Una historia ficcional del arte
En Genios destrozados, su nuevo libro, Daniel Guebel compone una serie de 33 biografías breves de artistas reales e inventados: sus pasiones, sus motivaciones, la llama que los mantenía vivos y que en algunos casos los consumió.
La vida de los artistas suele ser tormentosa y conflictiva, al menos si se tienen en cuenta muchos de los datos que contribuyen a la consolidación del mito. Sus rencores, odios, nimiedades y contradicciones alimentan sin interrupción el interés de sus seguidores, y también cabe sospechar que ese cóctel es uno de los requisitos para la admiración.
Es una colección de biografías que cuentan las peripecias de sujetos destruidos por sus afanes estéticos, tanto en el logro como en la frustración. En ese contexto, la atribución de genialidad funciona genéricamente. A veces hay que encontrarlo bajo la capa de algún idiota, ¿no?
En su nuevo libro, Genios destrozados. Vida de artistas (Eterna Cadencia), Daniel Guebel narra en pocas páginas las biografías de 33 artistas, algunos verdaderos y otros de su invención. Las historias están bocetadas no a través de trazos muy relevantes sino de episodios reales transfigurados o directamente imaginarios que funcionan como eje para acercarse a esos personajes, o a lo que el narrador nos quiso mostrar de ellos. Algunos de los nombres, que a veces aparecen como centros del relato y otras como antagonistas o secundarios, son, entre muchos otros, Rembrandt, Giacometti, Lucio Fontana, Marcel Duchamp, Grunewald, Ferri, Furusake; y es al lector a quien le corresponde determinar, en caso de que le interese, el grado de veracidad de cada uno y de sus historias.
Una obra derivada
Para entender el origen de Genios destrozados hay que remitirse a El absoluto, un extenso libro inédito de Guebel que funciona como una especie de clave oculta de otros más breves y satelitales que son un "desprendimiento", ya que, según el autor, "nacen de allí o expanden cuestiones contenidas en él". "Durante años escribí mis libros bajo la certeza, o quizá la ilusión, de que cada uno parecía escrito por un escritor distinto. De pronto, empecé a tener la evidencia de que había algunos que reescribían libros anteriores. Ya era un escritor distinto de aquellos distintos que imaginaba al principio. Es decir, cortaba la diferencia con la serie, algo más parecido al procedimiento de los pintores, que desplazan y extenúan un procedimiento y lo exponen –reflexiona Guebel–. Cuando comencé El absoluto, tuve la impresión de que condensaba todo lo escrito hasta el momento, mi pequeña gran suma. Son seis biografías de personajes destacadísimos y anónimos, que atraviesan tres siglos de la historia de Occidente produciendo efectos importantes y al mismo tiempo sin ser advertidos. Entre cada biografía, o a veces en medio de alguna de ellas, me atacaba otro libro y lo escribía".
No soy un investigador, sino un acopiador instantáneo. Cuando algo me entusiasma, me mando sin detenerme en la búsqueda de información, o lo hago en paralelo.
Otro factor que inspiró y alimentó este proyecto fue Claudio Barragán, amigo y artista plástico que le suministró gran parte de las historias. "El libro, originariamente, tal como me lo transmitió Barragán, se llamaba La verdadera historia del arte e iba a contener 500 relatos, las 500 historias que a lo largo de los años fue recolectando o inventando a gusto para explicar o justificar sus propios procedimientos estéticos", dice Guebel. Y añade: "De esas 500, me contó 30 o 40, yo elijo 20 o 25, invento tres o cuatro y reescribo cuatro o cinco que me cuentan algunas amigas. El total da 33, los años de Cristo, y ahí me planto".
Hombres rotos
–¿Cómo fue el proceso de escritura a partir de esas historias? ¿Investigaste mucho o más bien en cada caso buscaste detectar una anécdota que te llamara la atención?
–No soy un investigador, sino un acopiador instantáneo. Cuando algo me entusiasma, me mando sin detenerme en la búsqueda de información, o lo hago en paralelo. En reconocimiento, diría que algunas de las historias que me contaba Barragán estaban tan bien en la versión que él me ofrecía que hasta me daba pena toquetearlas. Pero como él me había dicho ‘tengo tu libro, otro libro que podés escribir’, de alguna manera estaba autorizado. De hecho, también hubo otras que no utilicé, no me gustaban, o no me servían, o yo no podía agregar o cambiar nada a lo que recibía como relato verbal o como sinopsis. Y nunca se sabe bien por qué hay una página posible y otra que queda en el camino.
–¿Por qué decidiste apelar al calificativo de genios, puesto en duda hace mucho tiempo y que casi nadie utiliza?
–Cuando tengo la impresión de que el libro ya está terminado, veo que es un texto demasiado breve como para enchufarle el título que me cedió Barragán. Lo estoy conversando por teléfono con él, explicándole por qué su título no va, y mi hija para la oreja y me dice: "El título es Genios destrozados, papá. Es obvio". Era obvio. Es una colección de biografías que cuentan las peripecias de sujetos destruidos por sus afanes estéticos, tanto en el logro como en la frustración. En ese contexto, la atribución de genialidad funciona genéricamente. A veces hay que encontrarlo bajo la capa de algún idiota, ¿no?
–¿Por qué privilegiaste vidas de artistas plásticos o visuales por sobre escritores o cineastas?
–No lo pensé en su momento, pero es evidente que Barragán podía aportarme más historias del terreno de la plástica que de la literatura. Además, luego de años de devoción por la obra de Henry James, las historias de escritores me aburren. Sólo las escribo en mis libros de apariencia autobiográfica, bajo la figura del escritor fracasado, que, esa sí, es muy atractiva para un narrador.
–¿Pensás publicar “El absoluto”, o preferís que se mantenga como motor invisible de tus ficciones?
–No lo publico aún porque creo que es un libro que mientras permanece inédito sigue produciendo efectos de escritura en mí, como si fuera una fuente o un centro, un núcleo incandescente a partir del cual prolifero. Pienso publicarlo cuando ya no pertenezca a una zona actual, cuando ya lo pueda dejar de lado. Entonces sí, lo pondré encima, como la frutilla del postre, o como mi lápida.
Genios destrozados. Vida de artistas
Daniel Guebel
Eterna Cadencia Editora
144 páginas
$ 99
Perfil. Daniel Guebel nació en Buenos Aires en 1956. Escritor, guionista de cine y dramaturgo, periodista y editor, ha publicado las novelas La perla del emperador, Matilde, El terrorista, Nina, El perseguido, Los Elementales, Carrera y Fracassi, La vida por Perón, El día feliz de Charlie Feiling (en coautoría con Sergio Bizzio), Derrumbe, Mis escritores muertos, El caso Voynich, entre otras. En teatro, publicó Dos obras ordinarias (en coautoría con Bizzio), Tres obras para desesperar y Adiós Mein Führer. Y es autor de dos volúmenes de relatos: El ser querido y Los padres de Sherezade. Es editor freelance de libros de investigación periodística y coordinador de talleres literarios.

