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El síndrome posvacacional dificulta la vuelta al trabajo

Muchos síntomas son parecidos a los de la depresión. Van desde el insomnio y la ansiedad hasta dolores de cabeza y de estómago.

06 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
El síndrome posvacacional dificulta la vuelta al trabajo

"Mañana es mi día de máximo nivel de depresión, porque a partir del instante en que salgo de la empresa, comienzan a terminarse las vacaciones", dice Adolfo –un poco en serio, un poco en broma– en los últimos minutos de su última jornada laboral antes de un merecido mes de descanso. "Cuando vuelvo de las vacaciones vivo otro pico de depresión, porque falta todo un año para que se repitan. Pero la sensación comienza a diluirse, de a poco, desde el primer día de trabajo del año; desde ese momento comienza de nuevo la cuenta regresiva", remata este trabajador.Más allá de la ironía de Adolfo, lo cierto es que las vacaciones, tan idealizadas y esperadas, pueden traer a su finalización el denominado "síndrome posvacacional", un período que dura apenas unos días –que no es un estado depresivo, como lo llama Adolfo– hasta que el trabajador o el estudiante se ponga en sintonía con la rutina."El síndrome posvacacional ocurre porque hay un desfasaje entre lo que es el trabajo y las vacaciones; los tiempos, horarios y exigencias son muy diferentes", asegura Aris Yofisides, psicólogo y secretario Científico del Colegio de Psicólogos de Córdoba. Síntomas. Algunos de los síntomas que pueden manifestarse son dolores de cabeza, dolores estomacales, insomnio, irritabilidad, falta de concentración, melancolía y ansiedad, entre otros. "Hay estudios que muestran que algunos de los síntomas son parecidos a los de la depresión, pero la diferencia es que en el síndrome posvacacional desaparecen a los dos o tres días", comenta el profesional. Sólo si el malestar persiste varios días, hay que preocuparse."Depende mucho de cómo está cada uno en el trabajo. En trabajos con muchas exigencias, el contraste es mucho mayor. Si se acepta lo bueno que hay en el trabajo, algo que es muy subjetivo, la vuelta no va a pesar tanto", recomienda el psicólogo. Y añade: "La adaptación es más fácil cuando a la persona le gusta el trabajo. Para quien lo aborrece, lógicamente, es mucho más duro. En especial cuando no hay ninguna expectativa".En Argentina, no hay cifras precisas pero no hace falta una investigación a fondo para saber que no son pocos los trabajadores y estudiantes que la padecen. En España, algunos estudios indican que el 14 por ciento de la población atraviesa el malestar; otros son mucho más contundentes y calculan que más de la mitad de los españoles lo hacen.Además, si bien las vacaciones son un horizonte de felicidad durante el año laboral, sobredimensionar su importancia puede traer consecuencias negativas al regreso. "Es un error estar pensando ya en las vacaciones del año que viene. Hay que descansar para seguir pero no para vivir de vacaciones", recomendó Yofisides. Otro enfoque. Tal vez, el síndrome no es una incapacidad transitoria del trabajador. Tal vez, hay que trasladar la mirada, buscar el origen del problema ya no en los descentrados a los que les cuesta adaptarse al trabajo o al estudio, sino en las aterradoras condiciones laborales que vive gran parte de los asalariados. José, un vecino de Villa Cabrera está convencido de eso. "Yo no soy el problema, el problema es que mi trabajo es un horror, mi jefe es un déspota, trabajo 12 horas por día y me pagan miserias. En realidad, lo que existe es el síndrome del empleador explotador", dice con sarcasmo.Pero también hay otras lecturas. El terror a la vuelta del trabajo no existe para algunos que experimentan un estado absolutamente distinto, uno que no tiene reconocimiento desde la psicología pero que algunos cínicos dicen vivir: el "alivio" posvacacional.Es el que sienten los que están cansados de los caprichos vacacionales de sus hijos (a los que casi no conoce), de la convivencia 24 horas sin interrupciones con la pareja que ya no tolera y de los gastos escandalosos cada vez que se sienta en familia a comer una pizza –que ni siquiera tiene muzzarella– en cualquier localidad turística.