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Del cielo al infierno

Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Siglo XXI, 2012, nueva edición ampliada). De Claudia Gilman. Rogelio Demarchi.

15 de julio de 2012 a las 12:03 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Del cielo al infierno

Hace exactamente 50 años, al calor de la Revolución Cubana, comenzaba el famoso boom de la narrativa latinoamericana y los autores de su primera e indiscutida línea –Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez– se convertían en intelectuales, palabra que designaba a sujetos críticos de sus respectivas realidades sociales que adherían, en consecuencia, al imaginario político y cultural de la izquierda, donde Cuba y su revolución ocupaban un lugar central, de modo que eran vistos como agentes activos de la transformación social en ciernes.

Sin embargo, como lo demuestra Claudia Gilman en Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina (Siglo XXI, 2012, nueva edición ampliada), las cosas cambiaron muy rápida y dramáticamente, hasta el punto que la Revolución Cubana abrazó en 1968 un antiintelectualismo furioso. Allí comenzaron las fracturas y los distanciamientos al interior de la red de intelectuales que se había constituido al amparo de La Habana.

Gilman define a los '60 y los '70 como una "época", ya que, "en términos de una historia de las ideas, una época se define como un campo de lo que es públicamente decible y aceptable –y goza de la más amplia legitimidad y escucha– en cierto momento de la historia". Esa época se caracteriza por "la valorización de la política y la expectativa revolucionaria".

Si en un primer momento el intelectual fue visto como “uno de los principales agentes de la transformación radical de la sociedad”, en unos pocos años la categoría “intelectual comprometido” se asoció a la burguesa noción de “reformismo”, y al concepto de “revolución” se lo enlazó con el de “intelectual revolucionario”. Así surgió el interrogante de “si no había llegado la hora de abandonar la máquina de escribir y empuñar el fusil”.

En el centro de ese sorpresivo cambio de rumbo, Gilman detecta que una parte importante de los intelectuales que el boom y la revolución habían promocionado y transformado en figuras públicas cometió el “pecado” de criticar el proceso cubano y de pedir las, para ellos, lógicas correcciones. La contundente respuesta fue la construcción de un discurso que desvalorizaba al intelectual y lo subordinaba a la dirigencia política: el antiintelectualismo le niega al intelectual la posibilidad de que se erija en la conciencia crítica de la sociedad, y reserva esa denominación (ahora, intelectual revolucionario) para quien admite la superioridad de la dirigencia política por sobre lo que él pueda pensar.

Desde entonces y hasta nuestros días, cuando un proceso político se radicaliza, hace dos cosas: primero, busca quitarles libertad a los mismos intelectuales a los que hasta ayer promovía; segundo, se cree el único agente social con derecho a criticar a todos los demás actores, que deben saber escuchar en silencio y admitir con grandes gestos las equivocaciones que se les señalan. Lógicamente, ambos errores ponen en marcha su declinación: cualquier proyecto que no es retroalimentado con nuevas ideas, a través de la crítica y el debate, se seca; pasa del cielo al infierno.