Un círculo difícil de romper
Como tienen de antemano casi todas las puertas laborales cerradas, el lugar de reconocimiento social se logra cuando tienen un hijo y un hogar a su cuidado.
Las mujeres conforman –junto con los jóvenes– uno de los grupos más vulnerables del país. Sobre todo las que tienen baja educación, que son cada vez más en la Argentina del mundo globalizado y la década ganada.
Como tienen baja educación, las chances de conseguir un empleo formal y más o menos bien pago es casi inexistente. Como tienen de antemano casi todas las puertas laborales cerradas, el lugar de reconocimiento social se logra cuando tienen un hijo y un hogar a su cuidado.
El niño se convierte entonces en la razón excluyente de existir. Pasarán a depender de otro, por lo general de un hombre; o del Estado, que da, quita o ajusta según los ciclos fiscales y las urgencias políticas. La dependencia económica enhebra después todo lo que sigue.
Pero la lectura sería mezquina si no reconociéramos que el problema es de todos. De quien paga poco y no tolera los pormenores lógicos que sobrelleva quien cría niños. Del Estado, que todavía adeuda la creación de guarderías de excelencia a precios accesibles, también para sectores medios. De la escuela, que en las zonas vulnerables debiera ser sagrada. Y de todos, porque falta mucho todavía para aplicar en serio responsabilidades compartidas en el cuidado de niños y del hogar.
Las mujeres siguen aportando enormes cantidades de trabajo no remunerado, justo cuando vuelven de trabajar. O no salen, pero trabajan sin paga.

