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Crímenes y pecados

Hace 33 años, Leonardo Sciascia concluía la escritura de su libro más político, "El caso Moro", en el que analiza el secuestro y asesinato de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana italiana, a mano de las Brigadas Rojas, y con cierta complicidad, según afirma, de la dirigencia política en su conjunto. Rogelio Demarchi.

28 de agosto de 2011 a las 12:02 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Crímenes y pecados

Ante el secuestro y posterior asesinato de un político, ninguna sociedad puede permanecer impávida. Pero si además la víctima preside el partido que está en el gobierno y su verdugo es una organización guerrillera, esa sociedad queda en un estado de conmoción del que tardará en recuperarse. Más aún si, a la hora de analizar esos dramáticos acontecimientos, se levanta una voz crítica y señala, con pruebas argumentales de peso, a gran parte de la dirigencia política como cómplice necesaria del crimen. Lo anterior no es una mera especulación. Es la introducción más apropiada para El caso Moro (Tusquets, 2011), el libro más importante desde el punto de vista político que escribió Leonardo Sciascia para desmenuzar un momento atroz de la política italiana y establecer las responsabilidades de los distintos actores del drama. "Compromiso Histórico". Aldo Moro (1916-1978) fue uno de los dirigentes políticos más importantes que ha tenido la Democracia Cristiana (DC) en toda su historia. Participó de la Asamblea Constituyente que sentó las bases de la Italia moderna en 1946, apenas terminada la guerra, y fue primer ministro dos veces: entre 1963 y 1968, y de 1974 a 1976. Casualmente, en las elecciones de 1976, el Partido Comunista (PC) alcanzó el pico histórico del 34 por ciento de los votos. (Entonces la DC aglutinaba otro tercio de los votos, y el tercio restante se dividía entre muchos partidos menores pero importantes a la hora de sostener al gobierno desde el parlamento.) Su líder, Enrico Berlinguer, sabía perfectamente que el PC jamás podría gobernar Italia, aun teniendo un fuerte apoyo electoral, por un motivo claro y contundente: el Vaticano queda en Roma. Por lo tanto, formuló un proyecto bautizado "Compromiso Histórico", cuyo objetivo era hacer posible un gobierno formado por la DC, el PC y el socialismo.En marzo de 1978, el "Compromiso Histórico" estaba a punto de hacerse realidad. Había desconfianzas cruzadas, pero todo estaba listo para que Giulio Andreotti se convirtiera en el primer ministro democristiano con el aval de los comunistas. El 16, día que se presentaba el nuevo gobierno, ocurrió el secuestro, a mano de las Brigadas Rojas (BR). Moro jamás llegó al Congreso. El 9 de mayo, con la ayuda de los guerrilleros, la policía encontró su cadáver dentro de un auto, simbólicamente estacionado a mitad de camino entre las sedes del PC y la DC.Leonardo Sciascia, uno de los escritores e intelectuales italianos más importantes en la segunda mitad del siglo 20, profundamente conmovido por todo lo que ocurrió en esos 50 días, apeló a su oficio. Y lo hizo con premura, porque lo que tenía para decir no podía esperar. Con una referencia a un cuento de Jorge Luis Borges, el 24 de agosto de 1978 fechó la conclusión de El caso Moro , que se editó de inmediato.En algún sentido, se sentía compelido a encontrar explicaciones de algo que sus propias ficciones acaso anticiparon. En la Historia de la Democracia Cristiana de Giorgio Galli, publicada pocos meses antes del secuestro de Moro, Sciascia había leído esta idea: desde la década de 1960, la DC atraviesa un proceso degenerativo de la ideología cristiana bajo la cual se fundó; ahora tiene dirigentes que no son creyentes, y que son lo suficientemente hipócritas como para ser practicantes; así, la DC se ha vuelto conservadora y sus referentes se parecen demasiado a los personajes de Todo modo , una novela de Sciascia publicada en 1974. De la ficción a la realidad. Un pintor puede ser definido como un voyeur . Mira todo con ansiedad, con la expectativa de descubrir eso que los demás tratan de ocultar. En Todo modo , el narrador es un pintor con cierta fama que, en su deambular por el interior de Italia, se dirige a contemplar una ermita y descubre que sobre ella se ha construido un hotel bastante feo que es administrado por la Iglesia. Guiado por un capricho que muta en curiosidad tras una conversación con el cura que dirige el lugar, el padre Gaetano, decide permanecer y asistir a los ejercicios espirituales que compartirán durante una semana varios ministros, sus asesores, legisladores, empresarios y banqueros que los apoyan, algunos obispos y hasta un cardenal, todos ellos encumbrados representantes de la grey católica en el gobierno de la cosa pública. Lo primero que descubre el pintor es que nadie está allí por devoción: "Durante la misa no hacían sino hablar al oído de los vecinos, y saludar con guiños y sonrisas a los que estaban lejos. Se sentían como en vacaciones, unas vacaciones que les permitirían reanudar fructíferas relaciones, urdir tramas de poder y de riqueza, invertir alianzas y retribuir traiciones". De hecho, algunos han alojado a sus amantes en otras habitaciones del hotel. El segundo descubrimiento es que el padre Gaetano sabe de ese cinismo y no lo desaprueba; si los sancionara, no participarían de esos retiros, no lo escucharían, y el sector eclesiástico que él representa dejaría de influir sobre el gobierno. Como es lógico, su posición se basa en un relativismo moral que trastoca los valores del bien y del mal: "Los sacerdotes buenos son los malos. La supervivencia, y, más que la supervivencia, el triunfo de la Iglesia a lo largo de los siglos, se debe más a los sacerdotes malos que a los buenos". Esa es, según Gaetano, la idea que Italia –representada en la novela por el pintor–, crea o no en la Iglesia y en la religión, no puede entender.En pleno rezo del rosario, un senador es asesinado de un balazo y el criminal no puede ser otro que uno de sus cofrades. Intervienen la policía y la Justicia, que de inmediato se instalan en el hotel para interrogar a todos los presentes. Y en sus propias narices se cometen nuevos crímenes.Si al historiador de la DC esta ficción le había llamado la atención, cómo no iba a reaccionar su autor cuando Moro fue asesinado. De allí la contundencia con que se cierra la introducción de El caso Moro : "Cuando la verdad, abandonada a la literatura, se hizo patente en la vida cotidiana con toda su trágica crudeza y ya fue imposible ignorarla o disimularla, pareció engendrada por la literatura". Ahora, él debía demostrar que los culpables no eran los novelistas, sino los políticos. El peso de lo real. Apenas iniciado su cautiverio, Moro solicitó a sus captores que le permitieran escribir cartas a distintos actores políticos. Las BR accedieron y, como escribe Sciascia, entregaron, "según estimación de los bien informados, entre 50 y 70 cartas de Moro, no sólo poniendo en juego sus recursos logísticos con gran riesgo y gratuidad, sino hasta tomándose muy en serio la ley del secreto postal y de la inviolabilidad de la correspondencia entre ciudadanos de un país libre", con algunas pequeñas excepciones para que toda Italia estuviera pendiente del juego y presionara en consecuencia: esa primera carta, dirigida al ministro del Interior, Francesco Cossiga, es hecha pública por los brigadistas bajo el estrafalario argumento de que "nada debe ocultarse al público". En realidad, lo que pretenden es que los medios la difundan y que ello sea el principio de un gran debate. El prisionero quiere transmitir al gobierno unas cuantas "observaciones lúcidas y realistas" para ver si es posible "evitar daños mayores". Anuncia que está siendo juzgado y que deberá responder por "nuestra actuación colectiva". Asegura que se encuentra "bajo un dominio pleno e incontrolado" y que corre el riesgo "de ser inducido u obligado a decir cosas que podrían resultar ingratas o peligrosas en determinadas circunstancias". Finalmente, señala que "la idea según la cual el secuestrador no debe sacar provecho del secuestro (…) no vale en caso de secuestro político", por lo que recomienda iniciar negociaciones secretas con la guerrilla, para lo cual la Santa Sede "podría ser útil".Sciascia, como muchos, examina el discurso de Moro buscando lo que supone oculto entrelíneas: si no se negocia un canje de prisioneros, las BR lo matarán, y además podría confesar secretos partidarios o de Estado, etcétera. Sciascia, a diferencia de casi todos, le cree: mientras la inmensa mayoría sostendrá que en sus cartas miente o pide en clave que los destinatarios no crean lo que les dice, Sciascia afirma una y otra vez que, en un acto de máxima inteligencia, Moro les está indicando, a través de pistas que hay que saber leer, una larga serie de cuestiones.Primero, dónde puede estar la "prisión del pueblo" en que lo tienen cautivo: la Santa Sede, una embajada, algún lugar con inmunidad en la propia Roma, porque nada más insólito que pensar que la Iglesia podía mediar con la guerrilla. Segundo, que desea ser encontrado por la Policía –le escribe al ministro del Interior, jefe político de esa fuerza– y que el inicio de negociaciones puede ser una manera de ganar tiempo para el rastreo. Tercero, que de momento discute con sus captores de política en general, pero que si pasan al terreno de lo concreto, aunque él se niegue a colaborar, podrían obligarlo a decir lo que no debe.Y Sciascia cree en Moro porque, como escritor habituado a inventar ficciones, conoce el peso y la capacidad de lo real: "Hacer posibles y lícitas cosas que abstractamente no son posibles ni lícitas". La ineptitud policial. La DC y gran parte del arco político –y por ellos, la prensa– entienden que, en última instancia, el secuestrado no es moralmente responsable de lo que dicen sus cartas, de modo que el Estado no debe adoptar el curso de acción que allí señala –negociar con las BR un intercambio de prisioneros–, sino todo lo contrario. Pero como las cartas se multiplican y en sus nuevas intervenciones Moro responde a las declaraciones que hacen los voceros del gobierno y del partido, tal vez en una acción desesperada, la DC da a conocer un documento firmado por "viejos amigos" que aseguran que quien escribe "no es el hombre que conocemos".Sciascia no sólo los critica por renegar del amigo, sino que los refuta: Moro es perfectamente consciente y por lo tanto responsable de sus cartas, que, además, están tan bien escritas que hasta comunican una división interna de la guerrilla. Una fractura leve, apenas perceptible, pero que se puede corroborar en el cambio de actitud del Partido Socialista, que de golpe le propone a la DC iniciar negociaciones.Encerrado en una posición intransigente, el partido de Moro se niega a aceptar la posibilidad. Por eso, en una de sus últimas cartas, acusará a la DC por no tener "el valor civil de abrir un debate sobre la cuestión planteada", única alternativa, por cierto, para evitar su muerte.En las elecciones de 1979, Sciascia fue electo diputado por el Partido Radical e integró la comisión parlamentaria que investigó el asesinato de Moro. El informe final, presentado por él, destaca la ineptitud de la policía, cuya acción tuvo por objetivo "impresionar a la opinión pública por cantidad y aparatosidad de operaciones, sin que a nadie preocupara la calidad". Un ejemplo: en la tarde del día del secuestro, y a poca distancia de donde fue sorprendido Moro, apareció el auto principal del operativo; y en los dos días siguientes, en la misma calle, aparecieron los otros dos autos utilizados. Eso, según los diputados, quiere decir que "los terroristas se movían por el barrio" y que "está claro que sabían lo que hacían y que nada les pasaría". Otro: a dos días del secuestro, al allanar un edificio, la policía no hizo nada para ingresar a un departamento cuyos ocupantes no se encontraban porque los vecinos declararon que eran buena gente; un mes más tarde, por una sorpresiva pérdida de agua, se descubrió que era el escondite de Mario Moretti, máximo líder de las BR. ¿Es factible que semejante ineptitud fuera un síntoma de complicidad? Al jefe político de esa policía, Aldo Moro había dirigido su primera carta.