Temas del día:

Kimey, la bebé cuidada por 5 generaciones de mujeres

Antonia Torres acaba de cumplir 98 años y lo festejó con Kimey, la bebé que la convirtió en trastatarabuela. Casi un siglo de continua celebración de la vida.

26 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Fernando Agüero (Corresponsalía)
Kimey, la bebé cuidada por 5 generaciones de mujeres
Todas juntas. Antonia con su chozna de 19 días; su hija Elvira (75), la nieta Susana (56), la bisnieta Rosa (34) y la tataranieta Ayelén, de 15 (La Voz).

El Diquecito. La escena ocurre en la cocina, con el mate cebado de Antonia. Su tataranieta Ayelén Marqui (15) tiene a su hija Kimey Negri (18 días) en brazos. "Tenés que hacerla dormir de costado, nunca la acuestes boca arriba", le dice Antonia. Ayelén tiene el extraño privilegio de recibir consejos para la crianza de su hija de su tatarabuela, de su bisabuela, de su abuela y de su madre.

Y Kimey, que llegó al mundo el 30 de octubre pasado, las tiene a todas para recibir un amor que ningún espectador, por más observador y detallista que sea, puede trasladar a palabras.

Cuando Kimey nació en el hospital Domingo Funes, de Santa María de Punilla, la visitaron su abuela, Rosa Heredia (34); su bisabuela, Susana Torres (56); su tatarabuela, Elvira Raquel Rodríguez (75) y más tarde la chozna (como se llama al hijo del tataranieto) conoció a su trastatarabuela, Antonia Torres (98).

La familia vive en torno de la abuela, en Villa El Diquecito, un paraje cercano a Calera, donde por estos días sucede una historia pocas veces contada: seis generaciones de mujeres de un mismo linaje festejan el cumpleaños de la primera y el nacimiento de la última. Antonia acaba de cumplir años. Sus familiares armaron una carpa que rodea la casa, donde quedan vestigios de la fiesta de la noche anterior: carne con cuero y chamamé hasta la madrugada.

“La mujer no tiene domingos, siempre tiene que trabajar. Para nosotros está mal, pero para los hombres está bien. Tiene que atender los hijos, el marido, siempre tiene que hacer todo”, dice Antonia, que siempre trabajó en el campo, ayudando a su marido ya fallecido y limpiando en casas de la ciudad de Córdoba.

“A mí me gusta tener a toda está familia por debajo de mí. Tuve mellizas que crié con mucho amor y no ocupé a nadie para que me ayude. En el parto de la tercera hija me atendí sola. Yo le ayudaba a él a sacar piedras de la cantera y por eso parece que se me apresuró el parto”, cuento.

Desde su silla, al costado de una ventana, Antonia se ocupa de manejar el matamoscas. Entre mate y mate se oyen los chicotazos y alguna mosca queda aplastada en la ventana.

“Ése es su trabajo, además de controlar todo lo que pasa en la casa, con las cabras y las gallinas, desde esa silla”, dice Liliana, una de sus nietas.

Antonia no se queda callada e interviene: “Yo siempre estoy contenta. Hay gente que anda siempre enojada; yo no puedo. No puedo bailar porque me duele la rodilla pero si no bailaría: ahora bailo con los ojos”. “Yo siempre hago valor, le esquivo a la guadaña. Todo es risa para mí. Para qué darse manija”, dice.

Elvira, la tatarabuela, vive con Antonia en la histórica casa de la familia en Villa El Diquecito. Cuando se asentaron en lo que es hoy un caserío residencial, eran la única familia de la zona.

Elvira tiene hacienda en el cerro Pan de Azúcar y de vez en cuando sale al campo, todavía en su caballo, a ver que todo esté bien. “Nunca pensé que iba a ser tatarabuela. Estoy con mi mamá y es lindo, y también con mi tataranieta”, afirma y agrega: “Con mi mamá me llevo días bien y días mal. Es porque no me deja salir a ningún lado: ella me manda desde su silla”.

Susana también está feliz con su nuevo estado de bisabuela. “Nunca pensé en tener una bisnieta. Es una gran emoción. Tengo a mi abuela y a su vez soy bisabuela y eso me da mucha alegría”, expresa.

A su lado está Rosa, la joven abuela de 34 años. Para ella, tener a Kimey en brazos es como volver a criar a su hija, Ayelén, la flamante mamá adolescente. “Y es muy impensado tener a mi tatarabuela. Pero no pensamos que tiene 98 años, no nos damos cuenta porque está muy bien”.

Los vecinos llegan a la casa para saludar a la familia y a la chozna cumpleañera. Ese humildísimo hogar es como un refugio para todos, familiares o no. Hay mucho para escuchar.