No puedo dejar de mirarte (ni de tocarte)
Es inútil cuestionar la seducción que ejerce el celular. Tampoco el tiempo que le dedicamos. Quizá es más interesante preguntarnos qué hacemos con él y qué dejamos de hacer por mirarlo tanto.
Lo primero que hacen infinidad de personas al despertar por la mañana es tomar su smartphone y arrastrar su dedo por la pantalla táctil para iniciar una extensa serie de actividades: consultar y contestar e-mails , recorrer las novedades en las redes sociales y aportar un comentario en ellas, fijarse si el WhatsApp tiene un mensaje, googlear algo, quizá hacer algún trámite on line , utilizar algunas de las innumerables apps que han instalado en su equipo y, si les sobra tiempo, jugar un rato con su videogame favorito o ver un capítulo de una serie. Esta conducta la repetirán muchas veces durante el día, cuando trabajan o estudian, en su tiempo libre o cuando se sientan a tomar un café con un amigo o su pareja. También cuando están almorzando rodeados de su familia. Y, probablemente, lo último que hagan antes de dormirse será lo mismo.Resulta que estamos inmersos en una semioesfera, algo que Lotman (1985) definió como el universo simbólico de una cultura, que se conforma por todos los actos comunicativos funcionando como un ecosistema complejo y de los cuales participamos de manera permanente. Con los celulares, esta inmensa burbuja de comunicación es diversa, creciente, veloz, variable... y atractiva.El smartphone es un compañero inseparable; no tenerlo a mano sería intolerable, aun con el constante temor de que alguien nos lo robe o se rompa o lo olvidemos en un mostrador de un negocio.Pero este estrecho amigo tiene una debilidad: se vuelve obsoleto. Siempre convivimos con el latente deseo de reemplazarlo por otro, con más aplicaciones, diseño superior, más píxeles, mejor conectividad o alguna cualidad novedosa que nos prometa la publicidad, hasta el día soñado en que dejemos atrás las marcas que se consiguen localmente y accedamos al que comercializa con éxito la empresa de la manzana, la creación de Steven Jobs. Y, por supuesto, a partir de ese momento, estar atento al próximo modelo.Es inútil cuestionar la seducción que ejerce el celular. Tampoco el tiempo que le dedicamos. Quizá es más interesante preguntarnos qué hacemos con él y, sobre todo, lo que dejamos de hacer por estar mirándolo tanto.
* Licenciado en Psicología

