El hambre que alguna vez pasó Alejandra
No hay posibilidad de convivencia armónica entre ciudadanos que tienen tanto con otros que tienen tan poco, aunque no se refleje en las estadísticas.
"¿ Quién de ustedes ha pasado alguna vez hambre?”, preguntó Alejandra ante un auditorio de casi 500 coquetas mujeres. En el salón de un hotel cinco estrellas de la ciudad de Córdoba, asomaron, con suerte, siete manos como respuesta.
“Mi papá me preguntaba por teléfono si había cenado y yo le inventaba que sí, que me había comido una milanesa enorme, cuando en realidad no tenía nada”, confesó Alejandra, recordando sus primeros días como estudiante en una pensión, cuando llegó a Córdoba en enero de 2002.
Para quien no ha pasado nunca hambre o siempre ha tenido al menos lo indispensable, le cuesta creer la profunda gravedad de la cifra de pobreza que se calcula para Argentina: 27,5 por ciento, según el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina que se difundió el viernes.
Más de un cuarto del país no puede acceder –por sus propios medios o aun con la ayuda del Estado– a los bienes y servicios que podrían garantizarle una vida digna. Son familias que viven en un marco de carencias estructurales, porque les falta de todo. Eso de haber pasado hambre alguna vez es, aquí, moneda corriente.
En estos días, la polémica se centró en por qué el Gobierno nacional, a través de su instituto de medición estadística, Indec, quitó del calendario la difusión de los datos al segundo semestre de 2013, que se anunciaban para el miércoles pasado.
La inconsistencia de las explicaciones posteriores –“dificultades metodológicas de empalme”, según el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich– no convenció, más cuando se conoce que desde enero de 2014, con el nuevo índice de precios al consumidor, ya no se mide (o no se difunde) la canasta de alimentos y servicios que sirve para calcular la pobreza y la indigencia.
El hecho es grave, como si la decisión de no medirla (o no difundir mediciones que hace años son sospechosas) alcanzara para erradicarla.
Un país que ha crecido al menos ocho de los últimos 10 años por encima del ocho por ciento anual; que en algún momento llevó sus reservas de divisas a cifras récord; que bebió las mieles del boom de la soja, con precios promedio por arriba de los 500 dólares la tonelada (en los '80 de Alfonsín fue de 150 y en los '90 de Menem-De la Rúa, 250); con una presión impositiva tan alta que llevó a batir mes a mes sus propios récords de recaudación impositiva, no puede encontrarse con un saldo de 27,5 por ciento de pobreza.
No hay paz social posible si más de un cuarto de la población está excluida. No hay posibilidad de convivencia armónica entre ciudadanos que tienen tanto con otros que tienen tan poco, aunque no se vea en las estadísticas.
No hay posibilidad de comprender nada de esto si nunca se pasó hambre, si se esquivan las villas, si jamás se pisa un comedor barrial, si la sociedad cierra los ojos a semejante exclusión.
La inseguridad podrá estar fogoneada (o no) por los medios de comunicación y podremos coincidir en que la droga está presente en casi todas las situaciones, pero la cuestión de fondo es que no hay chances de paz social si un 27,5 por ciento queda fuera del sistema.

