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Camina y espera para educar a sus hijos

Mabel recorre todos los días 22 kilómetros, a pie o a dedo, para llevar a sus niños a la escuela de Villa de Soto.

17 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
José Hernández (Corresponsalía)
Camina y espera para educar a sus hijos

Villa de Soto. La delgada figura de Mabel Ferrero ofrece una engañosa imagen de mujer frágil en la fría mañana, a las puertas de la escuela Bartolomé de las Casas, en Villa de Soto. Engañosa porque Mabel muestra cada día la fortaleza inclaudicable de una madre, que no mide esfuerzos y sacrificios por educar a sus hijos.

Mabel ya es parte del paisaje de esta región. Hace cinco años que recorre a diario, en días de clase, los 22 kilómetros de distancia, ida y vuelta, desde el paraje Tres Árboles hasta Villa de Soto. No sería un caso tan llamativo de no ser porque cubre ese recorrido "a dedo" o caminando para llevar a sus hijos a la escuela, donde los espera hasta retornar con ellos a casa. Y eso, día tras día.

"Sólo este año he logrado, gracias al programa de asistencia nacional, juntarme de unos pesitos y poder pagar a veces el colectivo. Pero tampoco logro cubrir el mes completo y siempre tengo la angustia de llegar tarde al colegio", se lamenta.

La acompañan en su peregrinar diario sus hijos Ulises (5), Enzo (6) y Verónica (10), que asisten al jardín de infantes y al primario. Este año, se sumó una compañía más: Juliana, de un año de edad. Junto a ella, Mabel aguarda estoicamente las horas de clase en la vereda del colegio. "Llevo años de traerlos así, por eso, a veces ya no tengo ganas de levantarme tan temprano, bien de noche. Pero vale la pena cualquier sacrificio para que tengan un estudio, un futuro; que no les pase lo que a mí, que ni llegué al cuarto grado", dice, convencida, esta mujer de 40 años, con el rostro curtido por esa mezcla de fuertes soles y crudas heladas rurales.

Mabel es madre de 12 hijos, uno fallecido. Tiene cuatro con ella y otros siete viven con una abuela en San Francisco. "Mi marido trabaja de changas en los campos y sólo tenemos un ranchito, pero ahora nos han ayudado con los materiales para una casa social y la estamos construyendo a pura espalda", cuenta. Para ella, otra sería la historia si no hubiera cerrado, hace 10 años, la escuela rural de su paraje Tres Árboles.

"Digno de destacar". Mabel tiene, en las docentes de la escuela, sus más fieles admiradoras. Por cinco años la han visto a través de las ventanas de las aulas, inamovible, esperando a sus hijos en la vereda. "Conocemos de este sacrificio ejemplar, de ese amor de madre que todo lo puede para educar a sus hijos", dice Norma Corsa, directora del colegio. Y la docente Rosana Agüero apunta que "no sólo es comprometida como madre", sino que, además, "junta con sacrificio los pesitos para ayudar a la escuela, a pesar de sus enormes necesidades y de la pobreza que enfrenta", y recalca: "Es la primera en ofrecerse a barrer, por ejemplo".

Liliana Gallardo, también docente, señala: "Hace muchos años vivo camino al dique Pichanas, en Paso Viejo, alejada de la ruta por la que pasa el colectivo para llegar a la escuela. En la región es habitual vivir lejos, pero lo que hacen Mabel y sus chicos es algo único, un enorme sacrificio".

Gabriela Casas, la portera del colegio de Soto, se alegra: "Está muy bien que todos sepan de este sacrificio, de esta lucha para brindar a los chicos la educación que se merecen".