Una mamá binacional que forjó familia en Córdoba
“Francis” nació en Paraguay, pero vive en Córdoba desde hace 34 años. Tiene hijas paraguayas e hijos argentinos. Dice que la mejor herencia es prepararlos para el futuro. Más información en el blog Voces.
El taller de alta costura de María Francisca Martínez (58), "Francis", en barrio General Bustos, es acogedor y luminoso. Allí hace moldes, corta vestidos de fiesta, los deriva a las modistas y, luego, les da el toque final. "No soy diseñadora, soy creadora de moda", se define ella, paraguaya, oriunda de Benjamín Aceval, una ciudad a 45 kilómetros de Asunción, la capital de Paraguay. Con sólo mirar a las clientas, conversar e intuir su personalidad, "Francis" sugiere prendas, diseños o modelos exclusivos. También da cursos personalizados de alta costura.Hace 34 años que María Francisca vive en Córdoba, una ciudad a la que llegó con su esposo y dos hijas, Edith y Liz María, de 2 y 4 años. Luego tendría otros cinco hijos, dos fallecidos por una enfermedad genética (insuficiencia en la isoleucina) antes de cumplir 1 año. Luis (33), José Daniel (30) e Iris (21), junto con Edith (36), viven en la provincia de Córdoba, y Liz María (37), en Alemania. Las tres hijas mujeres son paraguayas y los dos varones, argentinos. También está Isabel, su hija del corazón, fruto del primer matrimonio de su marido. En Córdoba se dedicó a trabajar en lo que le gustaba y a criar a sus hijos. Hoy, en el Día de la Madre, se siente dichosa de los hombres y mujeres en que se convirtieron aquellos niños. "La mejor herencia que uno puede dejar a sus hijos es que estén preparados para el futuro, para que puedan vivir buenos momentos", piensa la mujer. Una luchadora "¿Cómo es mi mamá? Es divina, le gusta charlar, es trabajadora, un poco terca porque tiene que cuidar más su salud. Es muy activa, muy coqueta y protectora… Aunque ahora les presta mucha atención a sus nietos", cuenta Iris, que se recibió de azafata y estudió idiomas. Edith, la segunda de sus hijas, con su bebé Mía en los brazos, se emociona: "Es única, es luchadora, es mamá y papá, porque afrontó todo desde que murió mi papá. Es la mejor abuela del mundo…", enumera. Edith cuenta que desde muy pequeña se dedicó al deporte y que su madre la ayudaba con la dieta, las comidas y el cuidado del cuerpo. "Lo valoro un montón", dice Edith, integrante del seleccionado cordobés de boxeo femenino e instructora de musculación y aeróbica en el gimnasio del Dino. Un destino inesperado "Francis" y su marido Luis, quien falleció hace 13 años, llegaron a Córdoba sin conocer la ciudad y después de haber permutado una propiedad en Paraguay por otra en Colinas de Vélez Sársfield. El trato fue a la distancia, sin referencias del lugar pero confiando en la palabra de un sobrino. En esa época, cuenta "Francis", muchos paraguayos venían a estudiar Medicina a la Universidad Nacional de Córdoba. Algunas familias compraban casa para evitar el pago de un alquiler y en ella convivían varios estudiantes. Cuando regresaban a Paraguay, la vendían."Un sobrino de mi marido, que se recibió de médico y se casó con una cordobesa, se fue para allá. Nosotros teníamos una propiedad alquilada y, en una conversación, le preguntó a mi marido si no quería cambiar esa casa por una en Córdoba. ¡No sabíamos nada de Córdoba!", dice. Hicieron negocio."Mi marido aceptó. Cuando fuimos a la escribanía, me dijeron: 'tu marido está loco, ¿cómo vas a permitir que compre una propiedad sin verla?'. Yo dije que era su decisión y que Córdoba era linda", se ríe. "Francis" se había casado con Luis, a los 18 años. El era varios años mayor que ella y viudo.Pasó un tiempo hasta que la familia decidió emigrar. Parientes y amigos le contaban sobre las bellezas de Córdoba y las bondades de su gente."Un día mi marido me dice: '¿qué vamos a hacer con la casa de Córdoba? La volvamos a vender'. Y yo le dije: 'No, quiero ver cómo es. Me han dicho que Córdoba es muy linda'", relata.Cruzaron la frontera y se enamoraron de la ciudad. En Paraguay, "Francis" tenía un taller de costura y Luis, que había sido militar en la época de Alfredo Stroessner, se había alejado de la milicia por diferencias con camaradas."Mi marido era militar, era una época difícil, tuvo que renunciar y pusimos el taller. Lo que nos impulsó a venir no fue eso, sino la compraventa de la casa", cuenta ella.Con la decisión tomada, embalaron las máquinas y todo el equipo de trabajo. "Vinimos con pequeñas cosas y mucha ilusión", refiere. Crear, coser y enseñar Pusieron el taller de costura en Colinas de Vélez Sársfield y les fue muy bien. Pronto hicieron amistades y contactos. "Francis" recuerda a una peluquera italiana que los ayudó en los primeros tiempos y a su primera clienta: Elsa Corbella. "Al principio nos costó el clima. En Paraguay hace mucho calor y aquí sufrimos el frío. Pero la gente era muy cálida", señala."Francis" aprendió las primeras puntadas a los 13 años, cuando comenzó a asistir a las fiestas escolares. "No quería ir siempre con la misma ropa, así que con un grupo de amistades pensamos en aprender a coser", cuenta.Así empezó un curso de tres años. Asistía a un colegio religioso desde la 1 hasta las 5 de la tarde, y de 5 a 8, aprendía corte y confección.Hoy, su taller cuenta con tres máquinas de coser diferentes. Una para telas delicadas y otra, computarizada para realizar los ruedos. Allí también recibe a sus alumnas, de todos los sectores sociales y económicos. Hay chicas jóvenes y señoras mayores, gente que desconoce el oficio y otra que, aunque no necesitaría, sigue concurriendo."Viene una chica de 14 años del Cerro de las Rosas que quiere aprender diseño", explica. "Tengo una doctora de 70 años. Muchas tienen sus propios emprendimientos", agrega. Otras estudiantes traen diseños de México o de París para elaborarlos luego en el taller.Su primera alumna fue una chica de Saldán que estudiaba con un diseñador "famoso".Cuando se presentó acordaron que trabajarían juntas mientras ella aprendía. Luego se hizo la cadena, y una alumna llamó a más. "Me gusta enseñar. Estoy feliz de estar aquí", asegura.
El taller
El taller de “Francis” tiene tres máquinas de coser diferentes. Una para telas delicadas y otra, computarizada para realizar los ruedos. Allí también recibe a sus alumnas, de todos los sectores.

