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De religión y defensa de los derechos sexuales

El sociólogo asegura que la Iglesia, cuando se opone al aborto, no está tan preocupada por las prácticas sino por no perder influencia.

18 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
De religión y defensa de los derechos sexuales

Tal vez como mandato familiar de hijo mayor, Juan Marco Vaggione estudió Derecho. Pero incluso antes de terminar su doctorado en la materia, ya tenía una pata en su pasión: la sociología. Esta lo llevó a hacer maestrías –una en Londres– y un segundo doctorado, en Nueva York, donde vivió nueve años, de los cuales trabajó dos en Naciones Unidas. Igual, pareciera no olvidarse de aquel primer amor-desamor: es profesor en la Facultad de Derecho. No cree en Dios pero trabaja con católicas; es hombre pero trabaja por los derechos sexuales, incluido el aborto. –Tocás temas sobre sexualidad, política, religión, aborto. ¿No sos una especie de paria en la Facultad de Derecho, una institución bastante conservadora? –Sí, la enseñanza del Derecho suele ser conservadora respecto a cuestiones del género y la sexualidad, pero mi sorpresa fue este año cuando dicté un seminario opcional sobre derechos sexuales y reproductivos. Me encontré con un grupo de estudiantes alucinante. Tuve que cambiar el material y el abordaje. –Leí que hablás sobre fundamentalismos religiosos. Supongo que no implica que ser religioso es igual a ser fundamentalista. –El concepto de fundamentalismo se aplica a los sectores más dogmáticos de las distintas tradiciones religiosas. Es importante distinguir una manifestación fundamentalista de lo que son las creencias religiosas. Las religiones son heterogéneas y si bien hay sectores que se identifican con las cuestiones más dogmáticas y hacen un uso político de la religión, sobre todo para el control del cuerpo, de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, en realidad en esas mismas tradiciones religiosas encontrás manifestaciones muy pluralistas, muy democráticas. –En Córdoba, ¿qué grupos son fundamentalistas? –El fundamentalismo, más que actores concretos, son agendas: el uso político de la religión para evitar cualquier cambio a nivel de los sistemas de control sobre el género y la sexualidad así como el intento de imponer un sistema de creencias de un sector particular a la población en general. –¿No es muy fuerte la palabra? –A mí es un concepto que no me gusta. Pero en la lucha política antagonista, alguna función cumple, de alguna manera el rótulo de fundamentalista capta algunas dimensiones como el ser dogmáticos, intolerantes y absolutistas. –Es como poner al otro en el lugar del enemigo. –Ese es uno de los riegos en el uso del término ya que polariza. Por ahí hay gente que es intermedia pero si le ponés rótulo de fundamentalista lo que hacés es acercarla a la gente que es más intransigente. A mí me gusta el término "activismo religioso conservador". –Con la aprobación del matrimonio gay. ¿Qué perdieron las instituciones religiosas? –Simbólicamente es fuerte. A pesar de que los sectores religiosos más conservadores pusieran todo el empeño para evitar la ley, que se haya aprobado demuestra que no son invencibles. Durante años, la Iglesia tuvo poder hegemónico sobre las discusiones de sexualidad, no sólo en impedir que una ley se reformara, sino que incluso evitaba que ciertos temas entraran en la agenda pública. El feminismo y el movimiento por la diversidad fueron muy exitosos en quebrar esa hegemonía. Sin dudas que lo del matrimonio es un avance legislativo, pero no implica un repliegue en la jerarquía de la Iglesia Católica. –En un artículo decías que la modernidad no implicó un retraimiento de lo religioso y que la Iglesia sigue teniendo poder. Pero pareciera que en las vidas privadas ya no tiene tanta influencia. –El porcentaje de los creyentes desde hace años es el mismo, no ha bajado aunque han cambio mucho las formas de creer. Las encuestas de Latinoamérica muestran que la gente integra sus creencias, por ejemplo, identificarse como católico con una concepción de sexualidad y de género opuesta a lo que la Iglesia sostiene. Éste es uno de los cambios culturales más importantes que no se consideran tanto. Pero paradójicamente, la Iglesia en Latinoamérica es la institución que tiene más alta legitimidad y confianza. Eso le da poder de influencia en legislación y en políticas públicas. –Es lo que se puso en juego en la discusión en la ley del matrimonio. –Sí, y lo que se pone en juego cuando se discute el aborto. No es si la gente aborta o no, todos sabemos que las mujeres interrumpen embarazos. Más que preocuparse por si los creyentes siguen o no con los principios dogmáticos, los esfuerzos están destinados a mantener las reglas jurídicas que mantienen un orden sexual tradicional en un contexto de pluralismo. –Pronto se vendría la discusión del aborto en el Congreso. ¿Cómo lo ves? –Para mí el tema del aborto es más difícil, es un límite innegociable para algunos sectores conservadores. Creo que es un tema de urgencia, central de cualquier sociedad democrática, es donde se condensa la hipocresía contemporánea. Todos sabemos que los abortos se dan de manera frecuente, sin embargo diversos sectores insisten en su criminalización. De todas maneras, a nivel de la jurisprudencia y doctrina se ha avanzado: es un cambio legal importante porque se van ampliando las excepciones y eso genera una nueva etapa en la legalidad y moralidad del aborto. –No persigue masivamente a quienes abortan. –Muy de vez en cuando hacen algo en una clínica pero si la preocupación fueran las prácticas, otra serían las políticas. –¿Cuáles? –Una política coherente en contra del aborto es aceptar la educación sexual, la anticoncepción, es la única manera de reducir los abortos. –Bueno, y el no tener sexo, que es lo que se plantea. –Es algo que no puede ser implementado. Si algunos sectores optan por la abstinencia, están en su derecho, pero no se puede basar las políticas públicas en la abstinencia.