Baradero y una colección de reacciones desmedidas
A diario vemos paradojas como la de Baradero, con inspectores que chocan y jueces que no quieren pagar multas.
Los incidentes registrados en Baradero el fin de semana pasado, más allá de todos los condimentos locales, contienen detalles que exceden los límites de esa ciudad bonaerense y convierten el caso en un fenómeno al que, además de que sintetiza muchos males nacionales, conviene ver como una advertencia de lo que nos puede pasar como sociedad si mantenemos al límite tantos aspectos delicados.
Queda para la comunidad de Baradero el debate interno acerca de los factores que llevaron a la trágica muerte de una joven pareja de novios y la posterior pueblada que destruyó bienes y edificios públicos. Son ellos los que deben resolver acerca de la responsabilidad de los inspectores que manejaban la camioneta que chocó a la motocicleta de los chicos. Son ellos los que deben determinar el futuro del director de Tránsito, del intendente y demás funcionarios involucrados. Pero a nosotros nos queda el deber de mirar un poco más allá.
Nos compete indagar en la relación que hay entre la muerte de los dos adolescentes y la desmedida e inmediata reacción posterior de un sector de la sociedad que, enceguecido por la furia, sale a destruir.
Compartir el espacio urbano común, en casi todas las ciudades de nuestro país, equivale a exponerse a una colección de reacciones desmedidas. A un bocinazo le corresponde un insulto; a un choque, una agresión verbal o hasta física. Y así hasta llegar a una pueblada como la de Baradero.
¿Por qué nos agredimos tanto? Porque nos sentimos agredidos. Estamos irascibles porque no vemos ni creemos que funcionen los mecanismos, tantos institucionales como de infraestructura y servicios, que deberían darnos cierto bienestar y garantías. Estamos molestos porque a diario vemos paradojas como la de Baradero. Porque cuando no son inspectores de tránsito los que chocan, son jueces (o juezas) los que no quieren pagar multas ni impuesto a las Ganancias.
No quiero pasar por alto que los jóvenes novios de Baradero viajaban en moto sin el casco puesto, una conducta que se cobra miles de vidas al año en todo el país. No llevar casco es una trasgresión y, si bien se puede justificar como reacción del mismo malestar general que nos ocupa, o en que los jóvenes son transgresores por naturaleza, ninguna trasgresión nos puede costar tan caro.
Por todo eso, lo que pasó en Baradero nos pasó a todos. Y nos seguirá pasando mientras se mantengan los factores que hacen de nuestra paciencia un hilo tan delgado como extensa y variada es la colección de reacciones desmedidas que provoca cada vez que se corta.

