“Apenas subí al avión, me recibió el humor cordobés”
David tuvo su primer contacto con la idiosincrasia y el humor de estos lares en el avión de Quito a Córdoba.
David tuvo su primer contacto con la idiosincrasia y el humor de estos lares en el avión de Quito a Córdoba. Había subido con su guitarra (en realidad, de su madre), un tambor cubano y la mochila con ropa. "Iba muy cargado, parecía un equeco, y un cordobés en el avión me dijo: 'Eh, menos mal que no trajiste el piano de cola'", cuenta.A David le gusta la ciudad colonial, La Cañada, sentarse y ver la gente pasar. "Disfruto mucho los personajes que son tan cotidianos en la vida del cordobés y me gusta ver cómo la gente trata los monumentos, caminar en el centro. Encuentro una diversidad riquísima, la negritud de los senegaleses, los cuarteteros, la música, las comidas", plantea.Al principio, Avilés vivía en Alberdi. Allí empezó a escuchar ciertas poesías, cánticos. "Ahí me desayunaba con las chacareras, no sé bailar, intento, pero hago medio el ridículo. Conocí la música cordobesa, el Belgrano-Talleres, la 'industria' que es 'la Mona' Jiménez, el fenómeno del cuarteto. Es una ciudad que invita a pasear", asegura.La Manzana Jesuítica y la Biblioteca Mayor le recuerdan a Quito. Igual que la arquitectura española. En Córdoba, David dice que también empezó a engordar. Carnes y alfajores son su debilidad. "A mi director de tesis, que era jesuita, le dije hablando de la gula: 'Cuando estoy en Argentina comienzo a comer mucho alfajor, así que me voy a confesar'", se ríe. El mate con criollos le encantan, aunque no sabe cebar. También el choripán y el fernet. "Son como cosas de la gastronomía cordobesa que uno disfruta", asegura.

