"El 9", un pueblo paria
Votan en Córdoba, pero viven en territorio santiagueño. No tienen agua potable ni electricidad, por lo que afrontan una realidad de excluidos que sólo existen en tiempos electorales.
A 245 kilómetros de la ciudad de Córdoba, en la frontera entre nuestra provincia y Santiago del Estero, la historia se detuvo hace más de un siglo y hay gente que, aunque honesta y trabajadora, vive, si a eso se le puede llamar vida, al borde de la indigencia, sin agua ni luz. Son los habitantes de "El 9", como se denomina a este pueblo paria que, en realidad se llama "9 de Julio".
El rancherío está a la vera de un camino de tierra, ubicado a nueve kilómetros de la comuna santiagueña de Sol de Julio y a la misma distancia de la cordobesa Gutemberg. Para llegar al lugar, es necesaria una travesía por un polvaderal que todo lo tapa. Es transitar casi a ciegas, hasta que, por casualidad, alguien alcanza a ver una desgastada inscripción en una piedra: Escuela N#176; 654.
Un kilómetro a la derecha aparece el edificio escolar. Aunque moderno, la primera impresión es de abandono. Hay vidrios rotos y pupitres tapados de tierra, desparramados en lo que parece un aula desierta desde hace demasiado tiempo.
En los fondos de la escuela, se erige una casa humilde. Al lado, se ubica la capilla Santa Rosa de Lima. Parece que hace mucho que los fieles dejaron de ir. El ladrido amenazante del perro es el primer signo de vida que advierten los periodistas. "Sssshh... quieto... quieto", se escucha decir y el perro se recuesta al lado de un árbol.
De repente, aparece la figura diminuta de Mafalda Juárez. La mujer, viuda, camina algo encorvada y en su rostro resalta la alegría de poder hablar con alguien. Ese día no es feriado, pero no hay clases. "La maestra tuvo que ir a Santiago; por eso hoy no vinieron los chicos", explica antes de que los extraños se lo pregunten.
Dice que hay 12 alumnos y ofrece a los visitantes el baño de su casa, porque los de la escuela "no están en condiciones".
Mafalda tiene el "privilegio" de tener un inodoro instalado en su humilde morada. Otro "privilegio" es el aljibe que le permite conservar aún bastante agua de las últimas lluvias. "Yo todavía tengo un resto, pero los otros ya están sin agua, la están pasando muy mal. Cuando se termina, pido un camión a la Municipalidad de Gutemberg y esos tres mil litros me duran 15 días. Me cobran entre 30 y 40 pesos por traerla", cuenta la sufrida mujer, que aparenta muchos años más de los 59 que acusa. Y no es la única; todos los habitantes del pueblo (unos 300, según Mafalda, aunque no llegarían al centenar) representan mucha más edad. Hay que vivir en medio de la nada y sin nada.
Como el resto de los vecinos de "El 9", Mafalda cría animales. "El año pasado, la sequía diezmó las cabras, las ovejas y las vaquitas. Tuve que vender las cabras porque empezaron a desmontar y a sembrar soja. Me he quedado con unas 15 vaquitas", dice la mujer, que por estos días vive sola porque su hija está cuidando al nieto adolescente que fue operado en Córdoba. El viento y la tierra no permiten conversar en el descampado. Mafalda adivina que los desconocidos tienen sed y no titubea en lanzar el balde al fondo del aljibe y ofrecer agua fresca. "Vamos al reparito", aconseja, y muestra el "motorcito" que le da luz.
La parroquia Santa Rosa de Lima tiene un cierto tinte lúgubre. ¿Darán misa? ¿Cuándo viene el cura? Al pasar frente a la fachada del sitio religioso y antes de dar la despedida, Mafalda, con naturalidad, anuncia que el párroco "viene el 30 de agosto a dar misa porque es el día de Santa Rosa".
Postal de la miseria. Dos kilómetros antes de llegar a la escuela, ingresando a la izquierda y luego de superar un enorme montículo, se divisan varios ranchos. Los hombres son de pocas palabras. Prefieren que hablen las mujeres. Son las que iniciaron una cruzada para que el agua potable y el tendido eléctrico lleguen al pueblo.
Paradójicamente, "El 9" tiene un tesoro bajo tierra: agua de inmejorable calidad. La Cooperativa de Sol de Julio realizó una perforación tres años atrás y, después del hallazgo a 175 metros de profundidad, selló el pozo. El pueblo no tiene agua y de Sol de Julio no les permiten utilizar el pozo. "Se está conversando para que lo den en comodato, porque ellos no lo usan. Iban a instalar cañerías hasta el pueblo, porque ellos tienen agua salada, no se puede tomar, pero la obra quedó en la nada", refiere Elda Belén (57).
"Dicen que hacen falta 10 millones, pero cuando se hizo la perforación les dieron la plata y se la gastaron", interrumpe Jorge Belén, quien hace 47 años nació en el lugar.
De todas las viviendas, la de los Belén es la mejor dotada. El pozo a cielo abierto está seco. Hay sólo barro en el fondo. Tienen fe en que lloverá el próximo fin de semana.
El otro drama es la electricidad. "Tenemos dos motores y se rompen. No sé qué pasa, a todos los vecinos les pasa lo mismo. \'Cuando se decidan a comprar otro, vayan con un cura\', nos recomendó el hombre que viene a arreglarlos". Elda sabe de sacrificios. "Compramos carne para 15 días y la guardamos en el freezer , pero más de una vez nos quedamos sin motor y la carne se pone en mal estado. Cuando eso pasó, la cociné y lavé varias veces para sacarle el gusto a podrido y poder comerla. Con lo que nos cuesta, no podemos tirarla", confiesa la mujer.
"Para ahorrar, varias veces les tuve que dar agua con jabón a los cabritos. Lavaba la ropa y después se las daba a ellos para aprovecharla; si no, se me morían".
Felisa Guzmán (57) y Sandra Cabral (34), su hija, muestran el resto del "barrio" y se dirigen al corral de los cabritos. En el centro del gran paseo de tierra, una chancha negra amamanta a dos lechoncitos. Perros de todo tamaño y color, de ninguna raza, ladran, corren o permanecen echados. Hay dos ranchos a punto de desplomarse, sostenidos por palos. Una lona naranja hace las veces de puerta de una letrina. El olor es penetrante, pero las mujeres ya no lo perciben. A metros de cada rancho, hay una letrina.
Llama la atención que la voz cantante en el pueblo la tengan las mujeres. Lo que parece extraño, resulta natural si se tiene en cuenta que mientras las mujeres no se mueven en todo el año de los ranchos y tienen que hacerse cargo de los animales y los tunales, sus hombres desaparecen cuatro o cinco meses para hacer la temporada de la papa. "Es el único trabajo que tenemos. Vamos a la cosecha de Villa Dolores, La Plata y Piquillín", cuenta Jorge Belén.
Los habitantes de "El 9" están disgustados con "Nano" Farías, el comisionado municipal de Sol de Julio, y niegan que les mande agua. "La traemos de Gutemberg. Nos cobran entre 30 y 40 pesos y es agua muy buena. La de Sol de Julio es pura sal y si pedís y te la llegan a mandar, te la cobran como 50 pesos", dice Sandra Cabral.
Otra provincia. Los vecinos de "El 9" habitan territorio santiagueño, pero a los fines administrativos y a la hora de votar, lo hacen en Córdoba. ¿Y a quién le importa? La respuesta la tiene Elda Belén: "No tenemos agua ni luz, nadie hace nada por uno, no les importa. Pero en época de elecciones, les interesamos mucho a los de los dos lados (Sol de Julio, en Santiago del Estero, y Gutemberg, en la provincia de Córdoba).
El pueblo va quedando atrás. Falta un tramo para regresar a la civilización y nos invade un pensamiento: en esta era digital, los gobiernos reparten miles de computadoras personales, ¿a nadie se le habrá ocurrido llevar agua y luz a pueblos donde todavía hay letrinas en vez de baños?

