Durmiendo con el mosquito
Medidas eficaces y al alcance de la mano para sumarse a la batalla contra los zumbadores. Luis Heredia.
La revelación generó inquietud en la opinión pública cordobesa: en la mitad de las viviendas de los vecinos gaseados por orden del Ministerio de Salud para terminar con los Aedes aegypti , se encontraron larvas de este repugnante vector del dengue, las cuales son resistentes a la densa humareda. "Desperté y la casa estaba llena de humo, pensé que se quemaba todo. Corrí a salvar a Sofía, mi ovejera alemán que tiritaba sobre su somier y salí a la calle con los ojos enrojecidos, tosiendo humo, la perra al hombro como pastor de pesebre y sólo vestido con mi slip veraniego rojo de Spiderman (*). Recién ahí me di cuenta de que eran los del Ministerio que estaban fumigando a los mosquitos", fue el desgarrador testimonio de Diego V., uno de los vecinos de barrio Los Almácigos sorprendido por los intensos vahos sanitarios. "Pero cuando la bruma se disipó y pude reingresar en mi hogar, me dijeron que mi delicado florero con el escudo de Talleres, que tengo como centro de mesa, tenía unas 1.734 larvas que habían sobrevivido a la fumata", agregó, todavía pasmado, este solitario habitante de la ciudad.El ejemplo revela con claridad que la guerra química que se libra contra el Aedes aegypti debe ser de exterminio, se debe llevar adelante sin consideraciones de tipo moral-ambiental y con todos los medios letales al alcance. "La gente debe entender que terminar con este díptero no constituye un atentado contra la naturaleza. No nos dejan dormir de noche con los zumbidos, y cuando pican nos producen ronchas y entramos en estados paranoicos: empezamos a sentir fiebres y dolores que en realidad no padecemos. Además nos chupan la sangre (aunque en rigor de verdad no son los únicos especímenes que dedican a esto)". La afirmación pertenece a Ángel "Exterminador" Gutiérrez, cazador de mosquitos matriculado, titular de la Cámara Argentina de Cazadores de Mosquitos y una autoridad en la materia (asegura haber "boleteado" a unos 3.500 millones de mosquitos a lo largo de 45 años de prolífica trayectoria profesional). "Maté mi primer mosquito a los 7 años con un repasador y desde entonces no paré", agrega con orgullo. Como experto en el tema, Gutiérrez considera que las fumigaciones se deben acompañar de otras medidas eficaces, al alcance de la mano de cada vecino dispuesto a sumarse a la batalla contra los zumbadores: Trampa para mosquitos. La preferida del experto. Se coloca una caja de zapatos boca abajo sostenida por un palito del cual se ata un hilo. En el interior, un dedal con sangre humana fresca atrae al mosquito. Cuando ingresa se tira del hilo, la caja cae y el mosquito queda atrapado. Se lo extrae de las alitas y se lo ajusticia con un certero martillazo o con un chorro de agua hirviendo, como a los ingleses en 1807. Sapos centinela. Amaestrar un sapo santiagueño para que vele por nuestro sueño, sentado toda la noche sobre la mesa de luz, puede marcar la diferencia entre una casa contaminada y una libre de dengue. Para muchos puede resultar un tanto repulsivo tener a un batracio de medio kilo al lado, pero su lengua atrapará a cuanto mosquito ronde sobre nuestras cabezas (es fundamental no confundirse con un sapo cancionero, que no sólo no va a cazar mosquitos sino que va a cantar zambas y bagualas toda la noche, desde la mesa de luz). Policías bravos. También está la opción de contratar un adicional rosarino para que termine con los mosquitos a bastonazos. Su proverbial habilidad para el chicotazo con sus largos bastones (puesta en evidencia recientemente en el estadio de Newell's), les permite neutralizar al mosquito agresor tanto en estado de reposo como en vuelo. En caso de ataque masivo de estos insectos, al uniformado le queda el recurso de las perdigonadas de goma. Todo medio es válido si el objetivo es lograr el envidiable estatus de provincia libre de zumbidos.(*) Nota del autor: el dato es absolutamente irrelevante y de dudoso buen gusto, pero fue respetado porque le da aun más realismo al testimonio.

