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Ni troskos, ni anarcos, ni locos

Viven una fiesta democrática, un ejercicio de movilización horizontal que no necesita ser fogoneado porque crece solo. Mariana Otero.

06 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Ni troskos, ni anarcos, ni locos

"No somos ni troskos ni anarcos ni locos", res ume una alumna de impecable discurso, en el mismo momento en que desde una página web un grupo de adolescentes se autodefine como "un movimiento de estudiantes secundarios que se organiza para cambiar todo aquello que le parece injusto". Dos proclamas que hablan del trabajo silencioso de los centros de estudiantes y de individualidades con inquietudes sociales y políticas. Son un puñado, pero cada vez son más. Desde que comenzaron con la pelea por el boleto estudiantil, a principios de año, no paran de crecer y de sorprenderse por lo que han logrado en poco tiempo. Sólo fue necesario abrir un espacio y empezaron a militar, a llevar y traer ideas, cada vez con menos miedo a opinar. Por eso, los chicos se enojan con los adultos y la prensa que los subestima, que cree que son parte de un rebaño. Es que tienen muchas cosas para decir. Entre otras, que los edificios rotos son apenas una excusa, que la protesta trasciende lo educativo y que se sienten traicionados por promesas incumplidas. También reniegan de una sociedad que no los contiene ni los abraza (en el más amplio sentido) mientras les pregunta si están organizados, para qué y por qué, qué intereses ocultos hay, con qué intenciones, qué se está gestando, cómo y quiénes se benefician con una movida que en Córdoba hace décadas no se ve. ¿No será una mirada demasiado miope reducir la movida a una interna gremial, a delegados escolares con llegada a los alumnos, a disidentes en las entrañas del Gobierno, a una campaña nacional en contra de la Iglesia Católica y del empresariado? La confusión suele ser un excelente caldo para especuladores y oportunistas y una vía rápida al temor o la incomodidad.Los chicos saben que están en un momento histórico, que pone nervioso y expectante al poder y a la ciudadanía. Viven una fiesta democrática, un ejercicio de movilización horizontal que no necesita ser fogoneado porque crece solo. Que se sabe cómo comienza, pero no cómo termina. Es, quizá, una especie de revancha a tanto tiempo de oídos sordos.