La colombiana que dejó todo por un amor virtual
Es de Cartagena de Indias. Conoció a su marido en un chat cristiano. Primero viajó para encontrarse cara a cara con él y luego regresó para casarse. Le gustan los encuentros familiares y el respeto a la Bandera.
Cinco años atrás, la colombiana Diana Palacio (38) ignoraba por completo que existía Córdoba y mucho menos imaginaba que el destino la llevaría a ese punto desconocido en el mapa. Hoy, Diana no sólo vive en Córdoba sino que está casada con un cordobés y tiene tres hijos cordobeses. "Disculpen la humildad", dice la mujer de risa generosa y cadencia caribeña, al invitar al departamento que la familia comparte con sus suegros, en barrio Mariano Fragueiro.Diana nació el 1° de diciembre de 1976, en Cartagena de Indias, esa ciudad bella, que Gabriel García Márquez describe en sus libros. De esa tierra caliente llega Diana, cuya vida también tiene algo de novela. La primera partida "Mi infancia fue muy tranquila, como todo niño. Yo soy la última de cuatro hermanos", cuenta. Diana terminó un secretariado ejecutivo después de concluir la secundaria. Poco después, a los 23, emigró a Venezuela en la búsqueda de trabajo. En Caracas vivió una década. "Fue un poco difícil al principio, porque fui sin documentación. Allá no es como aquí. Eso es algo que me gusta de Argentina: que le da mucha importancia al extranjero", subraya.En la capital venezolana trabajó casi tres años como empleada doméstica, hasta que tuvo los papeles en regla y encontró empleo formal. Fue secretaria en una clínica y en un consultorio odontológico. Amistad virtual Diana conoció a Claudio, su marido cordobés, empleado de una empresa de seguridad, en un foro virtual cristiano, al que ingresaba en Caracas. "Nos conocimos por Internet y comenzamos una amistad, sin futuro. De a poco fuimos intimando más, aún por Internet que es tan ficticio todo. Conoces a alguien que no sabes si te está diciendo la verdad o mentiras", refiere Diana. "En un momento, empecé a extrañarlo cuando no me escribía y empezó a surgir un sentimiento. Fue algo inexplicable", resume. Y sigue: "Luego sentimos la necesidad de conocernos en persona. Pero él no tenía los recursos, por lo que fui yo la que decidí venir a conocerlo".Chatearon durante más de un año, intercambiaron fotografías, y hasta habían hablado de una relación formal."Teníamos algo por Internet, pero no quería seguir perdiendo el tiempo en algo que no iba a funcionar. Así que la clave era conocernos en persona, para ver si había química", explica.La idea de tomar un avión a conocer a un hombre de un lugar lejano, que le había propuesto matrimonio por Internet, generó inquietud familiar."Mucha gente estaba en contra, porque era algo riesgoso (...) Fue un riesgo, pero me metí de cabeza, como decimos nosotros, y me vine", recuerda la mujer.En la Semana Santa de 2009, Diana llegó a Córdoba. Regresó, un año después, para la boda."Me vine por dos o tres días. Me acuerdo que llegué al aeropuerto con los nervios de punta. Él estaba ahí, esperándome, con su mamá", narra. Ella tenía 33 años y él, 35. Finalmente, hubo química.Regresó a Venezuela, por sus obligaciones laborales y Claudio se encargó de los trámites del casamiento. En enero de 2010, Diana renunció a su trabajo en Caracas y volvió a Córdoba. "Nos casamos el 8 de abril por el civil y el 10 de abril por la iglesia cristiana", detalla. El poder de las palabras La adaptación no fue fácil. Extrañaba. Hasta que nació Lucas, hoy de 4, el primero de sus tres hijos con nombres bíblicos (Gabriel, de 2 años, y Andrés, de dos meses). "Vino mi hijo y mi amor, mi tiempo, mi todo, lo dedicaba a él y de a poco me fui acostumbrando. Después vino el segundo, después el tercero y ya estoy más que adaptada", se ríe.Como era lógico, en los comienzos, lo más complicado fue la convivencia. "De repente vengo yo con mis maletas; empezar a vivir juntos no fue nada fácil. Necesitamos tiempo para conocernos bien. Fue difícil porque no tuvimos ese noviazgo de otras parejas. Lo nuestro fue puramente virtual", remarca.Diana dice que es difícil explicar cómo es posible enamorarse sin conocerse. Todo, al parecer, lo hicieron las palabras. "Yo le digo a él, que es muy tímido –y yo soy más abierta, más dada–, que la única manera que teníamos que conocernos era por Internet. Él por Internet hablaba y hablaba y escribía y escribía. En cambio, en persona le cuesta mucho", remarca. "Sí, las palabras fueron las que nos enamoraron", concluye. Una decisión audaz "Antes del viaje uno se hace esa pregunta ¿qué va a pasar si no funciona? Yo venía con toda la fe de que sí iba a funcionar. No venía pensando que todo iba a ser color de rosa. Sabía que iba haber dificultades. La verdad que gracias a Dios si funcionó y ya, a casi cinco años de casados con tres hijos, ¡imagínate si no va a funcionar!", festeja. Diana insiste que muchos amigos y familiares se preocuparon: les parecía demasiado audaz. "Yo ahorita lo pienso y digo: 'la verdad que fui arriesgada'. Quizás si vuelvo el tiempo atrás no lo hago", se ríe. El encuentro El día que se vieron en el aeropuerto de Córdoba, Diana y Claudio no supieron qué decirse. Por suerte, la madre del hombre rompió el hielo preguntando detalles del viaje. "Ayudó mucho que él estaba con su mamá. Capaz que si nos encontrábamos solos, nos quedábamos callados, no nos decíamos nada –se ríe–. Al día siguiente él me contó que estaba un nervioso, porque no me veía salir". A ella le pasó algo parecido: cuando el avión aterrizó, Diana se quedó al final para desembarcar última. "Me dijo que veía salir gente y que no me veía y decía 'esta se arrepintió, se quedó en algún lado'", relata.Y sigue: "Yo siempre le digo a Claudio: 'menos mal que yo tuve la iniciativa de venir, porque no creo que tú hubieses ido'. Lo de la falta de dinero era cierto, pero fue una excusa. Él no se hubiera atrevido a viajar. Estaba escrito que yo era quien tenía que venir, sino todavía tendríamos un romance por Internet".
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