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"Hay que volver a la tiza, el pizarrón y el libro de lectura"

Damián Bustos, con 42 mil horas de capacitación dictadas en las aulas, no reniega de la tecnología, pero pide recuperar algunas de las herramientas básicas en la educación.

05 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
"Hay que volver a la tiza, el pizarrón y el libro de lectura"

Damián Bustos acaba de anotar una marca merecedora, quizá, del libro Guinness de los récords: seis mil cursos de capacitación docente dictados en Argentina. La cifra supone más de 42 mil horas compartidas en las aulas con los maestros en casi seis décadas de labor. Desarrolló las clases en escuelas urbanas y rurales de todo el país, desde Humahuaca, en Jujuy, hasta Ushuaia, en Tierra del Fuego, pasando por la selva misionera y la aridez inabarcable de la Patagonia. Hace unos días, un grupo de personas comprometidas con la educación le tributó un reconocimiento por esos triunfos. Durante la cena, también le agradecieron los 83 libros de su autoría destinados a la enseñanza. Entre ellos, Córdoba mía y El nuevo manual cordobés . Se trata –asegura– del primer texto de lectura y del primer manual escolar publicados en la provincia, respectivamente.Dice que la educación está en decadencia, a la deriva y que la ausencia de políticas de Estado está "vaciando las aulas". Está convencido de que, para revertir ese proceso declinante, se deben recuperar "algunas cosas" que se dejaron de lado. "Hay que volver a la tiza, el pizarrón, el libro de lectura, el comentario de textos en el aula y la exposición del alumno", asegura sin dudar. –¿Y qué hacemos con las netbooks y las innovaciones tecnológicas? –No hay que desechar Internet ni a la tecnología al servicio de la educación. Pero no deben condenar a los manuales ni a los libros en el aula. Hay una tendencia a no pedir libros. Ese es un error inadmisible. Tampoco se pueden dar por sabidas las tablas de multiplicar, la conjugación del verbo ni la construcción del texto. –Los profesionales de la educación dicen que la alfabetización digital de docentes y alumnos es clave. –La gente que está en la avanzada de la educación, que propone cambios radicales, seguramente dirá que estoy divagando. Pero lo digo con la autoridad que me dan los seis mil cursos de capacitación y las 42 mil horas compartidas con ellos. ¿Sabe qué pide hoy el maestro? –A ver. –Que uno vaya a donde él trabaja, tome una tiza, un pizarrón y desarrolle clases prácticas con sus alumnos. Quiere ver cómo daría uno una clase de geometría, de lengua, de idioma. Que escuche sus problemas en el aula y le ayude a encontrar la manera de resolverlos. –¿Eso no se da en los profesorados? –No. Por eso digo que hay que empezar por cambiar los planes de estudios de los profesorados. Hacer un magisterio práctico, con mucha aula y poner al frente de las materias a docentes que tengan las manos manchadas con tiza y que sepan lo que es manejar aulas en todos los niveles. –Entonces habría que redefinir las políticas educativas. –Es que no hay políticas educativas. La educación ha sido abandonada. Está a la deriva. Faltan estímulos. Por ejemplo: antes, el Estado organizaba cursos hasta en el verano y teníamos las aulas llenas. Hoy sólo otorga puntaje a cursos privados y eso hace que cada vez menos docentes se capaciten. –Abunda la bibliografía que aborda la supuesta crisis de identidad y de vocación docente y su consecuencia en el proceso educativo. –Antes los docentes eran tenaces en la lucha en el aula. La daban con escasos medios didácticos y bibliografía limitada. Salían de la escuela normal y se lanzaban a la aventura de las aulas; se hacían docentes en la tarea diaria dentro de ellas. Ahora, sólo un pequeño porcentaje se queda como docente. Sigue ese camino. La mayoría busca, a través de la docencia, horizontes universitarios. Lo que no me parece mal. Por eso digo que faltan docentes con formación en las aulas. –¿Cómo ve a los docentes rurales en ese paisaje? –Los docentes rurales son en buena medida la reserva de la educación. He dictado cursos de capacitación en Tilcara y Humahuaca, por ejemplo, y era conmovedor ver llegar a los maestros tomados de la mano para no perderse. –¿Qué nota le pondría a la educación hoy? –Un cinco, raspando.