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Entrenar la mente para demorar la enfermedad

Uno de cada cinco mayores de 80 años padece algún tipo de demencia. Qué aporte pueden hacer las terapias no farmacológicas.

08 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Entrenar la mente para demorar la enfermedad

Josefa Testasancho, "Pepi" como la llaman todos, entra con una enorme sonrisa a la sala de neurorrehabilitación cognitiva y saluda con besos y abrazos a los profesionales que la esperan para una nueva sesión. Ella tiene 73 años, y la acompaña Jorge Arce Puertas, su esposo desde hace 50 años y compañero incondicional. "¿Qué día es hoy Pepi?", le pregunta Federico Scabuzzo, su neuropsicólogo. "Jueves 19 de agosto", responde, y antes de que él se lo pida, lo escribe en una hoja de papel. También le pregunta por sus actividades del último fin de semana, la visita de sus nietos, la clase de cerámica y su paseo por el shopping . "Pepi" responde ordenadamente a todo, y hasta se acuerda de la camisa que se compró Jorge. "Es a cuadros y de muchos colores", cuenta. También a esos recuerdos los escribe.Luego viene lo que a ella más le gusta: el trabajo en la computadora. Primero debe colocar figuras geométricas que se acomoden en un espacio en blanco, y después tiene que armar palabras a partir de sílabas desordenadas.A estas actividades "Pepi" las repite dos veces por semana. Es que desde hace más de tres años comenzó a padecer algunos trastornos cognitivos y, luego de que su médico clínico le recomendara una consulta con el equipo de neurorrehabilitación, se enteró de que tiene un cuadro de deterioro cognitivo leve, por lo que decidió empezar un tratamiento."Pepi" no abandonó las sesiones ni un solo día y los profesionales que la atienden dicen que su mejora es evidente."La demencia es un síndrome que genera alteraciones en la cognición, la conducta y la función de una persona. Una de cada cinco personas mayores de 80 años presenta una demencia en Argentina. Dentro de ellas, la más común es la enfermedad de Alzheimer, que es neurodegenerativa, pero también hay causas vasculares, infecciosas y otro tipo de patologías", explica Magdalena Cáceres, jefa del servicio de neurorrehabilitación del Sanatorio Allende, área en la que trabaja desde hace 17 años. El equipo que coordina está conformado por neuropsicólogos, psicólogos, fonoaudiólogos, neurokinesiólogos y terapistas ocupacionales."Estas terapias no farmacológicas ayudan a disminuir el exceso de discapacidad que provocan las demencias, prolongan la autonomía del paciente y reducen la carga de sus cuidadores, que en general son familiares. O sea, permiten patear la enfermedad para adelante", explican las psicólogas Estefanía Caicedo y Virginia Corner.El factor de riesgo fundamental es la edad, pero otras cuestiones que influyen en el desarrollo de esta enfermedad son la baja escolaridad, una vida social escasa, la falta de estímulos, la falta de actividad física y la mala alimentación. Volver a reír. Lo de "Pepi" comenzó tras la muerte de su madre, que pasó los últimos años de su vida casi sin conocer a nadie, sin moverse y con un cuadro de depresión. "Pepi" la visitaba todos los días y cuando falleció, la tristeza la invadió por completo. "La llevé a Perú, mi tierra, pero cuando volvimos empezó a sentirse mal y a deprimirse. Fue todo muy repentino: también dejó de entender y apreciar las películas, dejó de recordar algunos nombres, y el día en que vivíamos. Me asusté mucho, me imaginaba su futuro, nuestro futuro, y no quería que le pasara lo mismo que a su mamá", cuenta su esposo.Luego de varios estudios, se comprobó que su demencia no era hereditaria, y surgió la posibilidad del tratamiento."En estos casos partimos de una evaluación neuropsicológica para saber cómo está el paciente y distinguir sus dificultades, es decir si el problema es de memoria, de tensión, qué tipo de memoria es la afectada. También vemos qué habilidades cognitivas conserva y qué le gusta hacer. En base a todo eso diseñamos estrategias de intervención y les damos actividades", explica Scabuzzo.Un año y medio después de iniciado el tratamiento, "Pepi" comenzó a recuperar mucho de lo que había perdido y hoy lleva una vida tranquila y feliz."Me encanta ir a la clase de cerámica, pasear, charlar con mis nietos, tocar el órgano y ver películas. Aquellos años de sufrimiento fueron muy feos, pero por suerte estoy bien", dice.Su esposo cuenta que la acompaña a todos lados y la ayuda en los ejercicios que los médicos le indican. "Al principio nuestros hijos estuvieron constantemente a nuestro lado, pero ellos tienen su vida y no deben descuidarla. Ahora estamos bien y vivimos muy felices. Por suerte las cosas cambiaron", se alegra Jorge.