decisión policial de abordar a los desconocidos estará basada en los rasgos físicos, según el prejuicio local que existe sobre el aspecto de un inmigrante ilegal.
"Es algo muy lamentable, se nos criminaliza por nuestra apariencia de mejicanos", dice a La Voz del Interior Agustín Quiroz Murrieta, presidente comunal de Sonoyta. Esta pequeña ciudad del estado mejicano de Sonora está adherida a la frontera, justo frente a Arizona. El muro que levantó Estados Unidos la separa de la vecina localidad de Luckeville. Tiene 24 mil habitantes, pero muchos de ellos son flotantes, gente de paso que la usa como trampolín hasta que encuentra el hueco que le permita irse a trabajar a ciudades como Tucson o Phoenix.
Quiroz Murrieta cuenta que la mayoría de sus compatriotas y también muchos centroamericanos van a trabajar los campos agrícolas de Arizona, Nuevo México y Colorado. "Son los que buscan el famoso sueño americano, una mejor calidad de vida". Como cruel ironía, el intendente recordó que hace pocos días participó de una de las reuniones binacionales de ciudades de frontera, que se organizan para mejorar la convivencia. "La próxima reunión entre las autoridades de los estados de Sonora y Arizona será en noviembre. ¿De qué hablaremos? Esto nos pega mucho, nuestros migrantes contribuyen a su prosperidad, pero ahora nos persiguen por cuestiones étnicas. Sin dudas, esto es criminal".
Acostumbrados a ser víctimas de la pobreza en sus países latinoamericanos, de los polleros y coyotes (traficantes humanos de frontera que los despluman y luego los abandonan en el desierto), de la violencia del narcotráfico, de los policías fronterizos que los encarcelan, de los patrones que se aprovechan de su condición de indocumentados y los explotan, ahora los inmigrantes sumaron un nuevo demonio, gracias a los políticos de Arizona.
La nueva ley ha provocado un escándalo nacional en Estados Unidos e, involuntariamente, elevó al primer plano el problema inmigratorio. El presidente Barack Obama consiguió una porción muy importante del voto latino con su promesa de realizar con rapidez una reforma inmigratoria, pero se encamina hacia la mitad de su mandato sin un proyecto legislativo con chances en el Congreso.
El amigo Joe. Un personaje que venía pugnando por ganarse los titulares nacionales, esta semana, consiguió el pedestal y recorrió hasta el último show de la televisión estadounidense. Se trata de Joe Arpaio, sheriff del condado de Maricopa, en Arizona, que quiere pelear la candidatura a la gobernación por el Partido Republicano, gracias a su manera barroca y sistemática de violar los derechos de los inmigrantes.
A Joe le gusta denominarse "el sheriff más duro de los Estados Unidos".
En el desierto de las afueras de Phoenix abrió una prisión en la que hacinó a cientos de mejicanos indocumentados que violaron las leyes migratorias. Los obliga a escuchar música "patriótica", a usar (como en las viejas épocas) traje a rayas, a llevar ropa interior de color rosa, y les prohíbe fumar, ver revistas con fotografías de desnudos y masturbarse. "Peor están nuestros soldados en Irak", responde a quienes le critican sus métodos.
Arpaio, padre fundador de esta Guantánamo del desierto en la que obliga a los mejicanos a andar en ojotas bajo temperaturas invernales y a vivir en carpas con 55 grados centígrados en el verano, ya es objeto de una investigación del gobierno federal. "Para ellos es un privilegio estar al aire libre", dice con sarcasmo.
El sheriff hizo rodear la prisión con una cerca electrificada y colocó en su entrada un cartel con letras de neón, encendido las 24 horas, que avisa al resto de los inmigrantes ilegales: "Hay lugar".

