Continente de los derechos humanos
Mientras sigue enmarañada en su crisis, Europa endurece su política contra los inmigrantes extracomunitarios, imponiéndoles exigencias propias de un racismo neofascista.
Se acumulan los problemas en la Unión Europea. A casi dos décadas de la firma del Tratado de Maastricht (1992), que iluminó una nueva era de paz, concordia y crecimiento sustentable, la alianza sigue inmersa en una grave crisis financiera, agravada por el sobreendeudamiento de Grecia, que pone en riesgo todos los patrones de estabilidad comunitaria. Súmese a ello la falta de una política de defensa común, la carencia de una política exterior común y la infinita postergación de la admisión de Turquía, para definir un panorama entenebrecido.
Pero sobre todos ellos pesa la oleada negra de la irracionalidad y el riesgo que supone el racismo en un continente que prohijó los criminales experimentos del nazismo y el fascismo. Los trabajadores extracomunitarios representaron un poderoso aporte para la reconstrucción del continente. Se les reservaron los trabajos más duros, insalubres y peores pagos (desigualdad que infama la historia del gremialismo europeo en la segunda posguerra) y jamás los gobiernos realizaron sinceros esfuerzos de integración.
Los europeos descubren ahora que los extranjeros sobran, están de más, no se integran y son sospechados (y a veces duramente tratados como tales) de agentes del terrorismo islámico. Y los gobiernos compiten en imponerles humillantes medidas discriminatorias, desde la prohibición de construir nuevas mezquitas hasta los carnés por puntos, que son descontados por transgresiones reales o imaginarias, hasta llegar a la expulsión del continente. Los colectivos de inmigrantes y las ONG que realmente luchan por los derechos humanos denuncian arbitrariedades sistemáticas y violentas de las policías.
Los contratos de integración están plagados de condicionamientos que tornan a ésta prácticamente inviable. Se exigen exámenes demostrativos de que dominan el idioma del país que habitan, en lo oral y en lo escrito, y el conocimiento completo de su Constitución, algo que sus propios ciudadanos ignoran. Europa olvida que durante más de un siglo diseminó por el mundo a millones de analfabetos y hambrientos, quienes recibieron fraternal amparo.
Alemania hizo del conocimiento perfecto de su idioma una barrera infranqueable y para obtener el pasaporte alemán impone a los turcos la renuncia a su ciudadanía de origen, una verdadera extorsión, porque perder el pasaporte turco limita el derecho de sucesión en Turquía. Italia introduce el permiso de residencia por puntos, cursos obligatorios de lengua italiana, contratos de alquiler de viviendas dignas. Exigencias similares están vigentes en Gran Bretaña, donde los extranjeros que carecen de títulos científicos o de empresas propias necesitan de un tutor que garantice su buena conducta. En suma, todo un arsenal de medidas diferentes en su letra, pero idénticas en su racismo y xenofobia. Son actitudes que nunca se hubieran imaginado de Europa.

