En el reino de la telepolítica...
Los partidos están en franca decadencia y en la teledemocracia "las diferencias de política entre los candidatos son mínimas" porque no se discuten programas ni ideologías.
Las candidaturas presidenciales han vuelto al centro de la agenda. Que Carlos Reutemann no sea el candidato del peronismo no kirchnerista, ¿beneficia a Eduardo Duhalde o a Felipe Solá? Si Julio Cobos no se decidiera a dejar la vicepresidencia para ponerse el traje de candidato, ¿su lugar podría ser ocupado por Ricardo Alfonsín? ¿Qué posición adoptará Elisa Carrió? Los interrogantes se multiplican a izquierda y derecha: ¿qué pasará con Pino Solanas y Mauricio Macri?
Lo que está en juego es el liderazgo de segmentos de la oposición, pero de una manera descarnada. En casi todos los casos, no se enarbola un hipotético programa de gobierno, sino encuestas de opinión. Fulano sube, Mengano cae; aquél tiene alta imagen negativa, a éste lo desconoce la mayoría de los encuestados. En la montaña rusa de los sondeos de opinión, parece jugarse la chance de ser o no candidato a presidente.
El dilema del oficialismo no es muy diferente. Pingüinos y pingüinos son medidos semana a semana por más de una consultora, y con los resultados se analizan las distintas hipótesis en juego. Si Cristina no quiere y Néstor no puede, habrá que ver si Daniel o algún otro sabe.
Esta es la realidad que desvela a los politólogos de todo el mundo porque pasa, de un tiempo a esta parte, en todo el mundo. El italiano Sergio Fabbrini la expone en El ascenso del príncipe democrático. Quién gobierna y cómo se gobiernan las democracias (FCE, 2009). Vivimos en el reino de la telepolítica, donde el líder, dice Fabbrini, intenta colonizar ideas y/o emociones de la audiencia, y en algunos momentos busca intercambiar opiniones con ella. Porque en eso estamos metidos, en una "democracia de audiencia", no de partido.
De hecho, los partidos están en franca decadencia y en la teledemocracia "las diferencias de política entre los candidatos son mínimas" porque no se discuten programas ni ideologías. Para narrar la política, a la televisión le alcanza con el esquema "amigo-enemigo", como en cualquier ficción costumbrista.
"En semejante contexto, el líder es un recurso estratégico", escribe Fabbrini; si sabe comunicar, tiene feeling y "mide bien", puede ser la llave maestra para alcanzar el gobierno. Eso convierte al líder en una especie de "príncipe democrático", una cruel paradoja porque "líder democrático" y "príncipe" son categorías que pertenecen a distintos órdenes.
La situación, según Fabbrini, "exige una teoría política del gobierno democrático más sofisticada de la que disponemos". Porque si los partidos siguen debilitándose, ¿quién gobierna junto al príncipe y quién controla al príncipe y a su gobierno?
En el reino de los ciegos al que alude el refrán, puede reinar un tuerto. En el reino de la telepolítica en el que se juega a diario nuestra vida, deberíamos darnos cuenta de que no puede ser rey un circunstancial líder de audiencia.

