El chofer que paró el colectivo para hacer las compras
Crónica de un viaje desopilante en la línea 25 de Ciudad de Córdoba.
“Conserve su boleto, es su seguro de viaje”, rezaban antes los tickets emitidos manualmente en algunos colectivos–en los \'80- o electrónicamente después. Ya nada prueba nada, a menos que uno registre sus datos junto con los de su tarjeta en la Web de Red Bus y luego gestione el registro de tarjetas pasadas por la máquina de control.
Pero hasta el día en que los ómnibus tengan cámaras –algo que sería muy triste- o que los usuarios tengan siempre el reflejo de filmar lo que sucede en el interior de las unidades, no quedarán pruebas tangibles de las escenas desopilantes que suceden a veces en los colectivos.
Como la que pasó este martes. El sol del mediodía iluminaba y daba calor a los pacientes usuarios que esperaban en la avenida Santa Fe, entre Santa Rosa y Rioja, a los numerosos colectivos de la desprestigiada Ciudad de Córdoba que paran allí.
Llegó por fin el 25, que junto con el que lleva el número 21 –que para a varios metros- y el D20 van hacia Monseñor Pablo Cabrera y, en el caso del primero, llega hasta el aeropuerto.
El chofer recorrió su circuito rutinario hasta que llegó a uno de los quioscos de la poblada avenida y se aprovisionó de comestibles, aparentemente facturas. Los minutos corrían (lo justo es justo, no porque fuera conductor de un vehículo de transporte público tenían que atenderlo antes) y los pasajeros que no decidieron bajarse por las suyas esperaron hasta que el hombre, de riguroso uniforme, cumpliera con ese trámite vinculado a su vida privada. Arrancó por fin.
Pero parece que esa decisión había afectado su ritmo. O su propia conciencia del cumplimiento del deber. Y a la altura del Boulevard Los Alemanes se tomó la licencia de modificar ligeramente el recorrido. La mala suerte hizo que el camino allí se bifurcara nada menos que con un viaducto: la parada quedaba exactamente abajo.
Eran las 12.30 cuando el viaje de una pasajera terminó de la peor manera. Sin aclaraciones por parte del chofer y con la frustración de quien se sabe mal conducido. Y con esas respuestas que activan siempre la impotencia: “Tiene que pararse antes” y “tómese el 21”

