“En contextos vulnerables, la escuela es el lugar donde los niños son felices”
María Gabriela Oliva es la Buena Educadora 2016, que otorga la Nación. Trabaja en el jardín José Malanca, de Marqués Anexo. Impulsó proyectos para “recuperar la infancia” en zonas muy complicadas de Córdoba.
El día que una niñita de 4 años llegó al jardín con un puñado de balas que había encontrado en el patio de su casa, María Gabriela Oliva, entonces maestra y directora del Jardín de Infantes José Malanca, de barrio Marqués Anexo, sintió una puñalada en el corazón. "Me generó mucho dolor. La nena me dijo que se había metido debajo de la cama y que tenía miedo", cuenta.A partir de entonces se sintió obligada a ocuparse de que estos niños recuperaran la infancia. Como primer paso impulsó una "mesa de gestión" para ampliar los horizontes culturales de los habitantes del barrio, en una de las "zonas rojas" de la ciudad de Córdoba. De ese espacio participan las escuelas de la zona, el Ministerio de Desarrollo Social (nacional y provincial), la Secretaría de la Niñez y la Familia y representantes de las organizaciones sociales del propio vecindario."Solos no podemos; por eso surgió esto. Apostamos a que los niños y los adolescentes no tengan mañana esta realidad de hoy, que la podamos transformar entre varios. Creo que va a ser posible. Ser maestro es eso: tener esperanza", opina.María Oliva será la cordobesa distinguida hoy, en el Día del Maestro, como Buena Educadora 2016 –junto a colegas de las demás provincias– por el Ministerio de Educación de la Nación. Soñar en grande Gabriela nació en Marqués Anexo. Por eso conoce tan bien el barrio, asolado por la violencia, la droga y las carencias. "La pobreza me genera una gran impotencia. También la injusticia, la distribución poco igualitaria de los recursos. Las escuelas en sectores pobres tenemos menos recursos. Nuestra cooperadora empezó con seis pesos al año. Muchas veces analizamos por qué no es igual para todos, por qué la cooperadora no deja de existir. Que sea el Gobierno el que te dé las hojas...", piensa.Se recibió de maestra en 1989 y pasó por varias instituciones. Pero siempre quiso volver al Marqués. Llegó al Malanca en 2014, cuando el jardín tenía 40 alumnos. Hoy tiene 102 y cuatro salas. Y cree que este año la matrícula "va a estallar". "Les dimos cabida a todos los chicos. No quedó ninguno afuera en la zona", explica.En la "mesa de gestión" todos piensan en todos. Y trabajan en red para transformar la realidad. "Espero que un día cualquier persona elija este barrio para vivir, que diga: '¡qué lindo que es vivir en Marqués Anexo! Ese sería el sueño. De estos niños espero que sean todos universitarios y que tengan una vida feliz. Que no se preocupen de las balas y los tiros, que jueguen con muñecas, autitos y pelotas", enumera.La vida es dura en estos vecindarios marginales. Tiene alumnos que se esconden debajo de la mesa cuando escuchan un helicóptero y juegan a los allanamientos o a esconder droga. "Por eso pedí dedicarme sólo a la dirección y salir de la sala. A partir de ahí di rienda suelta a mis proyectos para que los padres volvieran a traer a sus hijos al jardín", explica.Entre tantas cosas, surgió el taller "Palabras que suenan", donde las madres construyen muñecos de vellón mientras cuentan historias, literarias o reales. Funciona en la escuela. "Esta es una comunidad oprimida por la pobreza, por la violencia... Me emociona la transformación de las mamás, ver que hoy hablan, que dicen lo que piensan. Cuando llegaron estaban muy silenciosas, un silencio que te dejaba helada", refiere.Los niños son vecinos de Marqués Anexo y de asentamientos aledaños: El Pueblito, Rama Sur, El Palomar, El Country, Los Ranchos. "Cuando fue el temporal de lluvia, creció la inasistencia porque no tienen zapatillas. No hay más de un par. Las viviendas no tienen baño adentro, no tienen agua corriente", explica.Por eso, los niños que asisten comen en el jardín, tengan asignadas o no las raciones. "Nos alcanza para todos. A algunos los papás no los inscribieron en el Paicor aunque lo necesiten. No tienen internet; al 'Panal' (Centro Cívico) no van, no saben manejar el teléfono o son analfabetos. Entonces, nosotros les damos de comer a todos", subraya.Y si no van a la escuela, las maestras los buscan en sus casas.La mayoría llega con poca estimulación. Nunca han visto un libro ni juegan con sus padres. A veces son testigos o víctimas de violencia. "Están muy acostumbrados al golpe. Trabajamos con actividades para que tengan que abrazar al otro, mirarlo a los ojos y sonreír. Cuesta mucho sostener la mirada porque evaden la orden y la voz sin mirarte, como hacen con la madre", puntualiza Oliva. "El" lugar "La escuela va marcando la vida. El niño que asiste a una escuela nunca va a ser el mismo que no pudo ir, porque le da la posibilidad de ver otras cosas, pensarse en otra realidad. Tal vez no llegamos a todos, pero, aunque sea, que transformemos una o dos vidas…", plantea María Gabriela."Es el lugar donde los chicos son felices, tienen posibilidades, donde aprenden", sostiene.Gabriela, también maestra de adultos en una nocturna, es hincha de Talleres. Los chicos lo saben y la cargan si son de Belgrano. "Me emocionan los niños, el abrazo, el cariño de las familias… Cuando se enteraron de la distinción, la gente vino a saludarme. Se despertó mucha afectividad y el barrio no era afectivo. Que me devuelvan eso los vecinos, y en el Marqués, es hermoso", remarca.

