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Romilio, el fantasma bohemio que vive en el Teatro del Libertador

Al pintor le habían permitido vivir en una buhardilla del edificio, hasta que murió en 1974. Desde entonces, muchos dicen que suele volver a encontrarse con sus amigos.

28 de febrero de 2016 a las 12:01 a. m.
Romilio, el fantasma bohemio  que vive en el Teatro del Libertador
Misterio. Los pasillos del teatro son escenario de relatos fantásticos sobre almas olvidadas que alguna vez pasaron por esos rincones (Virginia Barbagallo/LaVoz)

Romilio Ribero no tenía dónde caerse muerto. Para colmo, el alcohol le causaba estragos al hígado, mientras la combustión compulsiva de tabaco y otras hierbas hacía lo propio con sus bronquios y neuronas. Arturo Zanichelli –entonces gobernador de Córdoba– se apiadó de ese pintor y le pidió al director del teatro Rivera Indarte que le hiciera un lugar en la buhardilla del edificio. El desahuciado retribuyó el favor obsequiándole dos óleos y una caja de zapatos repleta de versos escritos desde las entrañas: "Los dioses del sur que regresan después de las lluvias,/ los agostos de crueles remolinos,/ los jinetes oscuros que llevaban caballadas sedientas,/ los astros regidores de las resurrecciones y las putrefacciones reconocían la mansedumbre de nuestros ojos,/ la paz eterna del corazón,/ la justificación de las derrotas". El mandatario provincial se estremeció al leer la estrofa. Le agradeció y le aclaró que si necesitaba algo, se lo hiciera saber sin titubear.En la sala mayor de la ciudad, Romilio cobijó su humanidad carcomida por la perdición hasta poco antes de que la cirrosis y otras inflamaciones lo condenaran al sepulcro, en 1974.Sin embargo, su alma bohemia se quedó para siempre en ese coliseo, que el 10 de octubre de 1973 recuperó el nombre de Teatro "Del Libertador General San Martín". Clandestinas En charlas de trasnoche, en el bar ubicado frente a la plaza Vélez Sársfield –del que era cliente asiduo–, Romilio solía contarles a sus camaradas de tragos que él y su compañera Susana Sumer no estaban solos en el teatro. Que María Barrientos, Titta Ruffo, Enrico Caruso, Emilio Sagi Barba y otros fantasmas legendarios de la ópera –que alguna vez pasaron por allí– le atemperaban de vez en cuando los sofocones del insomnio ofreciéndole funciones privadas de La Traviata . Que otras veces eran los duendes de Rosina Storchio, Tito Schipa y Camille Saint-Saëns, con la Tosca de Giacomo Puccini, quienes lo ayudaban a capear la borrasca de la abstinencia.También supo revelarles que las esculturas de la galería alta de la fachada, las figuras que custodian las embocaduras del escenario –a la altura del paraíso– y los querubines del cielo raso (todos de Arturo Nembrini Gonzaga) jugaban a las escondidas entre las butacas cuando el edificio se quedaba vacío.Romilio acostumbraba rematar esas degluciones de licor recreando anécdotas de los banquetes que se sirvieron en el foyer de la sala a los presidentes Figueroa Alcorta, Roque Sáenz Peña y Agustín Pedro Justo, entre otros ilustres.O el casamiento de Pepita Serrador con Narciso Ibáñez Menta (en plena gira artística) y el velatorio de Deodoro Roca. Su amigo "Avión" Héctor "Avión" González, erudito en música clásica, recopilador sin par de crónicas del Libertador y colaborador de La Voz del Interior (entre otros menesteres), fue uno de los proveedores de insumos del prosista oriundo de Capilla del Monte. Él le contó que el arquitecto italiano Francisco Tamburini diseñó el coliseo, que José Franceschi dirigió la obra y que la empresa Rivara la construyó. O que Teodoro Flandin se ocupó de las luces y que el imponente telón se trajo de Italia. El último llamado El 3 de diciembre de 1974, Romilio escuchó la voz de Selia, su mamá, que lo llamaba desde el cielo de la expiación. Era el mismo lamento con que solía hacerlo en su infancia de pobreza cuando él salía a vagar, con papel y lápiz, por Capilla del Monte: "¡Taaaatuuuuu...!". Esta vez decidió hacerle caso y acudió a su encuentro. Tenía 41 años. La misma edad que tiene el fantasma del poeta y pintor que vive en el Teatro del Libertador General San Martín.