“Temí por mi genialidad cuando dejé de beber”
Recordamos una de las grandes entrevistas de Ciudad X: Enrique Vila Matas, en diálogo con Diego Gándara.
Esta entrevista fue publicada originalmente en el número 5 de Ciudad X, edición impresa correspondiente al mes de noviembre de 2010.
Entre Londres y Buenos Aires. Después de haber vivido más de 30 años en una avenida muy transitada ("La Travesía del Mal", la llama), a pocos metros del Parque Güell, Enrique Vila-Matas se mudó a un barrio mucho más céntrico, en una zona de altos edificios y en la que conviven una tienda de El Corte Inglés, la coqueta Avinguda Pau Casals, la Filmoteca de Catalunya y la redacción del periódico La Vanguardia. No se ven turistas en las terrazas, no hay negocios que ofrezcan souvenirs típicamente españoles y el precio del café, en los bares que rodean la plaza Francesc Macià, no se ha ido por las nubes. De momento.Ésos, sin embargo, no son los motivos por los que ha elegido vivir allí, lejos de las mareas de guiris que inundan los paseos de Barcelona, sino otro: puede ir y venir del aeropuerto en taxi con mayor facilidad; viajar a otros territorios como quien sale de su casa para volver y comentar el mundo que ha visto en la intimidad de su propio espacio: un departamento amplio, luminoso, en el centro exacto de una cuadra flanqueada por las calles Londres y Buenos Aires. Es elegante Vila-Matas. En su andar, en su vestir. Pantalón oscuro, camisa blanca, zapatos Camper, negros, impecables incluso sin lustrar; una figura alta, imponente, que tiene tanto de savoir faire francés como de caballerosidad española: la amabilidad distante, la gentileza, la serenidad que suele alcanzar alguien que ha dejado de tomar alcohol aunque, en el fondo, no pueda dejar de ser él. Desde su mesa de trabajo, respaldado por una biblioteca que ocupa toda una pared, observa el mismo paisaje que observaba en su casa de antes: un sofá mullido, azul, bañado por la claridad de la siesta otoñal que entra desde una ventana."Uno, al fin y al cabo, es el que es", dice ahora Vila-Matas, cuatro años después de que en Buenos Aires, adonde había viajado para participar en la Feria del Libro, aparecieran los primeros síntomas de un colapso renal que lo llevaría hasta el borde del precipicio. Estuvo internado varios días, dijo adiós a la bebida, se despidió del tabaco y de la noche y salió al día rejuvenecido, con una vocación de sobriedad que, desde entonces, le hace detenerse en cada detalle y contemplar, con otra perspectiva, lo que pasa cuando no pasa nada. —Llevo una vida más tranquila. Escribo con mayor serenidad y trabajo más las frases. Ya no hay momentos de locura, aunque a veces siento que toco el cielo y que estoy más loco que antes y, eso sí, a diferencia de antes, me entra un miedo enorme. Cuando dejé de beber, temí por mi genialidad. Si antes no era genial, ahora iba a serlo aún menos. Lo que ha ocurrido es que he empezado a preguntarme qué es la genialidad y en eso ando muy ocupado. Que ahora me cueste más escribir no es porque actualmente no beba, sino porque soy más exigente que antes.Cuentos, novelas, ensayos, dietarios, la literatura de Enrique Vila- Matas (Barcelona, 1948, Caballero de la Legión de Honor de Francia, Premio Herralde, Premio Rómulo Gallegos, entre otras distinciones) no se parece a ninguna otra porque, entre otras razones, nació huérfana. Decidió ser escritor después de haber visto La notte, la película de Antonioni en la que Marcelo Mastroianni interpreta a un joven autor, acompañado por la hermosa Jeanne Moreau, y se fue a Melilla para cumplir con el servicio militar y, de paso, escribir Mujer en el espejo contemplando el paisaje, su primera novela. Después trabajó en algunas revistas de cine y en 1974 se marchó a París, donde le alquiló una buhardilla a Marguerite Duras.Allí, lejos de todo, alejado también de los cánones de la literatura española de entonces, que reclamaba historias realistas, costumbristas, formas estables de pergeñar una narración, escribió su segunda novela, La asesina ilustrada, un texto breve, raro, que pretendía acabar con quien lo leyera. En 1976 regresó a Barcelona y, fiel al consejo de su mujer (Paula de Parma, a quien le dedica todos sus libros), que le dijo que sólo se ocupara de escribir, siguió componiendo una obra distinta, original, que en 1985, con Historia abreviada de la literatura portátil, se encontró con numerosos lectores e hicieron de él, de Vila-Matas, un escritor de culto, un escritor cuya literatura, todo el tiempo, abre caminos, se hace nueva, se renueva en cada libro.—Toda mi obra es un movimiento en busca de saber qué es una novela y si se puede hacer una novela distinta a la ortodoxa, que era la que yo no conocía y por eso hacía novelas que se salían un poco de la norma. Tardé mucho en convertirme en narrador porque, cuando empecé a escribir, había visto infinidad de películas y tenía una buena experiencia de lector de poesía, pero casi no sabía qué era una novela ni un cuento.El abismo trajo cuentosCon Exploradores del abismo (un libro de cuentos, precisamente) Vila-Matas salió del hospital cuatro años atrás: un conjunto de relatos en los que sus personajes, como él, habían estado deambulando entre el vacío y el sentido. En 2008 publicó Dietario voluble, sus apuntes cotidianos (algunos de ellos aparecen en la edición catalana de El País) donde narra su propio crack-up y expresa una visión del mundo ("una concepción del mundo que es absolutamente resbaladiza") y en 2010, para alguien que ha querido acabar con los números redondos, una serie de coincidencias hicieron que el año sea, curiosamente, redondo. No sólo cambió de casa. En 2010, Vila-Matas también dejó su editorial de siempre, Anagrama, para publicar en Seix Barral su nueva novela, Dublinesca, seguida por Perder teorías, un texto pequeño que es, además, un ensayo sobre la novela del porvenir. En cualquier caso, dos días antes de que Dublinesca se pusiera a la venta, sobre Barcelona cayó una de las nevadas más importantes de los últimos años, un preludio, tal vez, de la epopeya glacial que atraviesa su protagonista, Samuel Riba, un editor literario que, tras dejar su empresa, descubre que el sentido de su vida éstá en Dublín, en el Bloomsday, en el ulises de James Joyce.El origen de Dublinesca, no obstante, no fue Joyce. Fue Spider, la película de David Cronenberg. "Me gustó mucho la fotografía, que refleja un mundo extraño, con una luz desvaída, que es la mirada que tiene Ralph Fiennes, que hace el papel de un loco —explica—. No me importó tanto que estuviera loco, sino que la película mostrara una visión diferente de Londres". Con el personaje imaginado, Vila- Matas viajó a Dublín con el grupo del Finnegans, la Orden de la que forma parte junto a Eduardo Lago, Antonio Soler, Jordi Soler, Malcolm Otero, José Antonio Garriga Vela y los recientemente nombrados Marcos Giralt Torrente y Ray Loriga (todos admiradores de Joyce que cada año celebran el Bloomsday) y se fijó, en el cementerio de Glasnevin, en un joven raro que le recordó a un personaje del sexto capítulo del ulises y que, en Dublinesca, se paseacomo una sombra espectral.—Al mismo tiempo, mi amiga Dominique González-Foerster montó una exposición en la Tate Gallery de Londres, en la que puso mis libros entre los refugiados del diluvio universal, y entre el viaje a Dublín, el fin del mundo y el personaje de Cronenberg, me puse a urdir una pequeña historia que después no tuvo nada que ver con Dublinesca. Eso significa que, contrariamente a lo que se cree, un escritor no tiene una idea clara sobre lo que va a escribir, sino que se pone a escribir y, a medida que lo hace, va averiguando de qué quería hablar en realidad. Así, a través del protagonista de Dublinesca, que llega a Irlanda convencido de que nunca ha publicado a un escritor tan genial como Joyce y se reúne con sus amigos de la Orden para celebrar un funeral por la muerte de la imprenta, el fin de la galaxia Gutenberg, Vila- Matas se anticipa a los tiempos e imagina un nuevo ciclo para la literatura, seducida por el sempiterno universo de Google.—En Italia me han preguntado mucho sobre esto. Claro, me conocen menos y la excusa, para hablar del libro, era hablar del fin de la era Gutenberg y el comienzo de la era Google. Sólo dije que no sé cómo será el futuro, que nadie lo sabe; que, de hecho, es un problema comercial. Me imagino que hay mucha gente interesada en que se lean libros electrónicos. Dependerá de los comerciantes para que las cosas vayan por un lado o por otro. Lo que sí sé es que se debe distinguir entre continente y contenido. El problema, para mí, está en el continente; no en el hecho de saber si lo que los escritores escribirmos irá en un formato determinado, sino en saber hacia dónde va el pensamiento, si realmente se está perdiendo profundidad en lo que se piensa y en lo que se dice.Dublinesca, de todos modos, no es sólo el anuncio del final de una época, pues en ella también se resumen las cinco características que, según ha esbozado Vila-Matas en Perder teorías, debería tener la novela del porvenir: intertextualidad, conexión con la alta poesía, la escritura como un reloj que avanza, la victoria del estilo sobre la trama, la conciencia de un paisaje moral ruinoso.De hecho, en algún momento Perder teorías fue el comienzo fallido de Dublinesca: un viaje de más de 100 páginas que se inicia en Lyon y que luego, en la versión final, quedó reducido a una sola, quizás porque para Vila-Matas, a pesar de los libros publicados y los años transcurridos, la escritura sigue siendo el único lugar donde todo, la literatura, la vida, ocurre por primera vez.—Aún hoy desconozco cuáles son las reglas para escribir una novela, pero a diferencia de entonces, de cuando era joven, soy consciente de que no saberlo me ayuda, porque he escrito novelas creyendo que por fin había entendido lo que era una novela y, por lo que luego me han dicho, no lo había entendido en absoluto, lo que nunca, en cualquier caso, resultó perjudicial para el género, sino lo contrario, ya que a éste, a fin de cuentas, siempre le sentará bien acoger las propuestas inéditas que aspiran a renovarlo. Después de todo, sin esos procesos o mecanismos de los que dispone la novela para no quedarse quieta y reorganizar sus teorías, ese arte estaría condenado a repetirse de una forma mortal. x

