Luciana Salazar y la luchita ecológica
Las gigantografías dominan la plazoleta Vélez Sársfield. Es el Calendario 2010-Huella Ecológica, de la fotógrafa Gaby Herbstein. Rosa Bertino.
Las gigantografías dominan la plazoleta Vélez Sársfield. Es el Calendario 2010-Huella Ecológica, de la fotógrafa Gaby Herbstein. "¿Me querés decir qué tiene de ecológico la Luciana Salazar?", preguntó una mujercita, como leyéndonos el pensamiento. Con tanto plástico encima, la rubia luce artificial e inflamable. Sin embargo, la imagen es irónica y subraya una contradicción. El texto que la acompaña se titula, precisamente, "Exceso": el 20 por ciento de la humanidad consume lo que le falta al 80 por ciento restante. Cada una de nuestras acciones afecta a los demás. Es el principio sobre el cual gira, o debería girar, la justicia ambiental… social, pastoral, tributaria, etcétera. Vida/escuela. Toda campaña es bienvenida, sin olvidar que el ser humano aprende a base de rigor y sufrimiento. A los "buenos" les causa pavura esta filosofía cavernícola. Pero después no saben qué hacer con los que dejan los espacios públicos a la miseria. O ante los patos muertos por la contaminación alimentaria, por un plástico o atacados por perros (no sólo los abandonados). La responsabilidad es del prójimo, ése que se corregirá "cuando lo eduquen". ¿Ah… sí? ¿Qué educación tienen pensada? ¿Hay mejor escuela que la vida? Pongamos, por caso, los malos olores corporales, muy atribuidos a los alemanes. "¡Qué hediondas esas dos!", se sulfuró una vendedora. El tufo de las extranjeras había impregnado el negocito. La clientela se sumó a la sacada de cuero. Acaso cabe recordar que esa "mala" costumbre proviene de siglos de escasez. La carencia de agua se les incrustó en la memoria. Por otra parte, el aroma a "abuelito de Heidi" no obedece tanto a que se bañen salteado, como a que no lavan la ropa tan seguido y, en el caso de las mujeres, a que muchas no se depilan ni usan desodorantes o perfumes. Los consideran antiecológicos. Pero en todo el frente doméstico mantienen la misma coherencia. Pobre tierra. Aunque nos cuesta horrores, vamos entendiendo que no se puede derrochar agua. En Córdoba rogamos por lluvia, así se agüe el Día de la Primavera. Total, a los chicos les falta cualquier cosa menos farra. Las pequeñas acciones individuales son más ejemplares que las grandes. No alcanza con protestar por la minería a cielo abierto o por la deforestación salvaje. Hay que poner el lomo, que es lo que menos nos gusta. Tomemos el triste ejemplo de la cortadora de césped. La máquina de cuatro rueditas, ésa que lo cortaba alto y le permitía volver a semillar, pasó a la historia. Fue reemplazada por la bordeadora; luego por la desmalezadora y, finalmente, por la motoguadañadora. Como sus nombres lo indican, no están hechas para cortar el pasto. Lo arrancan de cuajo y no vuelve ni el gramillón. La tierra queda desprotegida y volátil. Así lucen el Parque Sarmiento, las plazas y los canteros de barrios y avenidas, por culpa de esa depredadora serial. Como para defender el planeta estamos, si ni siquiera nos sacrificamos por ganar una luchita.

