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Una forma de galopar

Al frente del sello Caballo Negro, Alejo Carbonell ha publicado algunos de los títulos más importantes de la literatura local en los últimos años. Trabajador incansable y lector riguroso, recuerda su infancia en Entre Ríos y el momento en que llegó a Córdoba para dedicarse a la edición, el oficio que más lo apasiona.

24 de diciembre de 2014 a las 10:00 a. m.
Una forma de galopar
Además de trabajar con Caballo Negro, Alejo Carbonell es uno de los responsables del Festival Internacional de Poesía de Córdoba (foto: Ramiro Pereyra).

El que está a punto de extinguirse ha sido un gran año para la editorial Caballo Negro, pero esa no es una apreciación que uno va a escuchar en boca de Alejo Carbonell, editor y uno de sus directores. O al menos no de forma tan categórica y definitiva. Durante la charla, Carbonell va a decir que sí, que ha sido "un buen año", pero todavía faltan pulir algunas cosas; sí, un buen año pero es mérito de los autores y los libros; sí, un buen año pero es mejor que a eso lo determine el trabajo.

Algunos de los logros de la editorial en este 2014: Cada vez más cerca, el libro de cuentos de Elvio Gandolfo, ganó el Premio de la Crítica en la Feria del Libro de Buenos Aires; la reciente Mil surcos, novela y segunda parte de una ambiciosa tetralogía a cargo de Martín Cristal, obtuvo una mención del Fondo Nacional de las Artes; títulos como Diorama –un conjunto de ensayos sobre cine cordobés– o Super Freak –una serie de crónicas de la periodista Juliana Rodríguez– dieron lugar a nuevas propuestas (y, por consiguiente, a nuevos lectores) dentro de un catálogo eminentemente literario; la publicación de Aclara ciertas dudas, entrevistas con el multifacético Jorge Bonino; el rescate de una obra como La cabeza contra el suelo, memorias del diseñador y actor Paco Jamandreu, cuya edición original data de la década de 1970. Sí, un buen año.

De alguna manera, Caballo Negro sintetiza un camino recorrido por parte de Carbonell, una carrera empujada por la literatura y la militancia, que comenzó muchos años atrás en un pueblo de Entre Ríos, entre libros y discusiones, con ediciones nacidas al calor del entusiasmo, sin atender al mercado ni cualquiera de sus posibles aristas. “En mi casa siempre hubo libros, mis dos viejos son lectores. En la biblioteca de casa había mucha literatura política, libros comunistas, poesía o ficción que había que leer porque eran camaradas. Y había conversaciones en torno a eso. También iba a bibliotecas públicas, leí todo Verne, todo Salgari. Ya más de adolescente empiezo a incursionar en la poesía”, rememora sentado en el patio de su casa de Alto Alberdi.

“La adolescencia es la edad de enfrentamiento con los padres, viste. Yo le contaba a mi viejo que estaba leyendo un autor que me partía la cabeza, Veiravé, por ejemplo, y él me decía ‘andá a la biblioteca y buscalo, que tenemos ese libro firmado por él’. Me pasaba el trapo, y así me fui amigando con lo que había en casa. Recuerdo primeras ediciones de Gelman, libros de Armando Tejada Gómez, Tuñón, la edición plateada de Juanele... Todavía los conservo, los tengo pegoteados porque durante la dictadura mis viejos los escondieron atrás de la cocina, y quedaron pegados a raíz de la humedad”.

Como la gran mayoría de las personas que se inician en la escritura, Carbonell comenzó con la poesía desde muy temprano. Recuerda un poema escrito a sus 9 años, a partir de un concurso escolar que al comienzo le rechazaron por la sospecha de que no lo había escrito él. “Era sobre el río, con rima. Mi papá sólo me había ayudado con una expresión, y nada más. Así que fue la familia indignada a quejarse con la maestra”, se ríe.

Superados los ejercicios del colegio y los primeros versos dubitativos, Carbonell se interesó seriamente en la poesía, en su lectura y en su producción. Escribía cuando estaba enojado, cuando estaba enamorado, a raíz de alguna injusticia. “Todo lo que recomiendo no hacer ahora”, dice Carbonell, con el peso de la experiencia. “Una vez escuché que eso es un estado pre-poético. Es decir, cuando uno escribe sólo movido por la pulsión. Hay casos en donde nunca pasás de eso: te genera placer, es una búsqueda, un deseo y un resultado concreto. Pero en pocos casos surge perfecto, algo que sale redondo. Después te empiezan a sonar palabras como taller, corrección, ideas sobre la escritura que te abren mucho la cabeza. Te creías Gelman y de repente estás en menos 50. Cuanto más sabés, menos sabés”.

En el caso de Carbonell, su formación fueron las lecturas y las conversaciones antes que los claustros académicos. “Discutir con amigos también es una manera de formarse”, asegura. Publicó su primer libro a sus veintipocos en coautoría con el poeta Hugo Luna (“lo hizo de puro generoso”), en Concepción del Uruguay.

"Un libro horroroso, pero le tengo cariño", lo define. Lo tituló No, nada, nunca. "No sabíamos que existía esa novela de Saer, Nadie nada nunca, así que cuando vino a Córdoba le pedí disculpas (risas). Lo divirtió mucho la situación".

Luego publicó otros títulos, de poesía y narrativa, y todavía tiene una novela postergada de temática circense y autobiográfica, que escribe a un ritmo muy lento (“No sé si quiero contar todo”, se justifica). Dice que algunos escriben como pueden, otros como quieren. “Toda la vida voy a escribir como pueda, a gatas estoy en el Nacional B”, compara. “Es para poquita gente controlarlo. O te pasa una sola vez en la vida: escribir un poema en el que está todo lo que querías decir y dicho de la mejor forma posible. Si lo hacés una sola vez bien, yo creo que cumpliste como artista”.

El río suena

Alejo se mudó a Córdoba a fines de la década de 1990. Si bien era una provincia que conocía de muy joven (venía a veranear todos los años junto a su familia), hubo un momento en que Entre Ríos le quedó chico para sus aspiraciones. No tenía trabajo y su relación sentimental a distancia tampoco era fácil: en Córdoba vivía quien más tarde se convertiría en su mujer, así que la decisión de mudarse estaba tomada. “Me costó un montón. Probé suerte en un par de talleres, pero no me fue bien. Así que tuve que armar un taller de literatura como el que me hubiera gustado hacer”, comenta.

A partir de esas experiencias, conoció personalmente a editores y escritores de diferentes partes del país, que lo ayudaron a generar ideas y proyectos relacionados con las letras. Uno de ellos fue La Creciente, editorial fundada en 2003 que lo tuvo al frente junto a dos personas más, Alejandra Baldovin y Luciano Lamberti, y cuya finalidad fue difundir escritores jóvenes de Córdoba. “Con la Creciente fue igual: el objetivo era armar una editorial acorde a lo que queríamos hacer”.

Algunos de los libros y los autores publicados por esa editorial lograron buena repercusión, de allí que ciertas voces señalen a La Creciente como la encargada de dar inicio a una etapa promisoria para la literatura de Córdoba. “Yo creo que hay una sobrevaloración de La Creciente”, plantea Carbonell, firme en su perfil bajo, como restándole importancia al asunto. “Varios años antes que nosotros estaban otras editoriales independientes, como Llanto de Mudo, que se pusieron el overol por todos, al menos por mi generación. Diego (Cortés) y su equipo nunca le tomaron ni le pagaron la cerveza a nadie”. Sí reconoce que en La Creciente se trabajó con mucha fuerza: “Éramos una máquina para laburar. A los dos primeros libros salimos a venderlos por los bares”.

Esa experiencia sirvió, en todo caso, como envión para proyectos posteriores. El más fuerte de ellos comenzó en 2008 y todavía lo tiene al frente: Caballo Negro. “Tuvo un origen muy diferente”, señala su editor. “No fue una idea mía, sino de dos amigos abogados, que a la vez son grandes lectores y del mismo pueblo que yo: Abel Anuzis y Luciano Bonus. Cuando terminó La Creciente, quisieron armar algo más prolijo. Nos conocimos acá, en la cancha, yendo a ver a Gimnasia de Entre Ríos, así nos terminamos de hacer amigos. Le empezamos a dar forma lentamente, viendo qué cosas sacar, qué experiencias tomar. Digamos que me ayudaron a ser menos hippie”.

Carbonell, quien se considera un editor antes que cualquier otra cosa, dice que aprende mucho de colegas amigos, como Carlos Ferreyra (Ediciones Recovecos) o Gastón Sironi (Viento de Fondo). Ellos tres, de hecho, son responsables del Festival Internacional de Poesía de Córdoba, que en los últimos años contó con visitas importantes y, lo más destacado, buena afluencia de público. El responsable de Caballo Negro dice que un festival así “estaba al caer”, que lo hicieron ellos, pero podrían haber sido otros. Lo cierto es que la iniciativa –y el trabajo por detrás– les pertenece. Y ya comenzó a dar sus frutos.

“Sé el 5% de lo que tengo que saber”, dice y ratifica silenciosamente su fama de perfil bajo. “Yo voy aprendiendo. Me doy cuenta que fue un buen año para nosotros, pero todavía tenemos carencias. Esto es como ser padre. El que dice ‘no voy a ser padre hasta no estar preparado’ es un boludo, porque eso no existe. Si esperás a saber todo para largarte a hacer estás muerto, porque la única manera de hacer es haciendo”.