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Por qué la gente no quiere disfrutar

Por lo general, hasta la gente poco instruida –incluso aquella que no posee estudios universitarios, y tal vez ni secundarios– parece ser capaz de discernir matemáticamente cuando algo no cierra en materia monetaria. Edgardo Litvinoff.

13 de enero de 2013 a las 12:01 a. m.
Por qué la gente no quiere disfrutar

Por lo general, hasta la gente poco instruida –incluso aquella que no posee estudios universitarios, y tal vez ni secundarios– parece ser capaz de discernir matemáticamente cuando algo no cierra en materia monetaria. Quizás por eso no haya tantos turistas como se esperaba en las sierras de Córdoba o en la costa atlántica.Puede que muchos, aun los no aptos para efectuar una regla de tres simple, intuyan que algo no anda bien si tienen que pagar seis mil pesos por semana para pernoctar en una cabaña con desayuno en donde –eso sí– las mucamas les ahorrarán la estresante labor diaria de hacerse la cama.Quizás por eso muchos prefieren meter la pelopincho en el patio, pagar de más a Aguas Cordobesas –si tienen medidor– y salir a festejar en un carrito de choripanes, cerca del Parque Sarmiento.A lo mejor, hasta aquellos no idóneos para distinguir entre una ecuación de primer grado y la Teoría de la Relatividad, descubran que gastar 200 pesos en el teatro más 100 por una cena humilde –multiplicado por los miembros de la familia– sea un poco más caro que ver un DVD y comprar la comida en el súper.Tal vez por esa razón, algunos que no saben disfrutar de las vacaciones hayan decidido que es mejor no irse tantos días de paseo a algún destino turístico.Posiblemente, aquellos con sensibilidad estética atrofiada que no aprecian la magnificencia de despertarse mirando las sierras o el mar, no estén dispuestos a intercambiar un sueldo mensual por 10 días de pernoctación en una habitación de grandes ventanales ubicada en un lugar privilegiado para los sentidos.Puede que no hayan hecho el curso de respiración con Ravi Shankar, y entonces se revelen ineptos para saber que una buena inhalación de aire serrano o marítimo no tiene precio y vale lo que cuesta.A lo mejor, por esa causa, son muchos más los que prefieren estropearse las narinas con el humo de los chinchulines en el asador de su casa, en vez de degustar una cena de cinco pasos en un rinconcito soñado de un caminito de tierra que va hacia un balneario poco conocido pero cool , en donde deberá empeñar el auto para pagar.Tal vez no se den cuenta de que el naranjita que les cobra 50 pesos para estacionar cerca del río, sólo busca quitarles la preocupación por la sensación de inseguridad que viven en sus ciudades respecto del robo de autos.Acaso la gente, que ya convive el resto del año con los pesares de los aumentos de precios e impuestos, elabore de manera inconsciente una postura reacia a aceptar cualquier cosa en nombre de la inflación innombrable. Acaso tengan la capacidad para hacerlo, incluso, de manera consciente.Allá ellos. Si no quieren pasarla bien, que después no se quejen.