Una literatura documental
La casa de Matriona, de Alexandr Solzhenitsyn (Tusquets) es una novela corta a la que la ausencia de trama le da un sello de autenticidad documental. Rogelio Demarchi.
Nuestra Feria del Libro no ha terminado, sólo está suspendida por las elecciones municipales. En ese marco, a propósito de la relación entre literatura y política, vale recordar al escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008), premio Nobel de Literatura 1970, condenado por expresarse en contra del stalinismo y, en consecuencia, internado en varios campos, popularmente conocidos como gulags , acrónimo cuya traducción aproximada sería Administración Superior de los Campamentos (de concentración). Su libro más conocido es Archipiélago Gulag , cuya primera parte fue publicada de urgencia, en 1973, después de que el manuscrito cayera en manos de la temible KGB –la policía secreta– y su secretaria apareciera muerta. A través del propio recuerdo y el testimonio de más de 200 presos políticos, Solzhenitsyn analiza desde el proceso de detención hasta las condiciones de vida en el gulag . En 1975 y 1978, salieron el segundo y el tercer volumen.El tema ya había sido abordado, de alguna manera, en Un día en la vida de Iván Denisovich (1962), su primer libro, que relata exactamente eso: cómo vive un preso político un día.Lo que podemos leer ahora es La casa de Matriona (Tusquets, 2011), una novela corta, originalmente publicada en 1963, en la que el alter ego de Solzhenitsyn se llama Ignatich. Como señala su traductor, Enrique Fernández Vernet, la ausencia de trama y de otros artificios narrativos "da a los relatos de Solzhenitsyn un sello de autenticidad documental". Rehabilitado, un ex detenido llega a una pequeña aldea del interior de Rusia con el objetivo de reinsertarse en la sociedad, dando clases de matemática a los niños, y alquila una habitación en la casa de Matriona. Ignatich ha resistido el gulag , y su reinserción no es ingenua: para averiguar lo que ha pasado en Rusia durante su detención, quiere saber si sigue existiendo la legendaria identidad de su pueblo. "Deseaba adentrarme y perderme en sus mismísimas entrañas, si es que aún pervivía en algún lugar aquella Rusia de habíase una vez".La vieja Matriona, con su casa de arquitectura tradicional, en medio de un paisaje boscoso que ha sido diezmado, y con su trágica historia a cuestas, sería lo que sobrevive, tanto en términos físicos como morales, de aquella amada Rusia: viuda, porque su marido desapareció en la Segunda Guerra Mundial; enferma y sin pensión ni ingresos fijos; sin hijos, porque enterró a los seis que tuvo; presionada por los familiares directos y los políticos, que se disputan la casa a heredar antes de que ella muera. Ella sigue adelante, día tras día; cuida su única cabra y trabaja su pedazo de tierra para sacar ese par de papas en las que se concentrará la comida de ella y de su inquilino. Defiende sus creencias; en la cocina, tiene una imagen de San Nicolás, el santo protector de los desposeídos y los ultrajados. Es solidaria con sus vecinos, aun cuando descubre que le han robado. Para Ignatich, Matriona es "la persona justa sin la cual, como en el dicho, no se tendrá en pie la aldea". Para Solzhenitsyn, ella sería la demostración de que había un campo afuera del campo, y que allí también había que luchar a diario para sobrevivir.

