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Un imperio en decadencia

Un análisis sobre la realidad de un sistema educativo que, según las pruebas internacionales, ubica a nuestros alumnos con mejor rendimiento a la altura (o aun más abajo) de los estudiantes de menor rendimiento de 30 países del mundo.

07 de diciembre de 2017 a las 12:00 a. m.
Un imperio en decadencia

Guillermo Jaim Etcheverry ha repetido una y mil veces que los argentinos percibimos, desde hace tiempo, que nos atraviesa una severa crisis educativa. Pero, dice, creemos que es un problema de los otros, que no nos toca a nosotros ni a nuestros hijos.

En otras palabras, Etcheverry, doctor en Medicina, investigador y exrector de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), apunta que declamamos soluciones a una situación que miramos desde afuera, como ajenos.

La apreciación es bastante desesperanzadora, igual que el diagnóstico que nos ubica en las antípodas de la excelencia educativa. Lo es más aún si pensamos que los estudiantes secundarios de hoy serán los gobernantes del mañana.

Etcheverry insistió en este punto también, hace unos años, frente a un grupo de empresarios.

“No alimenten el sueño de una elite muy bien educada que nos va a sacar adelante”, ironizó, y dio detalles de la educación argentina, sobreviviendo en las zonas más oscuras del planeta.

Hace por lo menos dos décadas que asistimos a las funciones de un imperio en decadencia. Un sistema educativo que, según las pruebas internacionales, ubica a nuestros alumnos con mejor rendimiento a la altura (o aun más abajo) de los estudiantes de menor rendimiento –que viven en la pobreza o asisten a las peores escuelas– de 30 países del mundo.

Los hijos de la elite intelectual argentina tienen un desempeño menor que el de los chicos más desfavorecidos de otros lugares.

Los docentes particulares entrevistados por La Voz, que colaboran en paralelo con la escuela y con los adolescentes que hoy intentan terminar el secundario (con poco estudio y muchas dificultades), advierten sobre lo que marcan las estadísticas con la evidencia de su trabajo diario.

Enumeran y ponen su atención en la decadencia de la calidad de la enseñanza, en el facilismo, en la obsolescencia de un sistema que no se anima a cambiar.

Hablan de chicos que buscan aprobar o, mejor, zafar porque no le encuentran sentido a lo que hacen o ven con angustia un futuro laboral en el que no saben si serán bienvenidos.

Hablan de padres ausentes, ocupados, distraídos, solos.

Hablan de docentes cansados, aburridos, hastiados y, también, solos. Todos solos.

Entonces, queda claro que los resultados educativos no son una “sorpresa”, sino la consecuencia lógica de un estado de cosas.

Como dijo Zygmunt Bauman –el reconocido sociólogo polaco que difundió la idea de la “modernidad líquida”– en una de sus últimas entrevistas antes de morir, el dilema de las sociedades contemporáneas es que somos más libres que nunca antes, pero también más impotentes que en ningún otro momento.

“Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar”, dijo. Algo así nos está pasando.