El taller de acordeones que renació de las cenizas
Un incendio lo destruyó en julio. Con ayuda solidaria, hasta de desconocidos, Hugo Butto lo reconstruyó y volvió a reparar esos instrumentos que le llegan de todo el país. Video.
Villa Nueva. El 16 de julio de 2012 no se borrará más de la memoria de Hugo Butto. Esa mañana, un fuego indetenible avanzó sobre su taller y convirtió en cenizas la pasión de toda su vida. Siete acordeones se quemaron sin que nada pueda recuperarse. Una era una reliquia de 1868, de valor incalculable, y le faltaba una semana para salir restaurada.
Hugo lleva la música desde siempre y, cuando todavía era un niño, se abrazó con devoción a los fuelles.
Por el fuego, no le quedó casi nada. Ni del taller ni de la cocina donde elaboran de todo con su mujer para sumar uno pesos a la jubilación.
Con otros instrumentos suyos repuso los que eran de sus clientes. Y como el ave que renace de las cenizas, la solidaridad de amigos, clientes y hasta de algunos desconocidos le permitió rearmar de a poco ese enjambre de herramientas y repuestos diminutos en el que pasa las horas más felices a sus 68 años. “Ha sido mala la suerte, pero estoy trabajando”, dice, agradecido de poder volver a estar entre acordeones.
Sus colegas de la Agrupación de Acordeonistas de Villa María le donaron la recaudación de los discos vendidos, hicieron una cena a beneficio, y con la ayuda de comerciantes pudo recuperar casi todas las herramientas.
Nunca cedió en su esfuerzo cotidiano. Junto a Sara se levanta a las tres de la mañana para fabricar churros, tortas, pizzas y empanadas. Mientras ella sale en bicicleta a venderlos, él se queda reparando acordeones, que le siguen enviando desde todo el país.
“Hace dos años que no puedo tocar, pero por todo el trabajo que tengo. No me queda tiempo”, cuenta.
La música se le pegó en el alma a Hugo. De chico agarraba un papel azul que venía dentro de los sobres de la época y lo ponía sobre un peine. Así hacía su música. A los 10 años se compró una armónica y a los 14 su madre le regaló la primera acordeón.
Su vida fue escuchar, aprender y tocar. “Nunca pude ir a un maestro. El primero lo tuve a los 60 años. Siempre estudié por correo o leyendo libros”, comenta mientras ensaya algunos valses.

