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Gente picante. Suna Rocha: “Las cantoras somos testimonio, tenemos qué decir”

Suna Rocha, cantora folclórica, nacida en las Arrias, un pequeño poblado del departamento Tulumba. Ha realizado numerosas giras por Argentina y el exterior y cantó con los más grandes de la música popular. “He conocido la real felicidad de grande”, dijo.

13 de julio de 2025, 08:00

Susana Rocha Castro nació en Las Arrias, departamento Tulumba, en una fecha que prefiere no decir. Tiene una hija. Vivió 46 años en Buenos Aires y hace siete volvió al norte cordobés.

Gente picante: Suna Rocha

- Suna en turco es cisne, en Japón es arena…¿De dónde sale Suna?

-Tiene que ver con los hermanos más chicos. Una hermana mía más chica me decía Suna en lugar de por decirme Susana. Decía, “Suna, Suna” y me quedó.

- ¿Y sos Susana Rocha?

- Susana Castro Rocha.

- ¿Lo limpiaste al Castro?

- Limpié al Castro. Con el enojo de mi padre, por cierto, porque mis padres son casados, yo soy en realidad Castro y me puse Rocha porque suena más suave y auditivamente mejor Rocha que Castro. Es muy duro Castro.

- Viniste de las Arrias a estudiar comunicación social.

- Vine de las Arrias porque mi padre era jefe de la estación de las Arrias y nosotros queríamos venirnos a la ciudad porque queríamos estudiar. De hecho, hemos estudiado varios. Somos seis y él pidió el traslado y nosotros pudimos venir acá para para estudiar. De hecho, estudié, somos colegas, pero me ganó el tema del canto y la música.

- ¿Qué vino primero: la música? ¿Cuando empezaste comunicación ya cantabas?

- Sí, cantaba en los café concert, con una guitarra, no sé lo que hacía en realidad. Cantaba canciones portuguesas y después con el tiempo descubrí que mi madre desciende de portugueses. Pues Rocha es portugués y lo pude comprobar con un estudio que hicieron aquí en La Voz del Interior sobre el tema del ADN. Llamaron a mucha gente de la cultura, entre ellos a mí, y ahí comprobé que Rocha viene desde muy arriba, por eso mi pelo crespo a veces, y esa actitud criolla que me caracteriza en mis gestos, en mi cara, en mis facciones. Así que desciendo de allá.

Con Atahualpa Yupanqui. Ella asegura que no se enamoró.
Con Atahualpa Yupanqui. Ella asegura que no se enamoró. (aa)

- ¿En qué momento descubriste que cantabas bien, que te gustaba cantar?

-Es que yo no descubrí que cantaba bien. Empecé a cantar a los 4 años: mi papá me ponía arriba de una mesa y yo cantaba. Venía gente a verme cantar y cantaba. En el colegio, por ejemplo, para los días patrios, 9 de julio, 25 de mayo, yo siempre tenía una participación. Más adelante, ya cuando íbamos a quinto grado, hacíamos obras de teatro. Fíjate vos las maestras… fueron formadoras increíbles. Mis padres se dieron cuenta de que yo tenía una actitud histriónica y podía tener un futuro en eso, pero bueno, nunca me apoyaron ni me llevaron a una academia para que yo estudie. Me fui haciendo solita y después estudié, nivel terciario, periodismo acá en Córdoba, pero yo sabía que mi destino era la música.

- Y partiste a Buenos Aires.

- Me fui porque era en la época del proceso militar y fui detenida al igual que casi todos en averiguación de antecedentes y no la pasé bien. Estuvimos en el campo de la Rivera más o menos un mes. Éramos muchos los detenidos y no iban nunca allá a tomarnos declaración.

- ¿Y por qué crees que te marcaron? ¿Por los cantos, por la música?

- No, no, para nada. Yo no militaba en nada. Es decir, yo creo que fue una detención un poco obligada: a todos había que detener para averiguar y una vez averiguado, nos soltaron. Creo que tuve suerte porque fui de las primeras detenciones este con la Gendarmería Nacional.

- ¿Habías alcanzado terminar comunicación?

- No. No terminé. Me fui a Brasil un año. Estuve allá trabajando en una revista que se llamaba Ediciones de Contabilidad Moderna que era para contadores y me sirvió para para aprender el idioma, para escuchar esa hermosa música que yo hacía aquí. Fue una experiencia, pero verdaderamente me fui por miedo.

Con Mercedes Sosa y Raúl Carnota cantando El grito Santiagueño.
Con Mercedes Sosa y Raúl Carnota cantando El grito Santiagueño. (aa)

- ¿Y después?

- Volví a Buenos Aires. Tenía una hermana allá, y ya me quedé. Y conocí a Raúl Carnota.

- ¿Fue el amor de tu vida?

- Fue el padre de mi hija. El amor de mi vida es el que tengo ahora.

- ¿Y cuánto estuvieron juntos?

- Duró 5 años. Cantamos juntos, aparecimos juntos. Raúl me ayudó mucho. Yo estaba en una ciudad que yo no conocía y me di cuenta de que era un músico distinto, diferente. Juntos empezamos a cantar, una noche fuimos a un lugar que se llamaba La Peluquería, que de día funcionaba como peluquería -estaba el sillón enorme- y de noche funcionaba como un café concert. Iban todos. Ahí conocía al Cuchi hasta que un día fue Mercedes con Menotti, mira qué mezcla. A Menotti lo conocían hasta los bebés. Domingo Cura nos dijo que iba a ir Mercedes a vernos. Y nos vio cantar, estaba con (Oscar) Matus, el papá de Fabián. Y a Raúl le dijo que llevara la guitarra, que ella estaba grabando Como un pájaro libre. Y ahí se grabó El grito santiagueño. Fue tan emocionante… nunca nosotros habíamos visto, salvo en lugares pequeños que actuábamos, un río de gente que con el aplauso que nos decía “No los conocemos, pero los aceptamos”. Nosotros lo vimos a eso como un aplauso consagratorio. Nos invitó por una noche y nos terminó invitando las cuatro presentaciones.

- Además es una zamba hermosísima.

- Sí, que habla de la vidala santiagueña. Dice Grito santiagueño porque la vidala es lo último que cantan los santiagueños, ya al amanecer. Dice que el sol los encuentra cantando. Es un poco el equivalente al blues: la vida, ese grito de adentro, de tripa, ese grito donde el hombre saca de adentro todas sus penas, sus alegrías. Así como el jazz en la época de los esclavos que tenían que trabajar y agarraban un palito o lo que sea para hacer compás y cantar sus coplas, la vidala le canta a la soledad, al monte, al destino del hombre en un lugar alejado, en fin.

- Pedro Aznar ha dicho de vos que sos como la mujer paisaje. Mucho color, mucha vincha. ¿Cómo vino ese look tan especial?

- La vestimenta fue una idea que yo tuve desde un principio. Tengo unos cuadernos, que todavía guardo, donde hacía unos modelos de cómo me quería vestir. Y tomé esas telas de la quebrada de Humahuaca, que ahora son muy comunes, pero antes se conocían en Jujuy, pero no en otros lugares. Tomaba los picotes, los barracanes, los aguayos y me ponía a dibujar lo que quería y cómo me lo iba a poner, cómo me iba a hacer los aros, cómo me iba a peinar. Yo ya tenía muy claro lo que quería hacer antes de presentarme como profesional.

Suna Rocha con Raúl Carnota y Jaciento Piedra.
Suna Rocha con Raúl Carnota y Jaciento Piedra. (aa)

- Y fue como tu símbolo, tu sello.

- Sí, fue como un sello que para mí, ya me acostumbré. Siempre ando con algo que me identifique. Es como si estuviese desnuda si no llevo alguna cosa que me identifique, ¿no? Y un día estaba en el programa de Mirtha Legrand y un camarógrafo me dice, “Señora, acá el asistente me dio este papelito para usted”. Me lo da, veo un teléfono y un nombre: Mari. La llamo, le sigo soy Suna Rocha, usted quería hablar conmigo". Y me dice “Soy Mari Tapia”. Claro, yo había visto a Mari Tapia en las revistas de moda, vistiendo a personalidades, Marilyn Monroe, Benedetto, Nacha Guevara. Y me dice “Yo te quiero vestir”. ¿Te imaginás para mí lo que fue? Primero que ella tenía más o menos la onda de lo que yo quería ponerme. Y segundo, que era una tucumana infernal, una cocó chanel, actriz, muy amiga de Pino Solanas. Por ella conocí un montón de gente y me vistió por muchos años.

- ¿Cuántos años viviste en Buenos Aires?

- 46, 47 años.

- ¿Y por qué te fuiste?

- Porque fue una idea mía desde siempre. Siempre en la vida me propuse cosas y hubo cosas en las que estuve muy segura. Y yo no quería venir a Tulumba con un bastón. Yo quería venir ágil para saltar una piedra, para andar, para trabajar, para hacer mis cosas, mi huerta. Y me dije acá no me voy a morir, en este pago suntuoso que es Buenos Aires. No. Entonces un buen día me hice una casa en Tulumba, una casa sencilla, simple, cómoda, con un buen asador. Después llegó Pablo, hicimos un horno para hacer pan casero y bueno, me fui a vivir a Tulumba.

De colores y con grandes accesorios, una marca distintiva para Suna Rocha.
De colores y con grandes accesorios, una marca distintiva para Suna Rocha. (aa)

- Hiciste tu lugar en el mundo. ¿Hace cuánto que estás ahí?

- Más o menos 7 años. Me enamoré de ese pueblo que está como detenido en el tiempo. Y me quedé ahí. Primero fui por una semana, cuando ya la casa estaba terminada. Después fui por 15 días, después fui por 20 y después fui por tres meses y ya me fui acostumbrando.

- ¿Y cómo cambió el monte de aquel monte que vos conociste?

- Antes no había quemazonas. Antes no se quemaban los campos. Lo digo yo que vivía en un lugar como Las Arrias, que era un pueblito muy pequeño. Había montes con animales salvajes y te lo digo sinceramente, nunca yo vi un monte que se queme. ¿Cómo es que hasta altura de la tournée se queman los montes?

- ¿Y por qué crees?

- Que lo hacen a propósito, que hay intereses creados y otros asuntos de los cuales no voy a hablar aquí, pero creo que nada es porque sí, lamentablemente.

- Estás muy bien físicamente, muy animada, con muchos proyectos. ¿Cómo llegaste a este punto, tan dichosa?

- Lo que te puedo decir es lo siguiente, siempre que hemos viajado en combis, en autos, en aviones, en micros, los músicos míos siempre duermen. Les digo, querido, ¿dónde están tus 25 años, tus 30? Mírame a mí, escúchame. En la combi, siempre me sentaba delante a cebarle mate al conductor para que no se duerma. Los chicos subían y decían “¿quién va con la radio?”. Era yo. Yo estaba claro muy despierta, siempre parecía más joven en ese sentido que ellos, porque ellos llegan a un asiento, una poltrona, se acomodan y se duermen. ¡Yo no!

Suna Rocha en la actualidad. Dice ser feliz por haber encontrado el amor en la plenitud de la vida.
Suna Rocha en la actualidad. Dice ser feliz por haber encontrado el amor en la plenitud de la vida. (aa)

- Cantaste con Jaime Torres, con Milton, Nacimiento, Sixto Palavecino, el Chango Spasiuk, con muchos otros.

- Sí. Esa ida a Brasil para cantar con Milton fue increíble. Fue increíble. Mercedes estaba contratada para ir a esa actuación en Lagoas, Lagunas, pero no podía ir. Y van las productoras, no sé a qué, a Canal 7, no me acuerdo. Y yo estaba ahí cantando. Y ellas pasan y escuchan una voz, se quedan ahí en el estudio mirando y dijeron “vamos a llevarla a esta mujer”. Así que ahí hablaron conmigo y bueno, así fue como fui y compartí con Milton, una maravilla.

- ¿Algún gusto que no te hayas podido dar? ¿Alguien con quien te hubiera gustado cantar?

- Bueno, ya canté con Mercedes, que para mí es el Sumun. Pero me hubiese gustado cantar con Nelly Omar, hacer un dúo con ella. Alguien me dijo un día que tenía un poquito el color de la voz de Nelly Omar, y Nelly ya no quería grabar. Así que me quedé sin hacerlo. Soy tímida, aunque te parezca mentira. Yo hubiese hecho otras cosas, otras cosas, pero me da cosita ir y pedir “¿podés venir a cantar conmigo?”. Tengo mucha timidez con eso, de comprometer a la gente.

- Te animaste a incluir otros géneros, como Corazón delator de Soda.

- Sí, pero lo traje a mi terreno. Le puse quenas, las quenas maravillosas de Víctor Carrión y quedó re lindo. Yo a Gustavo lo conocí en Gritos en el cielo, con Leda Valladares. Y a su mamá, que también la conozco, le prometí una canción. Ella me decía, “Suna, ¿cuándo me vas a cantar una canción?”. Y yo me acuerdo que le decía, sí, te voy a cantar, pero medio por cumplir. Y pensaba “¿qué voy a cantar yo una canción de rock”. Y con el tiempo canté.

Cosquín 1988, cuando ganó como Consagración gracias a su actuación de Telésfora Castillo. En la foto está junto a Don Sixto Palavecino y Juan Carlos Gramajo de La Chacarerata Santiagueña.
Cosquín 1988, cuando ganó como Consagración gracias a su actuación de Telésfora Castillo. En la foto está junto a Don Sixto Palavecino y Juan Carlos Gramajo de La Chacarerata Santiagueña. (aa)

- Siempre decís que no sos cantante sino que sos cantora. ¿Por qué?

- La cantora tiene por qué. Y la cantante tiene con qué. Una cantante como María Calas tiene con qué. En cambio, en el caso de las cantoras, son de alguna manera un testimonio. Uno es el resultado cultural de una región donde ha nacido y generalmente se le canta a las cosas que uno ha vivido. En este caso, el paisaje. Qué cosa más bella que cantarle a los personajes, ¿por qué? Porque son la verdad. Existen, son de carne y hueso. Aquellos que vos podés tocar, que podés abrazar, que podés besar. Por ejemplo, la Eulogia Tapia. Y eso tiene de hermoso la canción popular, porque es la verdad. Son, existen, están. Algunos cantan, otros no, hacen esos trabajos rurales que son muy rudos algunos de ellos. Algunos de ellos fueron mineros, por ejemplo, la Palliri. La Palliri es aquella mujer que va a la mina de hierro y recoge los pedazos de hierro que puede haber en la boca de la mina. La mujer no puede entrar a la mina. Ni las mujeres ni los curas pueden entrar. Recogen esos trozos de hierro y los ponen en esos manchones negros que suelen tener las ollas de barro, que las hace más bonitas y también más fuertes. Yo he cantado La Palliri, y colgué esos discos en las redes para que los escuchen las nuevas generaciones.

- Fuiste muy amiga de Atahualpa Yupanqui. ¿Cómo nació esa amistad? 

- Yo lo conocí cuando era muy pequeña. Me acuerdo de ese hombre con sombrero aludo, que iba a caballo ahí en Cerro Colorado. Me dijeron que era Atahualpa Yupanqui.

- Estabas con tu familia. 

- Sí, con mi familia porque era el único lugar con agua en el norte. Íbamos para Año Nuevo siempre a los ríos de Cerro Colorado. De jóvenes, mis padres también iban allí. Antes los ríos eran mucho más caudalosos que en la actualidad. Él era amigo de unos tíos míos de San José de la Dormida, familia Romero, que tenían unos negocios de ramos generales y Atahualpa iba a comprar allí lazos, alpargatas, bombachas de gaucho. Y mi tío Pibe me hablaba de Atahualpa, yo tenía entonces gran admiración por é. Y un día estaba por actuar en Cosquín, ya era Suna Rocha, cantaba a nivel profesional y me entero por la radio que estaba en el sanatorio Allende. Entonces fui y en el ascensor me lo encuentro al Coyita Roberto, su hijo y me dice, “¿usted es Suna?” Me di cuenta de que era el hijo de Atahualpa y le dije “vengo a visitar a su papá”. Fuimos y Atahualpa le dice que pase.

- ¿Qué edad habrá tenido Atahualpa?

- Y no sé, 70 largos. Paso a la habitación, lo veo un ratito, le digo “mire que nos hace falta, póngase bien, así va a cantar a Cosquín que tiene su nombre, el escenario”, etcétera. Me atendió muy simpáticamente, cosa que no era muy habitual en él. Era serio el hombre. Y entonces le dice al Coyita que me dé el teléfono para que lo llame. Y pasaba un día, pasaba dos, pasaba tres y no me animaba a llamar. Un día le llamo y me atendió él. Y ahí me invitó a la tarde a tomar el té. Fui, llevé unas medialunas. Me explica cómo comía él las medialunas: un chiquitín en la en la tostadora, apenas calentitas. “¿Quiere que yo las haga?”, le dije, porque noté que estaba medio todavía convaleciente de su enfermedad. Así que tomamos el té. Ya estaba solito, había partido Nenette, su esposa. Charlamos un poco del pago, de la copla que a mí me gusta mucho… nos decíamos coplas. Nuestras coplas tienen una ascendencia del romancero español. A él le encantó una mía, la canté en una canción, es una copla popular, en un tema de Ramón Navarro casualmente, La Challa del Corcelito. Y dice: “Mi sombrero me ha cobrado la sombra que me ha servido y yo le he de hacer cargo del sudor que me ha bebido”. Esa copla le gustó muchísimo.

- ¿Fue una amistad platónica, un amor platónico? ¿Se enamoraron?

- No, no, no, no, no. Te tengo que decir que yo no. No soy la Kodama yupanquiana.

- ¿Cuántos años tenías?

- No sé, era mucho más joven que ahora, por supuesto, no sé. Pero yo, no.

- ¿Y él sí?

- No puedo contar ciertas cosas en los medios porque la verdad le faltaría el respeto a Atahualpa. Verdaderamente yo sentía por él un una gran admiración. En el ambiente folklórico sí se creía eso. Me acuerdo que una vez me hicieron un reportaje en una revista que se llamaba Radiolandia, y fueron a casa a hacerme una nota; recién moría Yupanqui y yo aparezco toda llena de lágrimas y el título decía “La última compañera de Yupanqui”. Un título tendencioso porque nada que ver. Yo era amiga de él, lo admiraba profundamente, pero nada más. Me acuerdo que la última vez lo acompañé a Ezeiza y me preguntó por la fecha de mi cumpleaños. Le respondo, y me dice que para esa fecha ya iba a estar. “Vamos a ir al Cerro Colorado y te voy a hacer arroz con leche y canela, que es como se debe comer”, me dijo. “Bueno, Tata”, le dije. Y no vino más. Vino en un cajón.

- ¿Sos feliz? 

- Sí, a Dios gracias. He conocido la real felicidad ya de grande, ya como una señora grande.

- ¿Cuántos años tenés? ¿O no se cuentan? 

- No. No se cuentan. Esta señora de edad indescifrable dijeron de mí en una nota de Clarín.

- Encontraste entonces la felicidad. 

- Totalmente. En el remanso de la vida. A mí me encanta la gente con sentido del humor. Por eso soy amiga de Juan, por eso soy amiga de Eduardo, por eso soy la compañera de Pablo, porque me hacen reír mucho. Verdaderamente el humor me parece muy importante, máxime en estas épocas. Tener una persona al lado que te haga reír es impagable.